La Guerra del Paraguay, 1865-1870

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Re: La Guerra del Paraguay, 1865-1870

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 11, 2013 8:36 am

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El Comodoro argentino D. José Muratore y su plana mayor en la cubierta del " 25 de Mayo" en aguas sanduceras, en diciembre 1864.-
The Argentine Commodore D. José Muratore and his staff in the deck of the "25 de Mayo" in Uruguayan waters, Dec 1864.-

This is the steam boat that three months later will be captured by Paraguayan forces in Corrientes harbor beggining the Argentine intervention in the War of Paraguay.

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Re: La Guerra del Paraguay, 1865-1870

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 11, 2013 8:37 am

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Desembarco de oficiales y tropas (probablemente desde el "25 de Mayo")
Landing of officers and troop (probably from the "25 de Mayo")

These troops will be assesinated by Paraguayan marines during the capture of the "25 de Mayo". Officers will be taken prisoners for the rest of the war.

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Re: La Guerra del Paraguay, 1865-1870

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 11, 2013 8:37 am

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This is probably a picture of the "25 de Mayo" taken at Paysandú, Uruguay. Argentine and Brazil were intervening in the internal conflict in Uruguay and that was the excuse of Solano Lopez for declaring the war against Brazil in the first term and to Argentine later.

I cannot sure that this is the "25 de Mayo" because original source do not explicitly say that, but according the general framework of the shootings it seems to be that boat. To me I think it is not the "25 de Mayo" because it lacks the paddle in the center...

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Re: La Guerra del Paraguay, 1865-1870

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 11, 2013 8:38 am

Batalla de Acayuazá

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Batalla de Acayuazá – 18 de julio de 1868

Guerra del Paraguay. Sofocada la revolución del interior y ya de regreso la mayor parte de los cuerpos retirados del frente para combatirla, aumentaba aún más en los argentinos el deseo de que se aceleren las operaciones. Quienes venían de la guerra civil, anhelaban volver definitivamente a sus hogares. Había que desplegar todo el empuje y el valor de aquellos cuerpos prematuramente envejecidos por las penurias de casi tres años de campaña, para poner fin a la contienda. Así pensaban los que se aprestaban a participar en las operaciones sobre la fortaleza de Humaitá.

Sin embargo el mariscal Francisco Solano López levantaba nuevas fortificaciones sobre el Timbó, que podían tornar dificultoso lograr el objetivo. De ahí que en mayo de 1868, argentinos y brasileños desplegaran sus fuerzas para cerrar el cerco y obstaculizar los trabajos de apuntalamiento. El mando aliado designó al frente de las tropas argentinas allí destacadas a Ignacio Rivas. Como se sabe, el general se pintaba solo para los ataques vigorosos y no escatimaba la vida de sus hombres ni la propia existencia cuando le ordenaban tomar una posición. Y pidió como jefe de estado mayor al coronel Miguel Martínez de Hoz, otro arriesgado.

En un ataque a la bayoneta, el 5 de línea, con este último al frente, ocupó el 30 de mayo de 1868 una batería de importancia táctica que protegía con sus fuegos a Humaitá. Un mes y medio más tarde, Rivas decidió realizar un reconocimiento sobre un reducto artillado construido por el coronel Caballero. Para efectuar la operación, el grueso de los sus efectivos debían ocupar uno de los puentes situados sobre el río Acayuazá, con el fin de permitir que una guerrilla lo cruzara y realizara dicha tarea. Martínez de Hoz partió con su batallón; con el Cazadores de la Rioja, comandado por el teniente coronel Gaspar Campos, y con otros dos cuerpos brasileños. Además llevaba como elemento de choque una partida formada por 40 hombres escogidos.

Desde la ocupación de Andaí por parte de los aliados, fueron hostigados permanentemente por los paraguayos, y se produjeron diariamente tiroteos y refriegas entre las tropas.
Los paraguayos habían construido en reducto a media distancia entre las posiciones de las tropas, al que llamaron Reducto-Corá, defendido por 200 hombres de caballería desmontada, conocidos con el nombre de Acá-Morotí (cabeza blanca), por el sombreo blanco que usaban. Al mando de las topas paraguayas estaba el entonces coronel Bernardino Caballero, mientras que al mando de los aliados estaba el general Ignacio Rivas, quien se propuso tomar el reducto.

Por su parte el coronel Caballero, el 17 de julio de 1868 se propuso preparar una celada a las tropas aliadas que diariamente solían recorrer el campo, y a tal objeto ordena que al día siguiente, los Acá-Morotí al mando del capitán Melitón Taboada, se escondieran en el monte a la vera del camino que solían recorrer los aliados. Cuando apareciesen, debían los paraguayos salirles al cruce, y tiroteándose con ellos, simular la fuga para tratar de arrastrarlos tras sí hacia el reducto.

Era el 18 de julio. Los aliados marchaban en columnas paralelas: los brasileños por el monte y los argentinos por la costa. Estos últimos, al llegar al puente, arrollaron a los paraguayos, que fingían dispersarse para obligarlos a entrar el propio terreno. Martínez de Hoz y Campos se dejaron llevar por su temeridad indómita y se pusieron al frente de la guerrilla, que se lanzó en persecución de manera desenfrenada. Los Cazadores de la Rioja habían quedado sobre el puente, sin tener quien los mandara, y los brasileños estaban lejos. Pasaron así por el punto en que estaba oculto el capitán paraguayo Taboada, sin advertir su presencia. El Reducto Corá no daba señales de vida. Cuando los dos jefes advirtieron la maniobra era tarde. De pronto la artillería lanzó sobre los aliados una furiosa andanada. Martínez de Hoz despachó a su ayudante con un pedido de refuerzos al general Rivas, le ordenó a Campos que tratase de desplegar una compañía de su batallón y se dispuso a vender cara la vida. El coronel y sus hombres fueron rodeados y acribillados a bayonetazos y lanzazos, pues no quisieron rendirse por más que el Cnl. Bernardino Caballero, admirado por la presencia de ánimo de su adversario lo invitó a deponer las armas.

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Mientras tanto las tropas brasileñas huyeron siendo acuchilladas por la espalda hasta las proximidades de Andaí.

Campos llegó al puente, tomó la bandera de su unidad, la hizo flamear por última vez con el fin de que la contemplasen sus soldados, y la arrojó al río para que no la tomase el enemigo. De inmediato volvió con algunos de sus hombres al lugar en que expiraba Martínez de Hoz y, tras resistirse con furia, fue tomado prisionero. Al saber lo ocurrido, el mariscal López dispuso que se lo condujera a San Fernando con los demás sobrevivientes. El gallardo jefe argentino corrió después la suerte del ejército paraguayo, sufrió con él sus penurias y privaciones, pero mereció siempre los respetos debidos por parte del enemigo. Enfermó gravemente de disentería en la retirada al Pikisyry y falleció en Itá Ybaté el 12 de setiembre cuando tenía sólo 37 años. El coronel Bernardino Caballero le asistió en sus últimos momentos y recibió de sus manos algunas reliquias para los suyos, que entregó después de la guerra.

Humaitá cayó, finalmente, el 5 de agosto de 1868, y pareció que se aproximaba el fin de la guerra. Pero faltaba más de un año de esfuerzos y sacrificios para que argentinos, brasileños y orientales pudieran regresar a sus respectivas patrias.

Fuentes
De Marco, Muguel A. – La Guerra del Paraguay – Buenos Aires (2003)
O’Leary, Juan E. – El Centauro de Ybycui – París (1929)

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Re: La Guerra del Paraguay, 1865-1870

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 11, 2013 8:38 am

Batalla de Acosta Nú

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Batalla de Acosta Ñu – 16 de agosto de 1869


Guerra de la Triple Alianza. El Mariscal López, luego de la derrota sufrida por sus tropas en el combate de Piribebuy, al sentir amenazada su retaguardia por las fuerzas que avanzaban por Altos y Piribebuy al mando de los generales Emilio Mitre y José Antonio da Silva Guimaraes, resolvió retirarse, dividiendo sus tropas en dos divisiones, una de vanguardia, que confió al general Resquín, y otra de retaguardia, a las órdenes del general Bernardino Caballero. Y a las cinco de la tarde del 13 de Agosto se puso en marcha, con rumbo a Caraguatay, donde llegó a las ocho de la noche del día siguiente. De paso, mandó fortificar la entrada de la picada que conduce a dicho pueblo, dejando allí 1.200 hombres, con algunos cañones, a las órdenes del coronel Pedro Hermosa.

El movimiento de la columna paraguaya de retaguardia era, y tenía que ser, muy lento porque seguía el compás de la larga fila de carretas en que iban los bagajes de su ejército. La extrema flacura de los animales de tiro hacía que aquéllas apenas anduvieran. Y así pronto Caballero se vio separado de los suyos, solo en medio del enemigo, librado a su propia suerte. Era como el escudo del ejército en retirada, contra el cual se estrellaría todo el poder de la alianza.

Recién el 15 de Agosto entró el Conde D’Eu en Caacupé, donde se enteró de la retirada total de las fuerzas paraguayas. Esta noticia lo dejó anonadado, sumido en el desaliento. Decía el Mariscal J. B. Bormann: “Habían caído por tierra todas sus combinaciones y resultaron inútiles todos los sacrificios hechos. El desánimo y la tristeza fueron generales”. Pudiendo haber terminado la guerra después de Piribebuy, su ineptitud y su culpable irresolución habían hecho posible el alejamiento del Mariscal López, con lo que la penosa campaña se prolongaba indefinidamente. Nadie ocultó su disgusto.

Ante la noticia de que una fuerte columna paraguaya se retiraba lentamente por la picada de Diaz-cué, que conduce a la llanura de Barrero Grande, el Conde D’Eu ordenó al Mariscal Victoriano Carneiro Monteiro que marchara rápidamente hacia el pueblo de Barrero Grande, para cortarles la retirada, mientras él caía sobre la retaguardia de los paraguayos..

El mariscal Monteiro se alejó a las dos de la tarde del 15 de Agosto, llegando a su destino a las diez de la noche. Desde allí despendió una división de caballería, a las órdenes del general Cámara, con rumbo a Caraguatay, que fue detenida por el coronel Hermosa.

A las seis de la mañana del día siguiente se movió el primer cuerpo del ejército brasileño, acaudillado por el general José Luis Mena Barreto, que acababa de reemplazar al general Osorio.

Dos horas después, el general Vasco Alves Pereyra, que mandaba la vanguardia del ejército imperial, cambiaba los primeros tiros con la retaguardia de Caballero. Y resonaba a lo lejos el tronar de la artillería paraguaya, que rechazaba en ese momento las cargas del general Cámara en la boca de la picada de Caraguatay.

El Conde D’Eu precipitó la marcha de sus tropas y salió con todas ellas en Acosta-Ñu, sitio donde iba a librarse la batalla.

Los paraguayos disponían de unos 4.500 hombres y algunos pocos cañones, y sólo contaba con un batallón de veteranos, el 6º de infantería, el resto eran niños y ancianos. Los niños fueron disfrazados con barbas postizas para que el enemigo los tome por adultos y les presente combate. Su caballería, escasa, cabalgaba en flacos rocines. Y le amenazaban dos cuerpos de ejército, sin contar las tropas que se aproximaban por Tobatí.

El general Caballero extendió, serenamente, su línea de batalla, destacando en su vanguardia al coronel Moreno, con dos cañones, y al comandante Franco a la cabeza de su batallón. Y dando frente a su enemigo, continuó el retroceso hacia el paso de arroyo Yukyry, que atraviesa de este a oeste la llanura. Su única salvación estaba en poder llegar a los bosques de Caraguatay.

Moreno y Franco hubieron de soportar en seguida la presión de nueve batallones y el fuego de numerosas piezas de artillería. Hostilizados después, en los dos flancos, por regimientos de caballería, supieron imponerse, luchando con extraordinaria gallardía.

El mismo Conde D’Eu reconoce en su Diario de Campaña “la gran desventaja” con que peleaban los paraguayos, por la manifiesta inferioridad de sus armas. “Nuestros fusiles a lo Minié –dice- llevaban la muerte hasta a sus reservas, al paso que a nuestros soldados más avanzados poco perjuicio sufrían”.

Con hábil maniobra, el general Caballero impidió que sus fuerzas fueran rodeadas y consiguió llegar a la orilla opuesta del arroyo, donde emplazó la artillería. El Conde D’Eu colocó sus cañones frente al paso y abrió un nutrido fuego contra la posición paraguaya. Y ordenó después una carga a fondo sobre el puente, que fue repelida.

La batalla llegaba a su momento culminante. Era ya mediodía, y desde el amanecer la lucha no tenía tregua ni descanso. Se produjo una nueva carga y nuevamente fue repelida por Caballero. El cauce del arroyo quedó colmado de cadáveres. Optó entonces el ejército imperial buscar un vado, para evitar fracasar en otro ataque frontal.

Caballero volvió a hacerse fuerte sobre el puente de Piribebuy, conteniendo con todo éxito el avance de sus persecutores. La tarde inclinaba. De pronto los paraguayos se vieron acometidos por la retaguardia, era el segundo cuerpo del ejército brasileño que llegaba. Se trataba de una fuerte columna de infantería, con ocho bocas de fuego, a las órdenes del general Resín, que obligó a dividir las escasas fuerzas de Caballero y a atender dos acometidas simultáneas.

Los veteranos de Franco (muerto en el combate) habían desaparecido en la larga pugna, y con ellos el nervio principal de la resistencia paraguaya. No le quedaban sino niños y jinetes montados en escuálidos caballos.

Dice Juan José Chiavenatto: “Los niños de seis a ocho años, en el fragor de la batalla, despavoridos, se agarraban a las piernas de los soldados brasileros, llorando que no los matasen. Y eran degollados en el acto. Escondidas en al selva próxima, las madres observaban el desarrollo de la lucha. No pocas agarraron lanzas y llegaban a comandar un grupo de niños en la resistencia”……. “después de la insólita batalla de Acosta Nú, cuando estaba terminada, al caer la tarde, las madres de los niños paraguayos salían de la selva para rescatar los cadáveres de sus hijos y socorrer los pocos sobrevivientes, el Conde D´Eu mandó incendiar la maleza, matando quemados a los niños y sus madres.” Su orden era matar “hasta el feto del vientre de la mujer”.

Caballero formando un cuadro con sus tropas se defendió como pudo hasta que, dispersados los restos de sus fuerzas, confundido en el tumulto inmenso de la lucha, pudo cruzar, sin ser reconocido, entre regimientos y batallones, llevando en pos de sí a los que habían escapado de la matanza. El combate había terminado.

En la batalla de Acosta Ñu, 3.500 niños paraguayos enfrentaron a 20.000 hombres del ejército aliado, lo que se tiene como un acto de heroísmo sin igual. Por la masacre producida, se conmemora ese día como el día del niño en Paraguay.

Acosta Ñu

Allá en mi tierra bordeando el monte
se extiende el campo de Acosta Ñu
llano florido que en su silencio
recuerda aquella guerra guasu.

Cruzan sus valles viejas trincheras
llenas de gloria tradicional
como el setenta se alzan las sombras
de aquellos bravos del Paraguay.

Yo quisiera cantarte tu heroico pasado
la gran epopeya de un pueblo viril
pedacito de tierra color de esperanza
reliquia de gloria y honor guaraní.

Jukyry va surcando tu valle dormido
fue el mudo testigo de tu kurusu
y en cien luchas tenaces, su cruel resistencia
pusieron los héroes de tu Acosta Ñu.

Pechos de acero y corazones
escalonaron py´a guasu
y hasta los niños de sangre joven
dieron en aras de Acosta Ñu.

Niños, ancianos, todos cayeron
al juramento de “antes morir”
solo una cosa quedó en su puesto
la raza heroica del guaraní.

Federico Riera

Fuente
Bormann, José Bernardino - Guerra del Paraguay, 1925.
Chiavenato, Juan José Genocidio Americano. La guerra del Paraguay. Carlos Schauman Editor, Asunción, 1984.
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado.
O’Leary, Juan E. - El Centauro de Ybycui. Editorial Le Levre Libre, París, 1929.
Rosa, José María – La Guerra del Paraguay y las Montoneras argentinas.
Turone, Gabriel O. – El combate de Acosta Nú – Buenos Aires (2008)
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Esteban McLaren
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Re: La Guerra del Paraguay, 1865-1870

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 11, 2013 8:38 am

Entrada de los brasileños en Asunción

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El Palacio de los López, sede del gobierno de la República del Paraguay


El 1º de enero de 1869 entraron los brasileños en Asunción, entregándose enseguida al más desenfrenado saqueo. La ciudad se llenó en pocos días de una enorme y abigarrada población, que hablaba en sus calles todos los idiomas y dialectos. Las casas particulares eran tomadas por asalto y arrendadas por el primer atrevido que se improvisaba propietario, cobrando sufridos alquileres adelantados por trimestre y semestre enteros. Se improvisaron hoteles, posadas, restaurantes, establecimientos de diversiones, bailes públicos, tiendas, almacenes, confiterías que se sostenían con ventajas costeados por 30.000 soldados aliados e innumerables turistas, especuladores y curiosos que afluían febriles a visitar las ruinas de la vencida, pero hasta hace poco poderosa nación.

Entraban en las casas, desaforados, corriendo para aventajar a sus propios compañeros y asegurarse la parte del botín más suculenta. Es increíble cómo el esfuerzo de decenas y centenares de años puede desaparecer en tan sólo unas pocas horas.

Conforme avanzaba el día, las calles se poblaron de muebles que eran dejados a la intemperie mientras las casas ardían en llamas. A la tarde, por el río Paraguay aparecen los barcos despachados desde Argentina, que vienen a comprar las mercaderías. Los soldados se apelotonan en los muelles para cambiar el fruto de su saqueo por oro, y hay discusiones y empellones. Los barcos no se retiran, quedan anclados allí, a la espera de más carroña; y los soldados continúan con su fatal tarea. A la noche, los fuegos de los barrios conflagrados se elevan hasta iluminar las densas nubes negras del cielo. Los hombres esconden los botines donde pueden y sus alforjas, sus mantos, el interior de sus botas y cascos están rebosantes de oro, plata y metal. Al día siguiente avanzan hacia otra zona de la ciudad y a la noche también la incendian. Ya han desguazado las dependencias oficiales, las embajadas (1), las casas ricas y también las pobres. Es entonces cuando empiezan a volver los refugiados.

Son en su mayoría mujeres y muchachas jóvenes, o niños a quienes todos ignoran. Los varones ya han muerto, allá en los campos de la guerra, y en la ciudad sólo quedan los más indefensos. Y las mujeres vuelven porque los vientres de sus hijos claman comida y porque imaginan que quizás puedan encontrar algún refugio. Pero los invasores se abalanzan sobre ellas y las golpean, en plena calle les rasgan las ropas y las manosean. Comienzan a violarlas, una y otra vez, poniéndose en filas de a diez o veinte o treinta para atenderse con una sola muchacha. Los gritos desesperados de las víctimas se escuchan por toda la ciudad y no hay rincón o zaguán de Asunción donde una mujer no esté siendo vejada. Las que intentan una resistencia son degolladas allí mismo.

No se detienen cuando llega la noche, tampoco lo hacen al llegar el siguiente día. Sólo las dejan en paz cuando ellas, agotada ya su fuerza vital e incapaces de resistir más tiempo, abandonan la vida con una mueca de desprecio en la cara.

Y entonces se aviva de nuevo la sed del oro y los oficiales miran con avaricia los cementerios de Asunción. Bajo sus órdenes, los soldados desentierran a todos. A los que tienen algún anillo o cadena, se la despojan sin respeto. Al resto, los dejan tirados por doquier; huesos y más huesos apilados en donde sea, muertos sin descanso que se calientan bajo el sol.

El propio ministro brasileño en Asunción, José da Silva Paranhos, que más tarde recibió el título de Vizconde de Río Branco, se apoderó del inmenso tesoro de los Archivos Nacionales del Paraguay que, después de su muerte, donó a la Biblioteca Nacional de Río de Janeiro, el catálogo de la colección Río Branco, que contiene los archivos públicos del Paraguay tomados al final de la guerra, se compone de mil páginas divididas en dos tomos. La colección consta de cincuenta mil documentos sobre la historia primitiva del Paraguay, la infiltración portuguesa, las cuestiones de los límites y las fechas y los hechos sobre la historia del Río de la Plata. Contendría además el acta de la Fundación de la Ciudad de Asunción en 1537 y todos los archivos de las Misiones Jesuíticas con las primera carta geográfica del Paraguay, establecida antes de 1800 por el célebre geógrafo español Félix de Azara.

Durante tres días la ciudad fue robada por las huestes imperiales, que no perdonaron los templos, ni las tumbas, en su bárbaro afán de acrecentar su botín. El mismo almirante Delfino de Carvallo –barón del Pasaje- dirigía el pillaje acumulando en las cubiertas de sus naves los pianos y muebles finos que adornaban las viviendas aristocráticas paraguayas. Y cuando ya no hubo nada importante que robar, se llevaron hasta las puertas, ventanas y mármoles del palacio de López (2) y de muchas casas y edificios públicos. En una palabra, Asunción, al decir del general Garmendia, “sufrió la suerte del vencido de lejanos tiempos, entrando en ella a saco el vencedor”.

Muchos niños fueron arrancados de los brazos de sus madres para terminar, vendidos como esclavos, en las plantaciones del Brasil. Todo el mundo corre por su vida, y la capital paraguaya, otrora populosa, queda desierta. “La urbe causaba lástima verla desprovista por completo de ser humano”, cuenta el coronel brasileño José Luis Da Silva.

El Archivo Nacional del Paraguay, con siglos de historia adentro, arde en llamas. “El Paraguayo” de Asunción, en su edición del 10 de octubre de 1945, recordaba de esta manera la quema y el saqueo de tan vitales documentaciones. “Los archivos del Paraguay fueron saqueados por los invasores durante la Guerra de la Triple Alianza. Muchos documentos nos faltan, inclusive para reconstruir nuestra historia, y podemos afirmar que al despojarse nuestro Archivo se seleccionaron todos aquellos documentos que podían comprometer la versión histórica que se fraguaba para quitarnos toda esperanza de reivindicación”.

Al igual que la sede del Archivo, las casas y edificios públicos también son saqueados, uno por uno, con esmero y sin apuro. “Los oficiales se sirvieron de las casas y de las cosas” apunta el mencionado coronel brasileño.

El ejército argentino acampó a cinco kilómetros de la ciudad, en Trinidad. Y para ser digno de su aliado, convirtió en caballeriza el templo de aquel pueblo, armando un establo sobre la misma tumba de Carlos Antonio López. Pronto la lápida desapareció bajo la bosta de los briosos corceles de la oficialidad, sustituyendo el ruido de los relinchos a las voces del órgano y a las oraciones de los creyentes.

Tal como “en los lejanos tiempos” en que Asia extendió su barbarie, como sangrienta mortaja, sobre la Europa agonizante. Entrar a saco y convertir las iglesias cristianas en estercolero era el gran placer de los hombres del Norte. Y no otro era el deleite de aquellos terribles guerreros, a cuyo paso se estremecía la tierra, acaudillados por el Azote de Dios.

La historia se repite. El hombre está dentro de los hombres. La humanidad avanza, pero aún no ha acabado de salir de la caverna. La ferocidad bulle en las profundidades del instinto, y hay momentos en que salta a la superficie la fiera que hace siglos se agazapa, dominada, pero no vencida.

Es así como pueblos que se decían cristianos y hombres que invocaban sentimientos altruistas de humanidad, cayeron en el crimen, reproduciendo, por un movimiento ancestral de la ingénita barbarie, actos que repugnan a nuestra conciencia y que parecían ya alejados de la historia. Y todo aquello no era nada todavía. La guerra recién iba a entrar en un período realmente salvaje.

Entre tanto, el mariscal López se disponía a reanudar la resistencia. Cuando volvió a ocupar su antiguo campamento de Cerro León, después de la última derrota, no disponía de más fuerza que la de su voluntad omnipotente. Todo el poder defensivo paraguayo se reconcentraba en su persona, fortaleza moral más temible que los muros artillados de Humaitá. Inútilmente el duque de Caxías dio por terminada la guerra.

Los veinte mil soldados victoriosos, atrincherados en Asunción, sabían muy bien que mientras se mantuviese en pie el presidente paraguayo la lucha no estaba terminada.

Cuando el conde D’Eu, que vino a reemplazar al duque de Caixas, llegó a Asunción se encontró con una gran desmoralización de las tropas aliadas. El solemne Te Deum mandado cantar por Caixas, festejando la terminación de la guerra, había caído en un inmenso ridículo. El desaliento era general.

Ningún jefe brasileño había querido tomar sobre sí la responsabilidad de una sola iniciativa. Y, entre tanto, López crecía a la distancia. De un momento a otro se esperaba una sorpresa, creyéndosele capaz de sacar recursos de la nada. Y Allí Juan Bautista Alberdi tuvo tiempo de decir en Europa que en aquellos momentos el Paraguay tenía su “segundo y más poderoso ejército en lo que se llaman sus montañas. Son los Andes –agregaba- del nuevo Chacabuco y del nuevo San Martín, contra los nuevos Borbones de América”.

En la batalla de las Lomas Valentinas habían peleado los inválidos y los niños, cargando los cañones con pedazos de piedra y hasta con tierra. Tres meses después de esa derrota Paraguay volvía a tener un ejército de trece mil hombres, relativamente bien armados y equipados.

Los heridos de la última batalla se lanzaron por centenares al inmenso estero de Ypecuá, cruzándolo, con el agua al cuello, durante tres días, sin comer, e incorporándose a Solano López en Cerro León. Y todos los que aún podían andar o cargar un fusil, acudieron, presurosos, desde los últimos confines de la república, para rodear al héroe desgraciado que sostenía la bandera paraguaya.

Se recogen armas abandonadas en los campos de batalla, se monta otro arsenal, se funde hierro, se taladran cañones, se fabrica pólvora y papel, se edita un periódico, vuelven a funcionar las escuelas, rige la ley de enseñanza primaria obligatoria, los niños soldados asisten a clases. Y la fundición de Ybycuí y el arsenal de Caacupé trabajaron sin descanso para armar a aquel extraño ejército, aprovechando la escandalosa indecisión del más que prudente vencedor. Pese a haber caído Asunción, la guerra aún no había terminado.

Referencias

(1) El 22 de febrero de 1869, a las 16hs Francisco Solano López emite un bando ordenando la evacuación de Asunción, fue entonces que todas las familias asunceñas que aún poseían algunas alhajas y dinero metálico, corrieron a depositarlas en la legación de los Estados Unidos de Norte América, a cargo del ministro Carlos A. Washburn así como en los consulados de Francia e Italia.

(2) El Palacio de los López es la sede del gobierno de la República del Paraguay, ya que ahí se encuentra el despacho oficial del presidente de la República. Es uno de los edificios más hermosos y emblemáticos de la capital paraguaya, Asunción. Su ubicación es en la calle Paraguayo Independiente, entre Ayolas (antes del Paraná) y O’Leary (antes Paso de Patria). Ubicado en el centro de Asunción, mirando a la bahía, este edificio fue construido por orden del presidente Carlos Antonio López, para que sirva de residencia para su hijo, el General Francisco Solano López, de ahí el hecho de que el nombre del edificio sea “Palacio de los López”. Sus obras empezaron en 1857 bajo la dirección del arquitecto inglés Alonso Taylor.

En la primera mitad del siglo XIX, Lázaro Rojas regaló a su ahijado de bautismo Francisco López el predio donde está asentado el palacio. Tras lsus célebres viajes de por Europa, Francisco Solano se trajo consigo varios arquitectos e ingenieros, que ayudaron a desarrollar obras de progreso en el país. Por orden de Carlos Antonio López, presidente de la República desde 1842, una de dichas obras era la residencia de su hijo. La construcción, planificada por el húngaro Francisco Wisner, se inició dirigida por el arquitecto inglés Alonso Taylor en 1857.

Los materiales para la construcción del palacio venían de varios lugares del interior del país, piedras de las canteras de Emboscada y Altos, maderas y obrajes de Ñeembucú y Yaguarón, ladrillos de Tacumbú, piezas de hierro fundidas en Ybycuí, etc.

Diversos artistas europeos vinieron al Paraguay para encargarse de la decoración del edificio. Artistas como el ingeniero inglés Owen Mognihan que se encargó de esculpir las figuras necesarias para crear un ambiente palaciego, el italiano Andrés Antonini que llegó al Paraguay exclusivamente para diseñar y establecer la escalera de mármol del Palacio que comunica a la segunda planta, el pintor Julio Monet, francés, que pintó el cielo raso con decoraciones florales y figuras.

Para 1867, época de la Guerra de la Triple Alianza, el Palacio de los López estaba casi terminado, aunque faltaban detalles de acabado para su conclusión. La ornamentación era de estatuillas de bronce y muebles importados de París, y grandes y decorados espejos para los salones del Palacio. Durante los siete años que los brasileños ocuparon Asunción, el Palacio sirvió como cuartel de sus fuerzas. Después de que éstas lo abandonaron, el edificio quedó en estado de abandono. Fue durante el gobierno de Juan Alberto González que se iniciaron las grandes obras de restauración del Palacio, que duraron solamente dos años. El edificio terminó recuperando su antigua gloria.

Fuente
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Estragó, Margarita Durán – Homenaje al pueblo de Patiño, en el centenario de su fundación (1909- 2009)
O’Leary,Juan E. – El mariscal Solano López
Rivarola Matto, J. Bautista – Diagonal de sangre: la historia y sus alternativas en la Guerra del Paraguay

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Re: La Guerra del Paraguay, 1865-1870

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 11, 2013 8:38 am

Misión paraguaya a Europa

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Elisa Alicia Lynch (1835-1886)


Uno de los primeros actos del presidente del Paraguay, Carlos Antonio López, fue ponerse en relación con todos los gobiernos civilizados del mundo. Como resultado de sus gestiones diplomáticas, pronto el Paraguay salió del aislamiento en que había vivido, entrando de lleno en la convivencia internacional. De todas partes les llegaron los mejores testimonios de sincera simpatía, reconociéndose la independencia y formulándose votos por el resurgimiento paraguayo. Y no tardaron en llegar a Asunción los representantes de las grandes potencias, con los que se firmaron tratados de amistad, comercio y navegación.

Para responder a estas atenciones, para restablecer las relaciones con la madre patria, y con otros fines relacionados con el desenvolvimiento del progreso del Paraguay, fue enviado a Europa, como ministro plenipotenciario, el general López, que era ya, a la sazón, el hombre más preparado y más discreto de su país.

El domingo 12 de junio de 1853 partió de la Asunción, a bordo de la nave de guerra Independencia del Paraguay, llevando como secretarios a Juan Andrés Nelly y a Angel Benigno López. Lo acompañaban también el entonces comandante Vicente Barrios, el capitán José María Aguiar, el teniente Rómulo Yegros y el alférez Paulino Alen.

El 14 de setiembre llegó el representante paraguayo a Southampton pasando enseguida a Londres, donde mereció la más amable acogida por parte del gobierno británico. (1)

En aquella ocasión tuvo oportunidad de conocer allí personalmente al famoso publicista argentino Nicolás Calvo, quien había de ser después uno de sus corresponsales secretos en el Río de la Plata. De una correspondencia enviada por dicho escritor a un diario de Buenos Aires se tomaron los párrafos que siguen, donde sus palabras trasuntan la impresión que le causara el representante paraguayo:

“Tenemos aquí al general López, ministro plenipotenciario del Paraguay, que pronto pasará a París. El general es un hombre distinguido en sus modales, dotado de una fisonomía inteligente y apacible, que gana la voluntad del que le trata. Su viaje a Europa es, a mi juicio, una garantía de prosperidad y un gaje de progreso y de mejora infalible para su patria. Observador, reservado y estudioso, se ve en sus acciones la preocupación del hombre seriamente contraído a llevar la aplicación de lo bueno y de lo útil que la Europa le presenta en provecho de su patria.

“El Paraguay, ofreciendo una estabilidad que, desgraciadamente, falta entre nosotros, llama ya la atención de la Europa comercial, y la emigración agrícola de que tanto necesitan estos países puede muy bien acordarle la preferencia, tanto más cuanto que es éste uno de los puntos a que el ilustrado general López contrae su preferente atención, y reuniendo, como reúne, a la capacidad personal los medios materiales y pecuniarios de desenvolver su plan, poco arriesgo es presagiar que una corriente de inmigración europea, no tardará en pronunciarse hacia el Paraguay.

“Esta legación es, quizás, la más numerosa que ha venido de la América, y hará buena figura en la lujosa Corte del Emperador Napoleón”.

Llegada a Francia

Después de una corta estada en Londres, y antes de visitar, como deseaba, las grandes ciudades manufactureras del Reino, a causa del cólera, que empezaba a propagarse en forma alarmante, pasó a Francia, donde fue recibido en sesión pública por Napoleón III, quien, desde un principio, le brindó sus simpatías, así como la hermosa Emperatriz.

Muchas leyendas se han forjado sobre su paso por París y sobre el deslumbramiento que causó en su alma el falso brillo de aquella Corte corrompida.

Hay a qué atenerse sobre el carácter del joven patriota, sobre las intimidades de su alma, sobre sus verdaderas inclinaciones. Se sabe que era morigerado en sus costumbres y que desdeñaba los laureles de la gloria militar. En su alma no cabía otra ambición que la de ver a su patria engrandecida y en paz con sus vecinos…

Mal, pues, podía seducirle una Corte marcial, fastuosa, pero degradada, a los encantos íntimos de una ciudad alegre. En su mente no llevaba clavada sino una sola idea fija: la prosperidad de su pequeño país. Inútil buscar documentos, pruebas reales de que hubiese llevado en París una vida licenciosa. Inútil pretender dar verosimilitud siquiera a las patrañas forjadas por los falsificadores de la historia.

Queda, felizmente, el diario íntimo de uno de sus compañeros –el mayor Rómulo Yegros- gracias al cual es posible seguirle, sin perderle de vista un momento, a través de la gran ciudad. Y por ese diario se sabe toda la verdad de su actuación irreprochable.

Lo que hay de cierto es que Eugenia, que quiso confundirle con uno de esos embajadores semibárbaros de los países orientales, quedó prendada de su gentileza tan pronto como lo conoció en una de las fiestas del Palacio. Y que Napoleón, que era un hombre de vasta cultura, se sintió sorprendido en presencia de aquel joven lleno de ilustración que, en un francés correcto, disertaba con él sobre las más diversas cuestiones, con un dominio absoluto de la política europea y de la historia del mundo.

Aquella simpatía se transformó pronto en amistad que le valió las más honrosas distinciones. Así, es verdad que el Emperador lo invitó una vez a presenciar unas maniobras militares, brindándole el comando de las tropas, en medio del estupor de los presentes. López, sin afectación y sin embarazo alguno, agradeció aquella inusitada distinción, dando en el acto las órdenes correspondientes y haciendo desfilar batallones y regimientos en su presencia con singular acierto. Precisamente toda su cultura militar era francesa, estando bien interiorizado de los secretos de la táctica y de su estrategia. No podía, pues, tomarle de sorpresa aquel rasgo inesperado del Monarca.

Por lo demás, en París, como en Londres, no perdió su tiempo en frivolidades, trabajando por allegar ventajas a su patria, procurando abrir mercados a los productos paraguayos, vincularse a la banca europea y encaminar hacia Paraguay una buena corriente de emigración.

Y como resultados de sus gestiones tan fecundas, el Paraguay se vio pronto impulsado por un creciente progreso, en medio de una renovación completa.

No se puede omitir aquí un detalle íntimo de su vida que ha dado lugar a tantas injustas acusaciones, a tantos calumniosos denuestos. El mismo está referido a sus relaciones con la famosa Elisa Alicia Lynch, a quien amó apasionadamente desde el momento que la conoció en Paris.

Esta célebre mujer, tan vinculada a la historia del Paraguay, tan discutida y tan interesante a los ojos del investigador sereno, ha dejado en un panfleto poco conocido los siguientes datos autobiográficos:

“Nací en Irlanda, el año 1835, de padres honorables y pudientes, perteneciendo a una familia irlandesa que contaba, por parte de mi padre, dos Obispos y más de setenta magistrados, y, por parte de mi madre, un vicealmirante de la Marina Inglesa, que tuvo la honra de combatir, con cuatro de sus hermanos, a las órdenes de Nelson, en las batallas del Nilo y Trafalgar.

“Todos mis tíos fueron oficiales de la Marina o del Ejército inglés. Mis primos lo son hoy, y varios otros de mis parientes ocupan altas posiciones en Irlanda.

“El 3 de junio de 1850, fui casada en Inglaterra, a la edad de quince años, con Mr. Quatrefages, persona que ocupa un alto puesto en Francia. A su lado viví tres años, residiendo en Francia y Argelia, sin tener descendencia.

“Separada de él a causa de mi mala salud, me reuní a mi madre en Inglaterra, quedando algún tiempo con ella. Estuve después con mi tío, el comandante de la Marina real inglesa, William Royle Crooke y su esposa, hermana de mi madre.

“Residí en París muy poco tiempo, y, mientras estuve allí, viví con mi madre y la familia de Strafor, compuesta de la madre y tres hijas, siendo el padre magistrado en Dublín.

“Poco tiempo después de separada de mi esposo conocí al mariscal López, y ya en 1854 me encontraba en Buenos Aires, de paso para Asunción.

“Los que se han empeñado en presentarme como una mujer de mala vida en París, se encuentran descubiertos ante la evidencia de lo que dejo referido, porque falta materialmente el tiempo necesario para que yo haya podido entregarme a la vida licenciosa que se ha pretendido atribuirme. No he podido, pues, ser la mujer que han pintado mis enemigos.

“El antecedente más desfavorable a mi reputación ha sido el hecho de mi matrimonio. Casada y pasando a ser la compañera del mariscal López era autorizar el cargo de adúltera. Hasta hoy no he querido desmentir esta acusación por motivos de delicadeza que me obligaban a no perjudicar la posición que ocupa Mr. Quatrefages. Pero ahora estoy obligada a romper ese silencio, porque me debo a mis hijos y mi nombre está ligado a una época histórica.

“Mi matrimonio con Mr. Quatrefages fue considerado nulo por no haberse cumplido las formalidades exigidas por la ley, y la prueba más concluyente de ello es que él se volvió a casar en 1857 y tiene varios hijos de ese matrimonio.

“Dados estos antecedentes respecto a mis primeros años, no necesito detenerme a dar cuenta de los quince años que residí en el Paraguay, porque nadie, nadie, se atreverá, ni se ha atrevido, a atribuirme una deslealtad al hombre al cual ligué mi porvenir”.

Tal es la madama Lynch de la realidad, pintada por ella misma con emocionante sinceridad… Mujer de extraordinaria belleza y distinción, llena de talento y de una discreta cultura, despertó en Solano López un apasionado amor. Se conocieron un día en la estación de San Lázaro… se conocieron y se amaron.

En una palabra, Solano López había encontrado en su camino la compañera que le deparaba su trágico destino. Y ésta, respondiendo también a un mandato superior, le dio la mano y lo siguió en la vida.

Fracasan las negociaciones con España

De París pasó a Madrid, donde presentó sus credenciales, gestionando un tratado de paz con la madre patria. Le tocó en la Corte española poner a prueba sus dotes de diplomático y su singular energía. Desde el primer momento encontró dificultades insalvables en las extrañas pretensiones de la Cancillería, que se empeñaba en sentar principios inadmisibles de derecho internacional, en cláusulas que rechazó resueltamente.

Así, quería el señor Angel Calderón de la Barca, ministro de Relaciones Exteriores, que se estableciera que los hijos de españoles nacidos en el territorio del Paraguay tendrían el derecho de optar por ser paraguayos o españoles, y otras estipulaciones por el estilo, contrarias al derecho de gentes, a las leyes de la República y hasta el decoro nacional. Con tal motivo tuvo que formular numerosas notas, en las que se ve el rastro de la garra del león. Su estilo es inconfundible, siendo imposible no reconocer en todo cuanto escribió desde entonces el sello potente de su personalidad.

Aquel joven, que por primera vez salía de su patria, hablaba con la autoridad de un hombre cargado de experiencia y acostumbrado a tratar de igual a igual a los más poderosos de la tierra. Todo es dignidad, energía, autoridad en lo que escribe. Se ve que se siente fuerte en su derecho; no conciente en ceder un ápice a su contendor. Y cuando se convence de que no hay nada que hacer ya frente a la terquedad de la Cancillería española, a la que ha demostrado inútilmente la sinrazón de sus pretensiones y hasta sus flagrantes inconsecuencias, anuncia oficialmente su retiro, y se marcha, sin perder la línea de la más exquisita cortesía.

Meses después, cambiado el ministro de Relaciones Exteriores, recibió un llamado del nuevo titular de dicha cartera, que se avenía, por fin, a zanjar todas las dificultades. Pero era ya tarde. El ministro paraguayo contestó que le era imposible volver a Madrid, porque había sido llamado por su Gobierno y en el puerto de Burdeos le esperaba, con los fuegos encendidos, un vapor de guerra de su país, listo para partir.

El más completo éxito coronó sus gestiones ante el Rey de Cerdeña, consiguiendo sin dificultad que fueran canjeados y ratificados los Tratados firmados en Asunción.

Por todas partes no encontró sino buena voluntad para su patria y para su persona, recibiendo de Napoleón las insignias de Comendador de la Legión de Honor y del Rey de Cerdeña las de Comendador de San Mauricio y San Lázaro.

Hasta el propio Juan Manuel de Rosas, entonces en Inglaterra, requerido para dar informes sobre el Paraguay, no titubeó en decir que era el único país al cual se podía abrir un crédito ilimitado, certificando que la firma de su ministro estaba garantida por las riquezas de un pueblo pacífico y trabajador y por la solvencia del Gobierno más serio de América.

Puede decirse, pues, que su misión fue coronada por el más completo éxito. Y, así, después de haber hecho un lucido papel diplomático; después de haber estudiado detenidamente todo lo que podía interesar a su patria; después de haber hecho magníficas adquisiciones, asegurando el concurso de hombres e instituciones de trascendental importancia, regresó, a bordo del hermoso y veloz vapor Tacuarí, adquirido por él en Inglaterra.

El 11 de noviembre de 1854, a las diez y media de la mañana, partió de Burdeos. Venían con él, a más del personal de la Legación, numerosos técnicos contratados en Inglaterra y Francia, entre ellos los ingenieros Whitehead y Richardson, que tan valiosos servicios habían de prestar al Paraguay.

A su paso por Río de Janeiro se entrevistó con el Emperador y con varios personajes de la Corte, tratando inútilmente, de buscar una solución a las graves cuestiones que empezaban a poner en peligro la paz entre el Brasil y Paraguay.

Finalmente llegó a la Asunción en la tarde del 21 de enero de 1855.

Referencia

(1) El lunes 5 de diciembre de 1853 fue recibido Solano López por la Reina Victoria en su palacio de la isla de Wight. Rómulo Yegros, al anotar este hecho en su minucioso diario, escribe: “Después de haber visto el señor general a la Reina, dice que le ofreció su vapor de paseo para que regresase y su coche para que lo usase en el puerto. Esta oferta fue aceptada por el señor ministro. El inmenso gentío que había en la ribera y los marineros, al verle bajar, creyeron que era la Reina la que venía a su paseo de costumbre… Por este feliz viaje vemos que el señor general es tenido en mucho aprecio por la Reina y sus ministros”.

Fuente
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
O’Leary, Juan E. – El mariscal Solano López

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Re: La Guerra del Paraguay, 1865-1870

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 11, 2013 8:39 am

Amotinamiento de reclutas en Catamarca

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Guerra de la Triple Alianza (1864-1870)


La tarea que el gobernador de Catamarca, Victor Maubecín, acometió con mayor entusiasmo durante su gobierno fue la formación del contingente con que la provincia debía contribuir al Ejército del Paraguay. Guerra impopular esta de la Triple Alianza. Tradiciones y documentos nos hablan de la resistencia que demostró parte de nuestro pueblo frente a la recluta ordenada por el Gobierno Nacional. Algo decía al sentimiento de nuestros paisanos que esa contienda ninguna gloria agregaba a los lauros de la patria, y que tampoco existían motivos para pelear contra un pueblo más acreedor a su simpatía que a su rencor. En Entre Ríos, los gauchos de Urquiza desertaron en masa, pese a que en otras ocasiones fueron leales hasta la muerte con su caudillo. En La Rioja, el contingente de 350 hombres asignado a la provincia se reclutó entre la gente de la más baja esfera social. Un testigo calificado, el juez nacional Filemón Posse, explicaba al Ministro de Justicia, Eduardo Costa, los procedimientos compulsivos que había utilizado el gobierno local al expresar que “se ponían guardias hasta en las puertas de los templos para tomar a los hombres que iban a misa, sin averiguar si estaban eximidos por la ley”.

El método usado para el reclutamiento, tanto como el duro trato a que fueron sometidos los “voluntarios” durante los tres meses que duró la instrucción militar, fueron causa de varias sublevaciones. El mismo testigo señala, a ese respecto, el estado de desnudez de la tropa, lo cual movía la compasión del vecindario cuando salía a la plaza para recibir instrucción. “Más parecen mendigos que soldados que van a combatir por el honor del pueblo argentino”, afirmaba sentenciosamente, agregando que tal situación suscitó la piadosa intervención de la Sociedad San Vicente de Paul que les proveyó de ropa y comida. Acusaba también al gobernador Maubecín de incurrir en una errónea interpretación del estado de sitio, cuando exigía al vecindario auxilios de hacienda y contribuciones forzosas para costar los gastos de la movilización.

La situación que se ha descrito veíase agravada por el trato duro e inhumano que se daba a los reclutas. José Aguayo, uno de los oficiales instructores, ordenó cierta vez por su cuenta, la aplicación de la pena de azotes en perjuicio de varios soldados. Olvidaba o ignoraba, quizás, que la Constitución Nacional prohibía expresamente los castigos corporales. Este hecho motivó un proceso criminal en contra del autor, cuando los damnificados denunciaron el vejamen ante el Juzgado Federal. Su titular falló la causa condenando a Aguayo a la inhabilitación por diez años para desempeñar oficios públicos, y a pagar las costas del juicio. Dicha sentencia disgustó a Maubecín, quien negó jurisdicción al magistrado para intervenir a propósito de los castigos impuestos en el cuartel “a consecuencia de una sublevación”. El gobernador calificaba de “extraña” la intervención de Filemón Posse y afirmaba que esa ingerencia era “una forma de apoyo a los opositores sublevados”. El choque entre el juez y gobernador originó un pleito sustanciado en la esfera del Ministerio de Justicia y dio materia a una sonada interpelación al ministro Eduardo Costa por parte del senador catamarqueño Angel Aurelio Navarro.

Los “voluntarios” se sublevan

El mes de octubre de 1865 llegaba a su término. Faltaban pocos días para la partida hacia Rosario del batallón “Libertad” cuando un incidente vino a conmover a la población. La tropa de “voluntarios”, cansada de privaciones y de castigos, se amotinó con el propósito de desertar. No es aventurado suponer que para dar ese paso debe haber influido un natural sentimiento de rebeldía contra la imposición de abandonar la tierra nativa, a la que seguramente muchos no volverían a ver. Actores principales de la revuelta fueron poco más de veinte reclutas, pero la tentativa fue sofocada merced a la enérgica intervención de los jefes y oficiales de la fuerza de custodia.

Inmediatamente, por disposición del propio Gobernador, jefe de las fuerzas movilizadas, se procedió a formar consejo de guerra para juzgar a los culpables. El tribunal quedó integrado con varios oficiales de menor graduación y la función del fiscal fue confiada a aquel teniente José Aguayo, procesado criminalmente por el Juez Federal a raíz de la pena de azotes impuesta a otros soldados.

Actuando en forma expeditiva, el cuerpo produjo una sentencia severa y originalísima en los anales de la jurisprudencia argentina. Los acusados fueron declarados convictos del delito de “amotinamiento y deserción”. Tres de ellos, a quienes se reputó los cabecillas del motín, fueron condenados a la pena de muerte aunque condicionada al trámite de un sorteo previo. Solamente uno sería pasado por las armas, quedando los otros dos destinados a servir por cuatro años en las tropas de línea. Los demás acusados, 18 en total, recibieron condenas menores que variaban entre tres años de servicio militar y ser presos hasta la marcha del contingente.

La muerte en un tiro de dados

La sentencia fue comunicada a Maubecín, quien el mismo día -28 de octubre- puso el “cúmplase en todas sus partes” y fijó el día siguiente a las 8 de la mañana para que tuviera efecto la ejecución. Un acta conservada en el Archivo Histórico de Catamarca nos ilustra sobre las circunstancias que rodearon el hecho.

A la hora indicada comparecieron en la prisión fiscal, escribano y testigos. El primero ordenó que los reos Juan M. Lazarte, Pedro Arcadé y Javier Carrizo se pusieran de rodillas para oír la lectura de la sentencia. Enseguida se les comunicó que “iban a sortear la vida” y, a fin de cumplir ese espeluznante cometido, se les indicó que convinieran entre sí el orden del sorteo y si la ejecución recaería en quien echara más o menos puntos. En cuanto a lo primero, quedó arreglado que sería Javier Carrizo el primero de tirar los dados, y respecto de lo segundo, que la pena de muerte sería para quien menor puntos lograra.

Ajustado que fue el procedimiento, se vendó los ojos a los condenados y se trajo una “caja de guerra bien templada”, destinada a servir de improvisado tapete. Cumplidas esas formalidades previas, Javier Carrizo recibió un par de dados y un vaso.

No cuesta mucho imaginar la dramática expectativa de aquel instante, el tenso silencio precursor de esa definición. La muerte rondaba sombría y caprichosa como la fortuna en torno a la cabeza de esos tres hombres. Es probable que hayan formulado una silenciosa imploración a Dios para que ese cáliz de amargura pasara de sus labios.

Javier Carrizo metió los dados dentro del vaso. Agitó luego su brazo y los desparramó sobre el parche… ¡Cuatro!. Tocaba a Lazarte repetir el procedimiento de su compañero de infortunio. Tiró… ¡Siete!. Las miradas se concentraron entonces en la cara y en las manos del tercero. Pedro Arcadé metió los dados en el cubilete, agitó el recipiente y tiró… ¡Sacó cinco!. La suerte marcaba a Javier Carrizo con un signo trágico.

El acta nos dice que se llamó a un sacerdote a fin de que el condenado pudiera preparar cristianamente su alma. Después de haber sido desahuciado por los hombres, sólo le quedaban el consuelo y la esperanza de la fe. El pueblo catamarqueño, que tantas veces fue sacudido por hechos crueles derivados de las luchas civiles, nunca había sido testigo de un fusilamiento precedido de circunstancias tan insólitas.

En otro orden de cosas, parece necesario decir que la pena de muerte aplicada a Javier Carrizo cumplió el propósito de escarmiento que la inspiraba. A lo que sabemos, no se produjo más tarde ninguna sublevación del batallón de “voluntarios” Libertad. Conducido por el propio Maubecín, hasta el puerto de Rosario, llegó a destino y sus componentes pelearon en el frente paraguayo dando pruebas de heroísmo. Estuvieron en las más porfiadas y sangrientas batallas: Paso de la Patria, Tuyutí, Curupaytí y otras. De los 350 soldados que salieron del Valle, el 6 de noviembre de 1865, solo regresarían 115 al cabo de 5 años. Los demás murieron en los fangales de los esteros paraguayos.

Fuente
Armando Raúl Bazán – La Pena de Muerte por Sorteo en Catamarca
Efemérides Históricas– Patricios de Vuelta de Obligado.
Todo es Historia – Año 1, Nº 1, Mayo de 1967.
Turone, Gabriel O. – Reclutamiento en Catamarca (2007).

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Re: La Guerra del Paraguay, 1865-1870

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 11, 2013 8:39 am

La última trinchera de la guerra en el Paraguay
Escrito por Homero F. Adler Castro

La devolución de los cañones de El Cristiano

La prensa está anunciando que el presidente Luiz Inácio Lula da Silva firmará un decreto devolviendo el obús El Cristiano a Paraguay. ¿Qué tan importante es para nosotros? Hoy en día, somos países hermanos, ¿debemos considerar esto como un gesto de amistad? Pero ¿lo es para nuestra historia?

América del Sur se vio envuelto en un conflicto muy grande entre los años 1864 a 1870: el Presidente de Paraguay, Solano López, a continuación, invadió Mato Grosso y Río Grande do Sul, a través de Argentina, arrastrados a la guerra.

Fue una guerra larga y la más violenta en la historia de Brasil. Se movilizaron decenas de miles de soldados, de todas las clases sociales, desde todos los rincones del país, unidos en el ideal de defensa de la nación contra la agresión. Un momento de la historia porque marca un punto de inflexión y un cambio profundo. Por ejemplo, la odiosa institución de la esclavitud sería injustificable cuando se vio a miles de soldados negro se comportaron con honor y la eficiencia, el apoyo a las dificultades en el campo de batalla.

Una de las mayores dificultades para ser superado por los aliados fue la fortaleza de Humaitá, que impedía el paso del río Paraguay hasta Asunción. Debido a su posición, el paraguayo armados con más de 180 armas, algunas de las cuales son tan grandes, que recibieron nombres específicos, como el Criollo, el Acá Verá y El Cristiano. Este último, con un peso doce toneladas, fue lanzado en 1867 con las campanas de bronce de las iglesias en el Paraguay. En ella está escrito "para el Estado de la Religión" y el nombre de la pieza, "El cristiano", en conmemoración de su origen "religioso".

A las Fuerzas Armadas Aliadas les tomaron más de dos años para superar este obstáculo, con la pérdida de miles de vidas. Por el esfuerzo y el sacrificio de estos hombres no fueron olvidadas por las generaciones futuras, los comandantes de las fuerzas de Brasil, Caxias, Osorio y Tamandaré enviaron recuerdos capturados en el campo de batalla como banderas, tambores y las armas, a ser incorporados en las colecciones de los museos en Brasil. Una práctica común en la guerra, tanto es así que en los museos militares paraguayos, los armas de Brasil se puede ver en el Museo de Vapor y Anhabahy Cué es el barco brasileño, uno de los cuales fueron capturados por las fuerzas de Solano López, cuando invadieron Mato Grosso.

Los años pasaron, y el gobierno del Paraguay se ha convertido en un buen amigo de Brasil y ya en el siglo 19 comenzó a escuchar voces que dicen que el conflicto "debe ser olvidado". Algunas medidas se han tomado de buen grado, como la condonación de la deuda de guerra del gobierno paraguayo en 1940 y en 1972, Brasil devolvió un gran número de trofeos que se conservaban en museos y bibliotecas, tales como banderas, la espada de Solano López y los documentos de archivo que se encontraban en la Biblioteca Nacional del Paraguay. Uno de los pocos objetos que quedaba era el paraguayo El Cristiano, el Museo Histórico Nacional.

Cada vez que el tema vuelve, fue impugnada por los partidarios de la historia nacional, como los trofeos, que no se utiliza con un nacionalista o patriótica vista, fue un récord para un evento tan importante para Brasil y para el Paraguay. Los acontecimientos que había pasado. Devolverlo no iba a cambiar la historia y la amistad con el Paraguay no se verían perjudicados por su estancia en Brasil. Sin embargo, en 1972, los demagogos políticos prefieren un gesto vacío, tratando de complacer a nuestros vecinos cuando estábamos negociando la construcción de la planta hidroeléctrica de Itaipú.

Al parecer, el gesto de buena voluntad no se ha hecho lo suficiente. En 1998, el Instituto Histórico y Artístico Nacional disminuyó la colección del Museo Nacional de Historia, por su importancia y que los políticos no actúan contra los intereses del país como lo habían hecho antes. Los objetos que allí se encuentran se han declarado como patrimonio nacional por el Decreto-Ley 25/37, debe ser protegidos y prevenir su exportación, para que las generaciones futuras puedan estudiar y comprender lo que había sucedido. El presidente tenía la autoridad para revertir el acto de depósito que, en teoría, garantizaría su conservación. Lamentablemente, el actual presidente parece dispuesto a utilizar su poder precisamente para socavar el patrimonio histórico y artístico.

El Destombes es un caso raro en Brasil - el último fue en 1961 cuando tomó Quadros la protección de una casa y una iglesia en Campos (RJ), para construir una escuela. Y la motivación del acto debe ser siempre un "interés social más grande" que la preservación. Incluso tan infeliz, que el Brasil no era la norma, la Presidencia, para eliminar la protección que la ley le da a algunos objetos, ha actuado en casi todo el tiempo por trivial o sin sopesar las consecuencias. La destrucción de edificios en Campos (RJ), por ejemplo, autorizada por Quadros, no dio lugar a una escuela, sino a un estacionamiento. En 1950, el agujero de la fortaleza, construida en el siglo 17, en Olinda (PE) y el testimonio de las guerras holandesas, fue Destombes, ese lugar se construyó una base de hidroaviones de la Armada. La fortaleza fue volada, dejando sólo algunas ruinas, que sobrevivió porque la base nunca se construyó. De hecho, la Marina ni siquiera podría utilizar hidroaviones.

¿Tiene Destombes y El Cristiano tener un "interés social más grande"? ¿Su regreso será aumentar la amistad entre Brasil y Paraguay? El retorno de las piezas que se hizo en 1972 tuvo este sentido? ¿Quién lo recuerda? Una vez, visitando Paraguay, tuve la oportunidad de tomar la espada de Solano Lopes, ya que fue arrojado en una silla, sin ningún tipo de cuidado o supervisión. Diferente fue el tratamiento que el objeto recibió en Brasil Mucho, porque aquí se ha conservado cuidadosamente como un artefacto que parecía una guerra. Las preguntas siguen siendo: se espera que regrese a la guerra se olvida? Los sacrificios que nuestros antepasados sufrieron en los cuatro años del conflicto deben ser descartados?

La gran pregunta es, ¿que el presidente Lula va a cometer otro ataque en el sitio histórico nacional? En prácticamente todos los países del mundo de los coleccionistas de acción es de importancia fundamental para la preservación de artefactos de importancia histórica. Es imposible para el gobierno por sí solo puede proteger todo lo que es importante. Por desgracia, la ley sobre el desarme, colocando enormes dificultades para el trabajo legal de los colectores ha visto una inmensa destrucción de armas históricas. ¿El conjunto de las instituciones públicas se debe también ser destruidos?

¿Qué podemos hacer? El autor de estas líneas no lo sabe. Sin embargo, prefiere dar a conocer el asunto, porque este ataque a nuestra historia no pasa, de nuevo, en vano.

* Adler Homero Fonseca de Castro es un maestro en la historia e investigador en el Instituto de Patrimonio Histórico y Artístico (IPHAN), consultor del Museo Conde de Linhares Militar (MMCL) y miembro de la Junta de Fortificaciones del Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (ICOMOS ).

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Re: La Guerra del Paraguay, 1865-1870

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 11, 2013 8:40 am

Ataque paraguayo a Corrientes

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Mariscal Francisco Solano López (1826-1870)

En 1857 se preparó la alianza contra el Paraguay, entre la Confederación Argentina y el Imperio del Brasil. La suscripción del “Protocolo” entre José María Paranhos y los representantes de la Confederación, Derqui y López, le valieron a Urquiza el beneficio de un empréstito efectuado por el Banco Mauá, de 300.000 patacones. Pero el Barón, obtendría también sus ventajas por el acuerdo, ya que el mismo día, Justo José de Urquiza, lo autorizaría a crear la sucursal Rosario del banco brasileño.

En el “Protocolo”, se establecía el derecho de paso, que la Confederación debía dar al Brasil, en caso de producirse el ataque al Paraguay.

Al efectuarse la misión Paranhos al Río de la Plata, el diplomático brasileño le entregó al canciller argentino el original de dicho protocolo, luego de copiarlo cuidadosamente, tomó nota de la concesión que otorgaba dicho protocolo. El 3 de junio de 1868, Rufino de Elizalde en el Congreso recordaría, aunque en forma vaga e imprecisa, la existencia de un Protocolo que otorgaba dicho derecho de paso a los brasileños. La vaguedad respondía a la necesidad de ocultar la fecha del protocolo, que había sido, por otra parte, duramente atacado por el mitrismo en su oportunidad y que además no había sido ratificado por el Congreso, con lo cual el gobierno de Mitre se hubiera visto en la necesidad de reconocer que el derecho de paso otorgado a los brasileños, no estaba fundado en ninguna norma legal válida.

De cualquier manera, el Paraguay sabía perfectamente que el gobierno de Mitre, que ya había autorizado la concentración de las tropas imperiales frente a Corrientes, iba a otorgar a los brasileños el derecho de paso.

¿Qué fue lo que determinó la invasión de Francisco Solano López al suelo argentino? Autores como Carlos Pereyra, aún reconociendo que López confiaba en el pronunciamiento de Urquiza, le censuran haber dado ese paso, que lo hacía aparecer como un invasor en tren de conquista. Desde ya, toda la planificación del ataque contra el Paraguay fue muy anterior a este hecho, y la seguridad política del primer estado moderno americano, había peligrado desde que Venancio Flores invadiera la República Oriental del Uruguay. Pero un estadista militar brillante como Francisco Solano López, debió prever los efectos morales y no simplemente militares de su ataque. Había algo más que eso. Algo más, también, que el hipotético y dudoso apoyo de Urquiza, era lo que motivaba la posición asumida por López:

Pelham Horton Box, entrevió con claridad la cuestión. “Puede haber poca duda –dice el autor norteamericano- acerca de la múltiple inteligencia de López con poderosos caudillos argentinos, pues hemos visto, que no se atenía a un “solo disidente”, y hacia febrero de 1865 había abandonado sus esperanzas en Urquiza (…) Pero como invadió Río Grande por vía Misiones, nos encontramos ante el problema de por qué exigió el pasaje a través de Corrientes.

“Todavía esperamos la publicación de los documentos que iluminen sus relaciones con los elementos reaccionarios de la Argentina. Pero un examen de las pruebas existentes, sugiere que la exigencia del derecho de tránsito por Corrientes, iba encaminada a servir de réplica a la supuesta colaboración de Mitre con el Brasil, y a ofrecer una oportunidad para que se alzaran los enemigos de Buenos Aires, en el caso de una negativa”.

Si bien Fermín Chávez, ha demostrado la forma en que se ocultó la declaración de guerra previa, enviada por López, es indudable que no se trata de un planteamiento jurídico en el orden del derecho internacional. El pedido de paso, fue formulado con el objeto de recibir una negativa, y permitir así el pronunciamiento de los elementos reaccionarios adictos de que disponía el Paraguay en la Argentina. es decir, que López contaba con que los federales de Corrientes, y los demás elementos vinculados a ellos, se pronunciaran a su favor. En cuanto al apoyo de Urquiza, según Elizalde, el entrerriano le había ofrecido al mandatario paraguayo el paso por nuestro territorio, y asimismo, la cesión de inmensos territorios para someter a Buenos Aires. Al respecto, en carta del 26 de febrero de 1865, López recuerda que Urquiza le había manifestado que en caso que Mitre se negara a darle paso, él se pondría al lado del Paraguay, “para cuyo fin ha pedido la copia de la solicitud de tránsito y su contestación en caso negativo”.

Por otra parte, en “Memorandum” de 22 de octubre de 1864, Francisco Solano López había sugerido que se designara como comisionado a Sagastume, Virasoro o López Jordán. Recordemos que el pronunciamiento de Virasoro, era esperado ya, desde la época de los levantamientos del Chacho. La “conjuración del Litiral”, como la llama Cárcano, existió, y fue la razón esencial, a raíz de la cual López aceleraría el proceso, pidiendo el paso por Corrientes.

Desde Tucumán, el 29 de noviembre de 1864, Emilio Salvigni le advertiría a Wenceslao Paunero: “ (…) Las noticias que corren aquí del litoral son alarmantes y producen una angustia general. Mientras V. me dice: “Que mandaremos sobre Paraguai (…) cosacos correntinos” López Jordán va a Corrientes y se entiende con aquel Gobierno y el del Paraguai para marchar contra el Brasil y Flores y por consiguiente contra Buenos Aires, secundado con la milicia de Entre Ríos. Dicen que el Paraguai tiene buques con los que pasará un ejército a este lado del río –que Mitre no tiene ejército y que por consiguiente la reacción está hecha, sublevando algunas provincias apoyadas por el ejército de Urquiza (…)”.

Pero el apoyo falló, con lo cual el jefe paraguayo se vio obligado a invadir, por razones militares, a través de Misiones.

Este hecho, unido al retardo en la publicación de la declaración de guerra efectuada por Francisco Solano López, hicieron que Mitre tratara de dar un carácter defensivo nacional, a la guerra. Pero las clases oprimidas no se equivocaban: la verdadera guerra nacional consistió en enfrentar a Mitre, al Brasil y al Imperio Británico, a favor de la Unidad Americana.

Fuente

Cárcano, Ramón J. – Guerra del Paraguay, Buenos Aires (1941).

Chávez, Fermín – Vida y Muerte de López Jordán – Ed. Theoria – Buenos Aires (1957).

Peña, R. O. y Duhalde, E. – Felipe Varela – Schapire editor – Buenos Aires (1975).

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Esteban McLaren
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Re: La Guerra del Paraguay, 1865-1870

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 11, 2013 8:40 am

Eje bancario contra Paraguay

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Norberto de la Riestra (1820-1879)

El pronunciamiento de Felipe Varela del 10 de diciembre de 1866 ponía en peligro todos los esfuerzos de la clase ganadera porteña, en su plan de recoger las migajas del festín colonizador inglés en pago por la destrucción del Paraguay.

En 1865, cuando ya Norberto de la Riestra se encuentra en Londres, llega también a la City el Barón de Mauá. Era uno de los últimos viajes que realizaría, de los diez que efectuara a Londres durante su vida. De María, Besouchet y Anyda Marchant, no se han preocupado de estudiar las gestiones de Mauá en la City. Joslin, al referirse a Mauá, dice: “Socio de casas bancarias de Londres y Nueva York, era un aliado financiero de los Rothschild y tenía sociedades comerciales tanto en París como en Londres”. Lo que ni Joslin ni los otros autores aclaran, es que el motivo principal del viaje de Mauá a Londres, fue el de concertar y negociar conjuntamente con de la Riestra, la formación de un eje bancario contra el Paraguay. Eje que estaría constituido, precisamente por el Banco Mauá, el Banco de Londres, casa matriz y el Banco de Londres sucursal Buenos Aires. José Evangelista de Souza, barón y luego vizconde de Mauá, el hombre que escribía su correspondencia privada en ingles, partió para Londres, en plena crisis financiera brasileña de setiembre de 1864.

Esta crisis, conocida popularmente como “cuando Souto quebró” –frase que llegaron a repetir todos los papagayos de Río- hacía referencia a la quiebra de Souto, conocida casa bancaria brasileña. “Souto quebró”, como consecuencia del bloqueo británico a los puertos, del pago inexorable de los servicios de los empréstitos londinenses, y en general, por la coyuntura creada en el Brasil, a raíz de la transformación de la economía de plantación de algodón, por la de café.

Las gestiones financieras en Londres

La formación del eje bancario londinense contra el Paraguay, se veía dificultada por la crisis financiera británica, que llegaría a su momento más grave, durante el curso del año 1866.

Esta crisis tuvo su origen en una serie de causas entrelazadas entre sí, que conmovieron al mercado monetario inglés. Ellas fueron: 1º) La crisis del algodón y sus efectos financieros, 2º) El desarrollo monetario detenido, a raíz de la continua exportación de oro, para compras de algodón, 3º) La baja tasa de interés del Banco de Inglaterra, 4º) La desmedida acumulación de capital producida por el desarrollo del maquinismo, bajo la forma de producción de máquinas herramientas, punto culminante de la Revolución Industrial, con la consiguiente toma de conciencia y planteamientos reivindicatorios de la clase trabajadora británica.

El 21 de julio de 1865, Norberto de la Riestra le avisaba al Ministro de Hacienda Lucas González: “el mercado monetario no puede estar más favorable, hay dinero en abundancia y tasa de interés baja”, sin embargo su entusiasmo no era total, pues señalaba asimismo, que había “apatía”, y sindicaba como causas de ésta, 1º) La elección de Representantes para el Parlamento, 2º) La “estación actual”, que aleja hacia el campo, fuera de Londres a los capitalistas, 3º) Desconfianza a las inversiones en el extranjero, 4º) Preferencia a las inversiones en EE.UU. La incomprensión de las causas eficientes, no de las superficiales (en realidad efectos de aquella), era total entre la Banca de Inglaterra, por boca de la cual hablaba Don Norberto.

Aquellos factores, a su vez, crearon una situación febril de especulación, muy similar a la de 1825. Aparecieron las sociedades de responsabilidad limitada, y se generalizó la práctica del “financiering”. El mecanismo del financiering fue puesto en acción, asiduamente, por los empresarios británicos en la Argentina. Consistía el mismo, en que el “concesionario-empresario”, que obtenía la concesión de un servicio público, para poder garantizar suficientemente al poder público que le otorgaba la concesión, conseguía de una banca una “orden de aceptación”, que no era una letra descontable, sino un simple “compromiso”, que habitualmente no se cumplía.

La acumulación de estas “órdenes de aceptación”, y la costumbre generada en los bancos menores, de pagar intereses por los depósitos en cuenta corriente, creó una situación financiera de gran inestabilidad. Como primera consecuencia de la crisis, se produjo la aniquilación de los pequeños comerciantes e industriales, y en la segunda etapa, la de los grandes capitalistas, ligados todos a la especulación bursátil.

Esta crisis fue la más grande que se conoció en Inglaterra hasta esa fecha. El 11 de mayo de 1866, se produjo el “viernes negro”, caracterizado fundamentalmente por la suspensión total de pagos de las firmas comerciales, incluida la importante empresa constructora “Morton, Peto and Betts”, concesionaria de ferrocarriles en la Argentina.

La crisis de “Overend, Guerney and Co.”, como se la designó, trajo como consecuencia directa, la suspensión de la famosa acta de 1844. Inglaterra necesitaba, en esos momentos, expandir su crédito bancario y aumentar sus reservas en oro, para poder recuperarse de la hecatombe financiera.

La Misión Riestra ante Baring Brothers

Para salvar la situación creada, y evitar la fuga de capitales, el Banco de Inglaterra elevó la tasa de interés. Los capitales debían, entonces, invertirse en la misma Isla, no emigrar fuera de ella.

El 13 de diciembre de 1865, Marcos Paz le escribía a Mitre: “Acaba de llegar el paquete de Europa, y aunque nada he visto de la correspondencia de Riestra, porque todavía no ha venido a la casa de Gobierno, me basta saber que el interés del Banco de Inglaterra continúa al 7, para asegurarle que nada se ha hecho con respecto al empréstito”.

Mitre le contestaría el día 21: “Comprendo como Usted que la continuación del alto interés del banco de Inglaterra ha de haber inducido al Sr. Riestra a suspender todo procedimiento en el asunto del empréstito”.

De la Riestra, había ido a Londres autorizado por la ley 128 de 27 de mayo de 1865, para contraer un empréstito de hasta 12 millones de pesos y por el decreto de 5 de junio de 1865, suscripto por Mitre, es designado enviado extraordinario y ministro plenipotenciario en misión especial ante el Gobierno de S.M.B. El 27 de mayo, Lucas González le había dado las instrucciones y el pleno poder. El 8 de julio, don Norberto informa que ha llegado 6 días atrás, por la mañana, a Southampton, y que ya en la noche está en Londres. Se ha “puesto en contacto con los amigos y está seguro de tener éxito…”.

Riestra había sido elegido, indudablemente, no por mera casualidad, sino por razones de peso, pues se trataba de uno de los más inescrupulosos personajes del mitrismo.

De él diría Alberdi más tarde: “Sarmiento quería un empréstito inglés para la Nación; Buenos Aires le dio por negociador a Riestra, que es para las finanzas argentinas, lo que esos caballeros de industria que se disfrazan con la cruz roja de las ambulancias, para despojar impunemente a los muertos y a los heridos de sus alhajas preciosas en los campos de batallas”. Educado en Londres durante su “exilio” en la época de Juan Manuel de Rosas, apoderado de la banca Hullett en la sucesión de Bernardino Rivadavia, ministro de la Confederación había sido firmante del “arreglo” con Baring Brothers, llamado de los “bonos diferidos”, que encubría en verdad un segundo empréstito.

Director del Banco de Londres, socio de la casa “Nicholson Green and Co.”, Riestra, llega también a ser director de Ferrocarriles británicos en la Argentina, gestor de los empréstitos destinados a la destrucción de la montonera y del Paraguay, durante los gobiernos de Mitre y Sarmiento, y ministro de Avellaneda. Nada falta en su “británica” carrera. Los tenedores de bonos londinenses le regalaron una estatuilla de plata, que representaba a George Canning. Lord Beerwick le obsequiaría, también un cofre de oro, con un gran topacio, similar al de la corona de Escocia.

A su vez, Sir David Roberston, futuro lugarteniente de la reina Victoria en Berworchire, le escribía a Mitre, con referencia a Norberto de la Riestra, desde Londres, el 7 de abril de 1863: “Ud. no puede comprender cuan altamente está estimado entre el pueblo inglés como ministro de Hacienda y su nombre en Londres es un verdadero baluarte”.

Al morir este “prohombre”, el 3 de julio de 1879. “The Standard” de Buenos Aires, diría: “Desde la caída de Rosas, Mr. Riestra ha figurado tan prominentemente en los asuntos públicos, que la historia de su país es casi su biografía….”. “Mientras se vendan los bonos Argentinos en el mercado de Londres, Riestra será recordado allí. En muchos sentidos era considerado casi como un británico; por sus simpatías y estima por todo lo que fuese británico era bien conocido”.

Este era el enviado del Gral. Mitre que en representación de los intereses superiores de la República Argentina, gestionaba en Londres la adquisición de los fondos para la guerra imperialista.

El 7 de agosto de 1865, Baring hace un adelanto de 200.000 libras de las cuales llegan solamente 100.000. Simultáneamente, de la Riestra escribe a Buenos Aires que el “resto del empréstito debe conseguirse peticionando conjuntamente con el Brasil”. Y acota confidencialmente: “Algunos de estos amigos me han indicado la conveniencia de unificar con el Gobierno del Brasil para hacer un empréstito común y garantido por ambos, a fin de obtener mejores términos”. Estas palabras son del mes de julio. El Barón de Mauá, “ha vuelto a indicar la idea de una operación garantida por el Brasil, de que hablé a V.E. en mi anterior comunicación…”. “Se que el Sr. Mauá como cosa suya ha escrito al Gobierno del Brasil particularmente indicando el negocio”. El empréstito podía hacerse de dos maneras: a) Brasil garantizaría nuestro empréstito, o b) Haciendo de los dos empréstitos uno solo, según informaba de la Riestra.

Baring Brothers y Rothschild, principales bancas que “solventaban” la guerra, necesitaban robustecer la Triple Alianza, a nivel financiero.

El 28 de agostote 1865, Elizalde le comunica a Mitre: “La opinión de Europa se pone de nuestro lado. Pero nada del empréstito. Riestra nos habla de dificultades y de la conveniencia de negociarlo de común acuerdo con el Brasil. Como esto es muy grave, es preciso tenerlo secreto”.

El Imperio del Brasil y el mitrismo no podían aparecer juntos, al solicitar el empréstito, porque hacerlo hubiera significado delatar la existencia del Tratado Secreto de Alianza.

El 13 de setiembre del mismo año, Elizalde vuelve a escribirle a Mitre: “El empréstito se ha aplazado, y Riestra insiste en lo que anteriormente le comuniqué, pero ha conseguido un millón en préstamo, lo que prueba que Baring prestamista cuenta con que se negociará”.

Esta seguridad en la concesión del empréstito de Baring que tenían los “aliados”, se hizo evidente cuando al mes siguiente el brasileño Saraiva concretó con el gobierno argentino un empréstito de un millón de pesos. El Brasil lo prestaba en cuatro entregas de $250.000 cada una, Mitre debía devolverlo cuando se concretara el empréstito con Baring en Londres. Lo cual demuestra fidedignamente, como lo señalara con acierto J. Natalicio González, que el Brasil tenía la absoluta seguridad de que Baring Brothers otorgaría el préstamo a la clase ganadera porteña.

Superando las dificultades propias de la crisis financiera, Norberto de la Riestra conseguiría los empréstitos necesarios para financiar la destrucción del Paraguay. Para tales objetivos, era portador secreto de una carta de crédito muy especial: el Tratado oficial de Alianza, firmado por el Brasil, el Uruguay y el Gobierno de Mitre.

La Alta Banca, sería la primera en conocer el texto original, cuando ni siquiera el propio ministro plenipotenciario argentino en el Brasil, José Mármol, escriba pagado por el gobierno brasileño, sabía de la existencia del tratado.

En tanto no llegaba ni el empréstito brasileño (hecho en realidad por la línea bancaria Mauá-Rothschild), ni el de Baring Brothers, Mitre le escribía el 27 de diciembre a Marcos Paz: “Si salimos mal con esto y no nos viene en este paquete algo del Brasil o de Inglaterra nos veremos en conflictos a no dudarlo. ¿Qué sería, si hubiesen sufrido algún revés en la guerra, o se dudase de nuestro triunfo o la Inglaterra nos hubiese negado el empréstito?”. Tales temores eran injustificados. Inglaterra estaba directamente interesada en la cuestión.

Para poder reprimir a los montoneros de Felipe Varela y dominar al Paraguay de Francisco Solano López, llegarían los empréstitos británicos.



Fuente

González, Juan Natalicio – Proceso y formación de la Cultura Paraguaya. Ed. Guarania, Bs. As. (1938)

Peña, R. O. y Duhalde. E. – Felipe Varela – Schapire editor – Buenos Aires (1975).

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Esteban McLaren
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Re: La Guerra del Paraguay, 1865-1870

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 11, 2013 8:40 am

Proclama de Varela y la oligarquía
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Bartolomé Mitre (1821-1906)

El 2 de enero de 1867, Marcos Paz, vicepresidente de la Nación, le había hecho llegar a Mitre la copia de la proclama de Varela, explicándole en la carta adjunta: “…que aquel coronel Felipe Varela, que estaba en Chile, debía invadir la frontera de San Juan y La Rioja, haciéndose preceder por una célebre proclama impresa que se la mandaré en copia si hay tiempo para sacarla, por no haber venido más que un ejemplar, el cual está destinado para mandarlo a Chile (…) Varela en la proclama se declara abiertamente contra el Gobierno Nacional, tomando el nombre del general Urquiza”. El Gobierno no había sido, sin embargo, sorprendido. El 15 de diciembre de 1866, Paunero le había avisado a Marcos Paz, que Varela se había embarcado en Valparaíso con destino a Copiapó; para caer sobre San Juan y La Rioja, noticia que había confirmado Sarratea, en carta enviada desde Valparaíso mismo, el 15 de diciembre de 1866, en la que comunica que “Varela, y varios jefes blancos llegados de Montevideo han pasado de Valparaíso a Copiapó”.

La proclama había sido impresa en Chile. El Gobernador San Román, de La Rioja, manda un ejemplar llegado con los invasores, y advierte que la misma ha sido distribuida en Guandacol y Jáchal. La chispa montonera va encendiendo Los Llanos. San Román escribe angustiado: “La reacción viene, la reacción es indudable, la reacción está sobre nosotros”.

El historiador Carlos Heras sostiene acertadamente: “la proclama daba al movimiento un carácter nacional y un contenido concreto; era sin duda el programa del levantamiento”.

El 11 de enero, Antonio Taboada, al mando de sus tropas, penetra en tierra catamarqueña. Pero simultáneamente, el valiente Juan de Dios Videla envía una comunicación a Ramón Flores, con el objeto de coordinar la acción montonera y tomar el gobierno de La Rioja. Sin embargo, al día siguiente, Vera derrota a Flores en Pozo Cercado, dispersándole sus hombres.

Pese al pasajero contraste, la montonera va creciendo en el noroeste argentino. Paunero dirá que “el Gobierno revolucionario de Mendoza”, “tiene el tinte de la más subida mazorca”, y ya se sabe, concretamente, que la invasión de Varela está ligada totalmente a la revolución montonera de Mendoza.

El mitrismo analiza la situación. No se trata de una simple cuestión localista, como se ha creído o se ha simulado creer inicialmente. El 30 de noviembre de 1866 Justo Daract le escribe a Wenceslao Paunero desde San Luis, opinando que Carlos J. Rodríguez quiere “hacer creer que la revolución es un hecho local”.

Y si eso no fuera suficiente, bastaría con leer la carta que Marcos Paz tiene sobre su escritorio, que le ha enviado Sarratea, con fecha 23 de diciembre de 1866, y en la que le advierte que “la prensa chilena y peruana se han hecho eco de la revolución, cuyo objetivo –dice esa prensa- es derrocar al gobierno nacional, romper la alianza con el Brasil y proclamarla con las repúblicas del Pacífico contra España”.

Por eso, el 16 de enero de 1867, Marcos Paz le escribe a Mitre: “… creo (Dios quiera que me equivoque) que ha llegado el momento de desbordarse la anarquía y abarcar todo el país, si no viene usted a tomar la dirección de la cosa perdida….”. Desde Mendoza hasta Tucumán no hay quien retenga el poder que se han tomado las revoluciones, después de la derrota de Campos”.

Confirmando los temores del vicepresidente, el 22 Juan de Dios Videla, asume el gobierno de San Juan, y el 24 el general Carlos J. Rodríguez marcha sobre San Luis. El 27, Wenceslao Paunero, el asesino y estanciero mitrista, huye de San Luis ante la presencia de la vanguardia de Rodríguez encabezada por Francisco Alvarez, quien con 150 hombres toma la ciudad. El 31 de enero de 1867 los montoneros derrotan a Wenceslao Paunero en la Pampa del Portezuelo, aniquilándole la caballería, que era su orgullo.

La proclama de Varela sintetizaba todas las aspiraciones de estos pronunciamientos, al mismo tiempo que contribuía a unificarlos.

Felipe Varela, “Defensor de la Unión Americana”, y “representante de Sud América”, denunciaría en ella “el monopolio y la absorción de las rentas nacionales por Buenos Aires”. Sostenía, en efecto que: “La Nación Argentina goza de una renta de diez millones de duros, que producen las provincias con el sudor de su frente. Y sin embargo, desde la época en que el Gobierno libre se organizó en el país, Buenos Aires, a título de Capital, es la provincia única que ha gozado del enorme producto del país entero, mientras en los demás pueblos, pobres y arruinados, se hacía imposible el buen quicio de las administraciones provinciales, por la falta de recursos y por la pequeñez de sus entradas municipales para subvenir los gastos indispensables del gobierno local”.

El mitrismo no podía aceptar con calma el programa político de las masas comandadas por Varela. Con más razón, ante el hecho de que la montonera se extendía cada vez más por todo el país. El 16 de febrero de 1867, las calles de Córdoba escuchan a su pueblo gritar “¡Vivan los generales Varela, y Saá! ¡Muera Mitre! ¡Viva el Paraguay!”.

Félix Frías, diría en el Senado, ante los aterrorizados “padres de la Patria”: “Echemos una mirada por toda la República. Empecemos por Mendoza, vamos hasta Salta. ¿Dónde encontraremos una sola provincia que haya respetado la autoridad? En ninguna parte a excepción de Jujuy”.

Con la verdad como consigna política, Varela había planteado en su proclama inicial, la cuestión de las rentas de Buenos Aires. Y en forma totalmente conexa con aquella, la de la Constitución jurada. No se trataba de una creencia ingenua del jefe montonero en la constitución liberal.

Era un punto esencial de su programa político. Varela sabía que esa Constitución, por haber sido pensada y creada para el litoral mesopotámico, era inaceptable para el mitrismo porteñista. Atacaba expresamente, por ende, las reformas realizadas en 1860 en Buenos Aires, a aquel texto constitucional. Pero con su aceptación de la Constitución jurada, Felipe Varela incitaba al litoral mesopotámico a coparticipar en la revolución, a la par que daba a los hombres del interior provinciano, un punto programático de cohesión. No era el texto constitucional en si, lo que interesaba. Era la puesta en acción de la efectiva organización federal lo que importaba.

Se llevaba a cabo la parte final del programa político de Juan Manuel de Rosas, enunciado en la “Carta de la Hacienda de Figueroa”. Los hombres que pedían la realización del programa constitucional, republicano y federal, recibieron como respuesta de la oligarquía, la ley del 19 de enero de 1867, que establecía: “Resultando que uno de los objetos de ese plan es el de distraer la atención y los recursos de la Nación que deben consagrarse totalmente al triunfo de nuestra bandera, en la justa guerra que el país sostiene contra el Gobierno del Paraguay y prestar por este medio, eficaz ayuda y socorro a los enemigos exteriores de la Patria, declara: 1º) Todos los individuos que hayan tomado o tomaran parte en la ejecución de los atentados cometidos por los revolucionarios de Mendoza, desde el 9 de enero de 1866 en adelante, los que acompañen en su invasión a Felipe Varela o se plegasen después a ellos, los autores o sostenedores de la montonera de La Rioja, y todos los que en cualquier punto del territorio sujeto a la jurisdicción nacional, contribuyan con actos deliberados a estimular, fomentar, o mantener aquel estado de anarquía, serán considerados como rebeldes y traidores a la Nación, y sometidos por la fuerza a la Justicia Nacional para ser juzgados como tales con toda la severidad de las leyes”.

La oligarquía aplicaba su propia “legalidad”. Consistía ésta en someter por la fuerza a las tendencias nacionales, calificándolas previamente de “anárquicas”, en tanto éstas pasaban de la mera forma de lo posible, a la concreta realidad de los movimientos de masas.

Fuente

Peña, R. O. y Duhalde. E. – Felipe Varela – Schapire editor – Buenos Aires (1975).

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Re: La Guerra del Paraguay, 1865-1870

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 11, 2013 8:40 am

Invasión de Felipe Varela
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Gral. Felipe Varela (1821-1870)

Diciembre de 1866. Felipe Varela viene cruzando con la baquía propia de un gran jefe montonero, a través de los boquetes de la cordillera. Nadie como él conoce los pasos de los Andes.

¿Qué plan motivaba su marcha? ¿Era acaso el simple avance romántico contra el cínico déspota de Buenos Aires? Ningún testimonio más elocuente que el de un inglés testigo de los sucesos. Al conocerse en la ciudad-puerto el pronunciamiento de Varela, Mr. Mathew –el “entrometido”- escribió a su jefe del Foreign Office: “En todo lugar donde hayan penetrado los ferrocarriles a través de la República, la civilización y los negocios los han seguido, y los disturbios políticos y los pronunciamientos han cesado allí, pero es fácil todavía para los viejos líderes, provocarlos, junto con un cuerpo de partidarios, en las provincias más distantes, sobre la base de cualquier causa de descontento. Para ello, la cuestión de la Guerra del Paraguay, en manos inteligentes, ha constituido una oportunidad plena, pues mientras el gaucho holgazán está siempre listo para una correría de saqueo, la disciplina del servicio militar es aborrecida por él, y gran parte de aquellos que están obligados a servir han desertado”. Mr. Geoffrey Budkley Mathew mentía concientemente. Sabía perfectamente que los “disturbios políticos”, surgían, precisamente, en las provincias donde la “civilización” (es decir el Crédito Público, los Bancos, los Empréstitos y los Ferrocarriles) habían penetrado. Pero revelaba, sin embargo, una verdad incontrovertible: el pueblo estaba totalmente contra la Guerra del Paraguay. Las clases oprimidas, no querían pelear contra sus hermanos americanos. Jóvenes y viejos, abandonaban sus hogares, montaban sus caballos, recogían la tacuara y se lanzaban en montonera, para no participar en la lucha fratricida.

El pronunciamiento no era, sin embargo, la simple reacción romántica ante una situación económica desesperante. Es cierto que el avance del ferrocarril, con su política de fletes, imponía el monocultivo provincial, creaba “industrias” complementarias de las necesidades inglesas y mundiales, y liquidaba todo el sistema de economía diferenciada y semi-industrial restaurado y protegido sobre la base del precavido sistema virreinal, desde 1835. Pero la respuesta a esta sanguinaria política económica no era ciega. Felipe Varela, al responder a las necesidades de las masas del noroeste argentino, comprendía que resultaba forzoso preparar y ejecutar un programa político. Por eso, cuando Paunero sostenía que los revolucionarios de Mendoza, antes de avanzar esperaban el resultado de la invasión de Varela, llamaba a éste, despectivamente, “nuevo Mesías”.

El programa no era un esquema surgido de la cabeza de ideólogos nostálgicos. Era la comprensión clara de la situación, y de la solución exigida por la misma, condensadas en una formulación revolucionaria. Era esa formulación, unida a su voluntad de lucha, la que le valdría la fidelidad y entusiasmo del gauchaje. Los mitristas de aquella época, recurrían como los de ahora, a explicaciones carismáticas. Así por ejemplo, Dávila diría: “Este caudillo tan ignorante como funesto, había logrado fanatizar a las masas imbéciles, predispuestas por lo mismo a la rebelión contra el fantasma de los terroríficos contingentes”.

En carta escrita desde Copiapó, entre el duro trajinar de las mal pagadas jornadas, en las minas de Naranjo y Wheelright, Varela le había escrito a Urquiza el 23 de enero de 1864: “Hay que lamentar la pérdida de nuestro Gral. Peñaloza aun cuando el mismo tiene la mayor parte de culpa; por más que he trabajado en arreglar sus gentes para librarlo del peligro y aun librarnos todos, no se conseguía cosa de valor, y para que se desengañe mejor le recordaré una circunstancia muy necesaria, pues S. E. habrá visto que tuvimos una campaña algo larga y sin ningún programa, pues el Señor General dijo que no era preciso: que él peleaba por no cumplir las órdenes de Mitre y que no tenía más que respetar la orden de S. E. que no tenía otro jefe, y bajo esa inteligencia no firmaba ningún programa; razón que se ha perdido todo trabajo, y sólo, males se han visto en las provincias porque los porteñistas se han hecho peor que tigres y la humanidad perdida”.

Varela no cometería el error de Peñaloza. Las masas populares quizás no conocían, en profundidad, el alcance de este programa. Tal vez la proclama del 6 de diciembre contribuyó a hacerlo comprender; pero el Pueblo de interior provinciano, sabía que ese caudillo que cruzaba la cordillera, era uno de los suyos y estaba a su servicio.

Por ello el canto popular brotó de las bocas resecas, para ser legado a nuestra historia, e imponerse con la fuerza de la tradición revolucionaria. Cuyo recibió a las triunfadoras huestes gauchas del movimiento de Varela con este cantar:

Dicen que Varela viene

con su infantería riflera

a cortarle la otra oreja

a ese pilón de Paunero.


……………………….

Dicen que Varela viene

levantando polvareda

y don Juan viene detrás

como flor de primavera.

Dicen que Don Juan se viene

con toda la chilenada

empezaron los salvajes

a ganarse en la Rinconada.


Con ese cantar, surgido de las entrañas del pueblo oprimido, que veía su liberación en las montoneras, se inicia lo que los modernos investigadores del folklore nacional, como Olga Fernández Latour, denominan el “ciclo Varela”.

Sublevación en Mendoza

Es que el 9 de noviembre de 1866, se había sublevado en Mendoza, el contingente que debía ir al Paraguay, al mando del coronel Manuel Arias. No sólo se le habían plegado los gendarmes, sino fundamentalmente los presos políticos, encabezados por el coronel Carlos Juan Rodríguez y Pedro Viñas, arrestados días antes por participar en los planes revolucionarios, a los cuales se unen inmediatamente, los ciudadanos del “bajo pueblo”; no así los federales de primera clase, salvo los militares.

El Gobernador Melitón Arroyo, huyó ante el pronunciamiento, previa delegación del mando en el Comandante Irrazábal, que se encontraba en San Rafael, a quien encomienda su reposición.

Los “reaccionarios”, es decir los revolucionarios varelistas, encabezados por el coronel Juan de Dios Videla, nombran gobernador a uno de los suyos: Carlos Juan Rodríguez. La lucha organizada ha comenzado. Los jóvenes federales mendocinos, piden armas para “defender la Patria”.

Las calles de Mendoza ven cruzar con alegría a estos criollos que usan emblema punzó, se autodenominan federales y desconocen a la “autoridad” mitrista. “Usan la divisa de Rosas, la de la federación de Derqui”, dice un enemigo. Se ha producido la “revolución de los colorados”.

Revolución en San Juan y La Rioja

Varela que ha cruzado la cordillera por Coquimbo, venciendo el 2 de enero en Nacimientos a Linares, penetra en la Villa de Jáchal, San Juan, lugar en donde derrota a los mitristas de Coria. Las casas de barro coloniales, espaciadas entre sí, construidas sobre terreno ondulado, vibran ante los gritos de “Viva la Federación” que clamorean los montoneros. El 2 de febrero Varela manda al norte a su segundo Medina, y ese mismo día estalla la revolución en La Rioja.

El 5 de febrero de 1867 desde el Cuartel General en Marcha, de Punilla, los jefes de la revolución de las provincias de Cuyo, Carlos Juan Rodríguez y Felipe Saá, le escriben a Urquiza: “V. E. estará impuesto de los sucesos desarrollados en la Provincia de Mendoza desde la noche del 9 de noviembre del año próximo pasado y en virtud de los cuales fue derrocado el gobierno que allí regía, y el que desconociendo completamente las reglas republicanas democráticas, que garante la carta federal a todos los pueblos de la República, había convertido aquel localismo en un centro absolutista de exclusivismo y tiranía, atropellando la ley y ultrapasando todos los límites que le son permitidos a un gobierno que teniendo por regla la Constitución, obra tan solo bajo las inspiraciones del derecho y la justicia.

“El pueblo de Mendoza, Excmo. señor, comprendió de un modo maravilloso, que en ese movimiento se jugaban una vez más, no sólo sus derechos provinciales sino también los derechos todos de la República y plegándose a la idea del movimiento espontánea y generosamente, ayudó a la revolución en todo lo que era posible ayudarla poniéndose en armas y rechazando la intervención violenta e inautorizada que el Coronel de Olazábal traía a sus puertas….

“Encargados de transmitir a V. E. la voluntad de las masas y el grito unánime del Ejército, sólo esperamos que V. E. se digne impartirnos las órdenes (…)”.

Pero Urquiza no respondería a la revolución popular. Se encontraba ya totalmente entregado al sistema de dominación británico. Ya no era federal. Mucho menos sería montonero.

Fuente

Peña, R. O. y Duhalde. E. – Felipe Varela – Schapire editor – Buenos Aires (1975).

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Re: La Guerra del Paraguay, 1865-1870

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 11, 2013 8:41 am

Segunda Invasión de Felipe Varela
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Coronel Felipe Varela (1821-1870)

Varela no cuenta con el menor apoyo de Bolivia. Pero no se declara vencido. Aunque Dolores Díaz, la Tigra, no está con él, hay otros compañeros y compañeras en lucha. “Iban ya doce días que se mantenían con carne de asnos, y comenzaban ya a comerse una que otra mula que quedaba, cuando resolví abandonar esas regiones e irme sobre los enemigos en dirección a Salta. Así lo verifiqué, en efecto, marchando hacia los Molinos, donde me aguardaba una columna enemiga de 700 hombres de las dos armas, al mando del coronel Don José Frías.

Batalla de la Cuesta de Tacuil

“Mis soldados marchaban la mayor parte a pies o en burros, porque todas las caballadas del ejército habían perecido, como se ha dicho. Sin embargo, eligiendo lo mejor de la tropa, desplegué mi vanguardia compuesta de 250 hombres de las dos armas, al mando del coronel Don Sebastián Elizondo, en busca del enemigo.

“El 29 de agosto de 1867, avistaron mis soldados la columna de Frías en la Cuesta de Tacuil (Molinos), y a pesar de su doble número, cargaron sobre ella, exasperados por la larga serie de sufrimientos que habían pasado. Su excesiva intrepidez, su descomunal arrojo los llevó por el camino de la gloria, pues el enemigo fue completamente batido por ese puñado de valientes, no pudiendo hacer una persecución larga a los derrotados por hallarse de a pies.

“Esa acción fue para mi demasiado fecunda, no sólo por la grande influencia moral que daba a mis soldados de esas provincias, sino porque se consiguieron tomar algunos recursos de guerra al enemigo que aliviaron en mucho mi situación.

“Recibido que fue por mí, el parte de esta gloriosa jornada, continué con toda la columna mi marcha hacia Salta, con la resolución de apoderarme a toda costa de mi plaza”, decía Varela.

Desmoralizadas las tropas salteñas abandonaron todo intento de hostilidad. En la capital se organizó una resistencia, pero a pesar del heroísmo de sus defensores cedió la plaza al invasor, el 10 de octubre de 1867, desde entonces se canta en Salta esta “chilena”.

En las calles de Salta

se oyen los ayes,

porque Don Peque Frías

vendió los Valles.


¿Qué había ocurrido mientras tanto con el resto de los jefes montoneros? El 11 de setiembre de 1867, desde Valparaíso, Mariano de Sarratea le escribía al vicepresidente Paz: “…Olascoaga, Videla, Saá, y demás asilados argentinos traman una nueva invasión desde esta República a Mendoza y por lo que sabemos de sus planes y recursos si llega a efectuarse ha de ser de bastante consideración. Desde que tuve el primer anuncio, di algunos pasos que produjeron buenos resultados, pues conseguimos comprar a uno de los allegados de confianza de Videla, quien nos comunicó todo lo que hacen, que llega a su conocimiento.

“La derrota de Varela ha venido a desconcertar los planes de aquellos perversos; pero no creo que desistan de ellos, y si por desgracia nuestras armas sufriesen algún contraste en el Paraguay, tengo por seguro que habrían de volver a envolver en sangre y ruina a las provincias vecinas, y entonces temo que el incendio sería muy extenso.

“Medina el segundo jefe de Varela, ha llegado a Copiapó con un arreo de 400 vacas y jactándose de las atrocidades que ha cometido en suelo argentino. Medina fue dado de baja en el ejército de Chile, en el que era capitán, por borracho perdido y estaba en el Huazú de instructor de Guardias Nacionales cuando Varela lo contrató, haciéndole su segundo, con el grado de sargento mayor…”.

Los demás jefes de Varela se preparaban para unirse a los intentos de Varela, según lo advertía el “ilustre” y “honrado” empresario de minas Mariano de Sarratea.

José Posse escribía también a Marcos Paz, el 10 de setiembre de 1867: “Los ejércitos vencedores en San Ignacio y Pozo de Vargas, no pudieron ser licenciados; al contrario hubo necesidad de movilizar otras fuerzas en el norte, puesto que los montoneros de Felipe Varela dominaban la región de los Valles Calchaquies y amagaban el resto de las provincias de Salta y Jujuy. Era esta una guerra interminable, a la que no se le veía fin, todos los ejércitos y los mejores generales fracasaban ante la prodigiosa movilidad del imbatible montonero que se escapa del medio de los ejércitos como una sombra impalpable”.

Felipe Varela toma la ciudad de Salta

El caudillo catamarqueño avanza entonces hacia Salta. La toma de esta ciudad por la montonera de Varela, es uno de los acontecimientos que la historiografía oficial jamás ha “perdonado” al caudillo.

Sin embargo, a esa misma historiografía se le han escapado ciertos datos importantes. Por ejemplo, Atilio Cornejo, en un ensayo honesto, aunque confuso, sostiene: “Es que indudablemente, algunos amigos tenía Varela en Salta. Así resulta, por ejemplo, del sumario instruido por el Ayudante Mayor del Regimiento Nº 10 “Gorriti”, don Marcelino Sierra, por orden de su comandante D. Eugenio Figueroa, en San José de Metán el 2 de octubre de 1867, contra el alférez D. Cirilo Ríos, del que resulta que éste “dio vivas por repetidas ocasiones a Felipe Varela”, afirmando uno de los testigos que Ríos dijo: “Que viva Varela que dentro de treinta días verían lo poco que habían de valer todos, y que él era varelista”.

Varela aclara al respecto: “El día 9 del mismo octubre, a las diez de la mañana, tendí mi línea en los alrededores de la población y allí permanecí todo el día esperando que los del pueblo saliesen a atacarme afuera, a fin de evitar a los vecinos los desastres consiguientes. Pero como ya todo el día había aguardado en vano, al día siguiente (10 de octubre) muy de mañana, pasé al Gobernador de la Provincia la siguiente nota:

“Al Exmo. Señor Gobernador de la Provincia Don Sisto Obejero, Salta Octubre 10 de 1867 – Exmo. Señor: Debiendo a toda costa ocupar militarmente con mi ejército esa plaza, en servicio de la libertad de mi patria, y deseoso de evitar a esa población las desastrosas consecuencias de la guerra, tengo el honor de dirigir a V. E. la presente, con el objeto de manifestarle que, si tiene a bien ordenar en el término de dos horas, la deposición de las armas a sus órdenes, será garantida su persona y la de todos los suyos previniéndole que, en caso contrario, hago a V. E. responsable ante Dios y la Patria de los perjuicios consiguientes y de la sangre que se derrame en los momentos del combate. – Dios guarde a V. E. – Felipe Varela.

Antonio Esquivel Yañez, Ayudante Secretario en Campaña. Es copia. Esquivel Yañez”.

“Por conductos fidedignos supe que el Gobernador de la Provincia vacila en lo que debiera responderme, cuando se presentó a él el señor Don Nicanor Flores que se titulaba General Boliviano, ofreciendo responder con su vida de mi derrota y de mi cabeza.

“Fue entonces que recibí respuesta verbal del Jefe de la Plaza de Salta, diciéndome que, si yo tenía soldados, también los tenía él y cañones para defenderse. Llegado a mi conocimiento este mensaje impolítico, ordené en el acto batir marcha de ataque sobre la plaza. Y después de dos horas y media de un vivísimo fuego, quedó definido el combate por los míos, quedando yo dueño del campo. Como no pude permanecer en la Ciudad por más de una hora, porque se echaba sobre mí el general Navarro con una columna de dos mil quinientos hombres, en aquellos momentos, de agitación y de desorden en que mi ejército estaba algo desorganizado, no me fue posible saber a punto fijo el número de muertos en el combate, pero noté en mi columna al día siguiente una pérdida como de cincuenta individuos de tropa (…). Verdad es que yo tomé algunos pertrechos de guerra de artillería con que se defendieron en la plaza los 700 hombres que la guarnecían, algunos carros de munición para esta arma, y unos pocos vestuarios para la tropa”.

Después de la toma de Salta Varela continúa su marcha libertadora, que se hace, lamentablemente, cada vez más penosa.

Toma de Jujuy

El 13 de octubre de 1867 entra en Jujuy. Toma la ciudad. La recepción popular es tan emocionante como la de Salta una vez que la oligarquía es derrotada. Todos los antivarelistas han huido a los montes. No hay prácticamente combate.

El 17 el caudillo se retira de Jujuy. El 25, Guayama llega a Orán para aprovisionarse. Sus hombres están hambrientos y cansados. Pero no hay hacienda. La división tucumano-mitrista, en saqueo extremo, que es “olvidado” por los historiadores oficiales, se ha alzado con todo lo que allí existía. Tres días después, en Tilcara, los mitristas dispersan a un grupo de paisanos que trataban de plegarse a la montonera de Varela.

El cinco de noviembre, al llegar a Sococha, Varela pide asilo a las autoridades de Tupiza, Bolivia. La decisión es una prueba más de la serenidad del caudillo americano. Comprende claramente, ante la falta de víveres de sus hombres que la lucha ha de convertirse en una mera guerra de recursos. Precisamente es la experiencia adquirida junto al Chacho Peñaloza, la que le impulsa a adoptar tal decisión. Felipe Varela no llevará estérilmente a la muerte a sus hombres.

Es por eso que resuelve asilarse. El gobierno no pierde tiempo. Inicia los pasos tendientes a lograr la extradición del jefe revolucionario. Lo acusa de haber “saqueado Salta”, y trata de lograr, por lo menos, que se desarme a sus hombres y se remita al jefe.

Pero no logra ni lo uno ni lo otro. No se trata de un mérito de la cancillería de Melgarejo. Es por el contrario, el resultado del esfuerzo de la honradez de la montonera, que no se ha apoderado ni de alhajas ni de dinero –como acusan los calumniadores- y que sólo tiene en su poder tacuaras y cuchillos de monte.

El mitrismo respira. Varela en Bolivia equivale a Varela en la lejanía. El 8 de noviembre de aquel año, Santiago Alvarado, gobernador de Jujuy, quien había “observado” la toma de la ciudad desde sus afueras, le escribe a Bartolomé Mitre: “…Informado V. E. de la dura prueba por las que ha pasado esta provincia con motivo de la desastrosa invasión de Felipe Varela y sus hombres, que cual ejército de vándalos en completa desmoralización y sin elementos de guerra, se han enseñoreado en estas provincias teniendo a sus frentes las poderosas armas nacionales que por una aberración incomprensible fueron impotentes para destruirlo de un solo golpe no extrañará que ahora vaya yo a llamar su atención sobre el peligro que nos amenaza de una nueva invasión a esta provincia de la montonera refugiada en el sur de Bolivia, y de la parte que se ha recostado hacia Antofagasta. La conducta negligente de los jefes nacionales que han operado contra las hordas que devastaron estas provincias en la última campaña, no permite esperar que en una invasión tolerada y quizá protegida por el Presidente de Bolivia, pudiéramos salvar a favor del poder de que disponen esos jefes. La provincia tiene que atenerse y bastarse a si misma, fiada en el ardor y patriotismo de sus hijos, y en el apoyo directo que pueda recibir del Gobierno Nacional, por el auxilio de armas y recursos necesarios que les proporcione”.

El mitrismo provinciano, con su conciencia culpable, temía a Varela. Imploraba armas y dinero a sus amos porteñistas, porque sabía, precisamente, que el pueblo lo abandonaría, para plegarse a las filas patrióticas del caudillo de la Unión Americana.

La “barbarie” revolucionaria, con las vinchas y las tacuaras, hacía temblar una vez más, con su aliento de patria, a la “civilización de la libra”.

Fuente

Carrizo, Juan Alfonso – Cancionero popular de Salta

Peña, R. O. y Duhalde. E. – Felipe Varela – Schapire editor – Buenos Aires (1975).

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Re: La Guerra del Paraguay, 1865-1870

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 11, 2013 8:41 am

El destino montonero

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Coronel Felipe Varela (1821-1870)

Como consecuencia de la política mitrista de agresión, absolutamente impopular, el 26 de junio de 1865 el caudillo riojano Aurelio Zalazar, que acababa de llegar conjuntamente con Carlos Angel de Entre Ríos, subleva el contingente de Catuna, en la provincia de La Rioja. Los “reclutados no querían ir a luchar al Paraguay”. Poco le cuesta a Zalazar derrotar al jefe del contingente, al captor del Chacho, comandante Ricardo Vera, y desbandar sus hombres. Se forma así una montonera que operará en La Rioja y Córdoba.

Al caudillo Zalazar se le agregan Ascencio Rivadera y el contingente sublevado por él en Posta de Herrera, población también de la costa de Los Llanos, La Rioja.

Desde el ascenso de Mitre la montonera no ha dejado de inquietar en forma periódica a los oligarcas de Buenos Aires. Definida la lucha Urquiza-Mitre, pugna que se limita a un enfrentamiento por el Poder, Buenos Aires, con el triunfo de Mitre, abre totalmente las compuertas de su Aduana a la penetración mercantil británica, de sus finanzas a la Alta Banca, y de su economía a los ferrocarriles. Esa oligarquía sumisa sólo pide, en cambio, que le dejen engordar vacas y ovejas, para poderlas exportar al mercado británico.

Las provincias quedan así ahogadas por la entrega total que efectúa la minoría porteña. La lucha se centrará, fundamentalmente, entre las montoneras provincianas y la Aduana de Buenos Aires y sus beneficiarios: “… El general Mitre desfiguró la carta democrática (…) Esa reforma dio por fruto el regalo eterno de las rentas nacionales a la ciudad bonaerense, el despojo para siempre de los pobres provincianos, y aún algo más, el empeño de las desgraciadas provincias en más de cien millones, para sostener una guerra contra sus intereses”, sostenía Felipe Varela con razón.

De los mismos documentos mitristas emerge la cuestión nacional aduanera. En 29 de octubre de 1861, Mitre le escribía a Elizalde desde Rosario: “…Para hacerse cargo de la administración de la Aduana, considerándola no como conquista, sino como depósito nacional, era indispensable evitar dos peligros: 1º) Evitar incurrir en el error de una dictadura económica; 2º) Evitar que las Cámaras de Buenos Aires legislasen sobre ella, como si estuviésemos en los tiempos de D. Juan Manuel”. Lo que el gobierno británico buscaba a través de Mitre, era que la legislación aduanera funcionase sobre principios librecambistas con la subsecuente e implacable liquidación de la política económica proteccionista impuesta por Don Juan Manuel de Rosas con sentido nacional.

La Guerra del Paraguay era impopular, económica y patrióticamente. No era ni siquiera aceptable para los humildes integrantes de los contingentes, atraídos por la perspectiva de cobrar los sueldos prometidos y en verdad nunca pagados.

La rebeldía no sólo se manifestaba en el noroeste argentino, la zona más empobrecida del país. El 3 de julio de 1865, se produce en Basualdo, Entre Ríos, la sublevación y desbande de los hombres convocados por Urquiza. Los inspiradores son: Ricardo López Jordán y el edecán de Urquiza, Felipe Varela. Cuatro días después, Linares, jefe del noroeste, y Julio Campos, gobernador de La Rioja, ambos mitristas que buscaban por separado el aniquilamiento de las fuerzas de Zalazar, confundidos libran combate, en la noche, entre sí. Las montoneras actúan como guerrillas, atacan, dan el golpe y desaparecen, llevándose a sus muertos, propalando entre el pueblo sus ideales claros y patrióticos.

El 15 de julio, Campos derrota en Pango a la montonera de Zalazar en cruento y encarnizado combate. En la lucha, es herido de gravedad el jefe montonero de color Carmen Guevara, que dirigiera valientemente a sus hombres. Zalazar se retira hacia Córdoba, donde rehace a sus partidarios. El pueblo, a pesar de su pobreza, alimenta y ayuda a los montoneros. Las fuerzas de Zalazar aumentan con los jóvenes provincianos que se van agregando en cantidad.

Desbande de Toledo

El 8 de noviembre de 1865, se produce el nuevo desbande y sublevación de tropas entrerrianas en Toledo. La mayoría de los soldados desertó, retornando a sus hogares. Se comisionaron oficiales para que se dirijan a los distintos departamentos y se consiguió hacer volver a algunos. Quizás con el fin de probar su lealtad, Urquiza llamó a López Jordán, por entonces retirado en su estancia de Arroyo Grande y le encargó colaborar en la captura de desertores. Le dio órdenes precisas de identificar a los principales promotores de la sedición y mandarlos a San José donde se les formaría consejo de guerra. López Jordan sin embargo eludió cumplir la orden: mandó en lugar de los sediciosos a muchos que estaban presos por delitos comunes, acusándolos de promotores o instigadores de las deserciones. Al llegar a San José fueron juzgados y muchos condenados a muerte y fusilados.

Como dijera María Amalia Duarte: “Se comete con ellos la enormidad jurídica de ser juzgados por delitos ajenos a los propios”.

La indignación popular va en aumento. Sin embargo, el mismo día, Zalazar, que venía de ser derrotado por el comandante Irrazábal –asesino del Chacho- es capturado en Tasquina, mientras descansaba bajo unos árboles con veinte hombres, por una partida al mando de Vera.

Zalazar y su puñado de bravos son enviados a La Rioja, para ser juzgados como “criminales”. Simultáneamente, sus lugartenientes, los coroneles Juan Antonio Bamba y Jerónimo Agüero son asesinados. Zalazar permanecerá en la cárcel, hasta enero de 1867, en que escapará para unirse a Varela.

El movimiento de Zalazar era amplio y tendiente a tomar la provincia. La revolución había sido planeada en Concepción del Uruguay. Allí se habían reunido para prepararla, bajo la dirección de Saá y Varela, los montoneros M. Alvarez, Francisco Alvarez, Aurelio Zalazar y Carlos Angel.

Respondiendo al mismo plan, en noviembre de 1865, se subleva en Catamarca el contingente que debe ir al Paraguay. A fin de escarmentarlo, los servidores del mitrismo, sortean un soldado para ser fusilado. Javier Carrizo resulta ser el condenado por el malhadado destino. El contingente marcha desde allí engrillado hacia el Paraguay.

En febrero de 1870, volverá a ver su tierra, sólo la tercera parte de estos “voluntarios” catamarqueños, que fueron al Paraguay.

Soldados “voluntarios”

En cuanto a los riojanos enviados a luchar a los esteros paraguayos, nada mejor que reproducir el testimonio de Juan Esteban Elizondo, “guerrero al Paraguay, con pensión de 60 pesos y 80 años de edad en 1921”. Recordaba Elizondo: “Yo era de 20 años, estuve en San Juan y se ofreció llevar gente para la guerra del Paraguay que en ese tiempo estaba firme; vine a Los Llanos; también allí estaban tomando gente. Estuve muy pobre, sin camisa y nos empezaron a decir que nos presentemos, que no nos harían nada, y así que consentimos en presentarnos más de 600 hombres; estuvimos como una semana hasta que vino un Oficial y dio orden de formar. Así fue que cuando estuvimos formados empezó a recorrer las filas por medio y le dijo a algunos: Salgan al frente y los otros firmes. Los que quedaron firmes los armaron bien para que nos escolten y nos llevaron marchando a un lugar de Los Llanos llamado Salado; íbamos todos en burro, llegamos a Olta, encerramos los burros y nos guardamos en una huerta de higueras. Estuvimos como cuatro, o cinco días para esperar que se aprontaran los que iban a marchar con nosotros; luego cortaron una lonja de largo de una coyunta de los animales que iban matando para hacer colleros de cuatro. Con ellos nos amarraron a todos por la cintura; que el contingente que llevaron más seguro al que pertenecía yo y empezó el sufrimiento; nos llevaron a pie marchando, desde el Salado hasta Córdoba; a algunos se les hinchaban las piernas, y a otros se les hinchaba el estómago y pasaban a morir.

“Después nos encontraron carretas tiradas por bueyes, las llenaban de gente y nos despachaban al Rosario; en Las Tortugas había tren, nos embarcaron en los vagones y llegamos de noche al Rosario donde nos acamparon en un depósito de moler trigo; para el centro estaban los cuarteles llenos de gente; cuando fuimos nosotros, los que estaban allí los marcharon al Paraguay y nosotros ocupamos el Cuartel, ahí nos vistieron con el uniforme correspondiente porque hasta entonces íbamos con las ropas que salimos de Los Llanos.

“Algunos nos sacábamos las camisas y las cambiábamos por pan, íbamos en cuerpo, sin llevar ni un poncho, me acuerdo que la camisa que nos dieron en Los Llanos era de lienzo con puños azules y otro botón, de modo que se nos hizo tira y quedamos con las carnes limpias; de ahí vamos al cuartel, después de darnos los uniformes, nos hacen tartagonear, eso es medirnos el alto; los que éramos iguales íbamos a una compañía, los otros a otra, y así sucesivamente, todos descalzos y formaron cinco compañías; la primera que fue de los Granaderos eran unos soldados sumamente altos, y después nos llevaron a hacer ejercicios, tarde y mañana pero con buena ración, ya todos cargábamos cuchillos, estuvimos un tiempo y el sargento primero que era Agüero que se curó y dijo no iba a ir al Paraguay empezó a resistirse y se comenzó a convidar con la compañía a la que pertenecía a que se sublevasen pero no lo hizo porque lo descubrieron y lo engrillan, pero negaba de tornar y tenía plata (porque jugaba y le ganaba a los otros soldados).

“Llegó un día en que nos embarcaron para el Paraguay y como él se rebeló al llegar a Córdoba, cuando uno de los soldados gritó: “¡Vamos vendidos compañeros!” y aparte de los mismos, a pesar de ir acollarados, consiguió escapar, muriendo en el regreso a su provincia natal, presa de la fiebre amarilla”.

La revolución montonera comienza a extenderse avasalladoramente. El 20 de abril de 1866, desde la Villa de Jáchal, San Juan, el ex gobernador Juan Bernardo (“Berna”) Carrizo, atacó diversas poblaciones, entre ellas Ñoqueve y el Salado, La Rioja, pronunciándose contra el Gobierno, e incorporando a la policía de Los Llanos a su montonera. Perseguido por el comandante Vera, es capturado y fusilado. De nada vale el pedido de clemencia formulado al Gobernador Campos.

Por su parte, el 20 de octubre de 1866, es sofocada en San Juan la rebelión encabezada por el presbítero Emilio Castro Boedo, lúcida y activa cabeza provinciana, uno de los principales asesores de Felipe Varela.

Todas las provincias del noroeste argentino se sienten sacudidas y estimuladas por la heroicidad y audacia nativas. La montonera se mueve todavía en un plano de patriótica, pero absoluta espontaneidad. Será necesaria la elaboración de un maduro plan político para canalizar esa “reacción” de masas, que levanta el igualitario lema “Naides mas que naide”, verdadero desafío a la opresora política de clase inaugurada por la oligarquía porteñista.

Las economías provincianas, a las que estaba ligada la actividad de la montonera, se hallan desgastadas, con un mercado interno liquidado por el librecambismo mitrista, ante la falta de salida de su escasa producción por el litoral mesopotámico, y el fracaso de la tentativa de montar un ferrocarril nacional.

El Banco Nacional creó sucursales en las provincias en 1863. Las mismas abrieron cuentas corrientes solamente a propietarios de bienes raíces. La oligarquía porteña, iba creando así sus canales de comunicación financiera con sus congéneres, los terratenientes provincianos, y sometía de este modo los escasos recursos provinciales a un doble control económico y financiero regulado en última instancia, por Inglaterra, que así confirmaba al país de acuerdo a su política metropolitana.

La penetración bancaria y financiera arrancaba a las poblaciones de su estabilidad social y obligaba a los caudillos a acudir en defensa de ideales nacionales y americanos a la desigual lucha.

Sus pueblos cantarían, a los hombres que no habían podido escapar de las levas mitristas, y que morirían en los esteros paraguayos.

“En el Pueblo el Paraguay

quedaron los batallones

así quedaron difuntos”

A los que en montón y de a caballo cantaban:

“A la bandera de Mitre

a ella no me hei de rendir

Si viviera Peñaloza

por el sí he de morir”

Bien pronto Felipe Varela los plegaría a la guerra nacional contra el Imperio Británico y la servil clase ganadera que lo representaba, en el último y grandioso intento patriótico del interior mediterráneo y sus montoneras contra Buenos Aires.

Fuente

Duarte, María Amalia – Prisión, exilio y muerte de Ricardo López Jordán- Buenos Aires (1998).

Peña, R. O. y Duhalde. E. – Felipe Varela – Schapire editor – Buenos Aires (1975).

Salduna, Bernardo I. – La rebelión jordanista – Ed. Dunken, Buenos Aires (2005).

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Re: La Guerra del Paraguay, 1865-1870

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 11, 2013 8:41 am

Unión Americana

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Mausoleo que guarda la urna con los restos del coronel Felipe Varela, en el cementerio Municipal de Catamarca.

Felipe Varela, jefe de la montonera se presentaba a los combates como “representante de Sud América” y de la “Unión Americana”. Su lucha por la “América Unida”, por la “unidad del Sud del Nuevo Mundo”, no era una cuestión accidental.

La “Unión Americana” tenía un antecedente histórico remoto, en las tentativas de Bolívar y su Congreso de Panamá, y otro inmediato, la situación que en 1862, los hombres que promueven la “Unión Americana” anuncian irónicamente: “Civilizar al nuevo mundo. Magnífica empresa, misión cristiana, caridad imperial; para civilizar es necesario colonizar, y para colonizar, conquistar. La presa es grande. Dividamos la herencia. Hay para España las Antillas; para Inglaterra la zona del Amazonas, el Perú donde hay bastante algodón y alcohol, y Buenos Aires por sus lanas y cueros; para la Austria que agoniza, una promesa; para la Francia, México y el Uruguay. Después veremos lo que deba hacerse con nuestra vanguardia del Brasil y el Paraguay”. (1)

La “Unión Americana” es al principio sólo un sentimiento. Pero se institucionaliza, organizándose. Surge a raíz de los ataques de Francia a México, y específicamente, por la protesta del gobierno de Perú contra España, ante la invasión a Haití.

En Chile también se instala la “Unión Americana”, al principio en Valparaíso, el 17 de abril de 1862 y se propone los siguientes objetivos: “Compondrán la sociedad todos los interesados en el porvenir de las repúblicas americanas y en todos los principios en que se basó su independencia. Su objetivo principal será: 1º) Trabajar por la unificación del sentimiento americano y por la conservación y subsistencia de las ideas republicanas en América, por todos los medios a su alcance. 2º) promover y activar las relaciones de amistad entre todos los hombres pensadores y libres de la América republicana a fin de popularizar el pensamiento de la “Unión Americana” y acelerar su realización por medio de un congreso de plenipotenciarios”.

En Chile, en Santiago, Copiapó, La Serena, Quillota, y en el Perú, Bolivia, Uruguay y Buenos Aires, la “Unión Americana” instaló sedes inicialmente. Sería en la filial de Copiapó, que Felipe Varela se imbuiría de la doctrina de la Unión Americana, al ingresar a la agrupación revolucionaria continental.

“El Mensajero Franco-Americano”, había hecho referencia al tratado de alianza suscripto entre El Salvador, Bolivia, Colombia, Chile, Ecuador, Perú y Venezuela. Tratado estipulado por quince años, y que debía ser ratificado por plenipotenciarios en Lima, a los dos años. El Foreign Office temió la consolidación de la alianza. Cuando el Congreso se realizó, en la fecha prevista, en 1864, Sarmiento asistió invocando una confusa representación argentina. Reaccionaba, por su inveterado odio a todo lo español, contra el ataque de España al Perú. Pero no tardó en “comprender”, gracias a las cartas que le enviaran Elizalde y Mitre, que Inglaterra estaba detrás de España, y que por consiguiente, la Argentina no debía apoyar de ningún modo, ni al Perú ni al Congreso de Plenipotenciarios. Con lo que su aversión hacia España se extendía a la América Hispánica. Sarmiento, desmentido, abandonó el Congreso. “Usted parece haber olvidado –le escribió Mitre al sanjuanino- la historia del pretendido Congreso. Bolívar lo inventó para dominar a la América y el móvil egoísta que lo aconsejó mató la idea por cuarenta años”.

El ministro Elizalde le escribiría a Balcarce, el 23 de mayo de 1864, encargándole averiguar, “de una manera cierta qué haría Inglaterra”, “¿Nos dejará solos?”. Pero no quedarían solos……

S. M. Británica imponía, en total combinación con el gabinete de San Cristóbal, su férreo puño diplomático a la complaciente servidumbre mitrista.

Nada mejor, como prueba de este aserto, que leer la carta de Elizalde a Saraiva, del 11 de octubre de 1864: “… Nosotros, y con nosotros todo el país estamos íntimamente persuadidos que nuestra Alianza es la condición, no sólo de la solución de las dificultades presentes, sino del progreso y bienestar de los pueblos del Río de la Plata y del Brasil. Cultivo y cultivaré siempre con los Agentes del Gobierno Imperial las más íntimas y cordiales relaciones y les he transmitido cuanto creo útil y conveniente”. Meses después le reiterará: “Hoy es preciso ser más que aliados, es preciso ser hermanos; es preciso que argentinos, brasileños y orientales seamos una misma cosa. Nosotros vemos ya al Brasil como vemos a nuestro país y de esa gran idea nacen todos nuestros medios de proceder. Como hermanos pedimos al Gobierno Imperial lo que necesitamos y estamos dispuestos a dar cuanto tenemos…”.

Por eso, la “Unión Americana” encontraba que: “su tarea (…) queda reducida a tratar una sola cuestión, pero la más elevada, la más ardua, y compleja cuestión de oportunidad para la América en todo tiempo y hoy más que nunca: la de la “Unión de las naciones del continente”. La conclusión, altamente dolorosa a la que he de llegar, es que hemos ya pisado la era funesta de la reacción, en orden a Unión Americana, y que el Gobierno de Chile es el que se presenta con un valor bien poco envidiable por cierto, como el adalid de esa reacción. Si nuestro Gobierno tiene bastante entereza para combatir de frente la más cara aspiración de los americanos, es preciso que éstos, y principalmente los chilenos, la tengan también para poder dirigir a esa incalificable reacción. El indiferentismo, en estas circunstancias, sería un crimen, todavía mayor que la intentona proditoria, que vemos en plena campaña contra las tendencias. Clara y elocuente manifestadas, de nuestros pueblos (…) ¿Quién no ha oído preconizar esta grandiosa idea en todos los tonos, hasta el último diapasón del ditirambo? ¿Qué hombre público, de los que hoy figuran en América, si se exceptúa a ciertos corifeos de la República Argentina, no le ha vendido culto de un modo ferviente? ¿Cuántos no han enarbolado esa bandera para congraciarse con los pueblos y acaso para hacerse perdonar pasadas faltas? (2)

La “Unión Americana”, toma conciencia de que debe superar la balcanización efectuada por el Imperio Británico desde la época de Canning, porque: “Las secciones aisladas de la América, serán siempre entidades políticas insignificantes, incapaces de inspirar respeto a los que desprecian y conculcan las leyes de la moralidad, que unidos no formarán, es cierto, un poder muy fuerte, pero se bastarán a si mismos para la defensa de su autonomía e independencia”. (3)

Imbuido de estos principios, como caudillo de la Unión Americana, Varela sostendría, con elevada visión americana: “Los pueblos generosos de la América, como se ha dicho, acogieron llenos de entusiasmo la iniciación de esa grande idea, porque ella es el escudo de la garantía de su orden social, de sus derechos adquiridos con su sangre”.

Pero así como el Congreso de Panamá convocado por Bolívar en defensa americana frente a los intentos de la Santa Alianza, fracasaría por la acción entorpecedora británica, ejercida a través de Mr. Dawking, la “Unión Americana”, tampoco tendría éxito, merced a la acción destructiva de la diplomacia de Su Majestad.

Referencias

(1) Francisco Bilbao, “La América en peligro”, 1862.

(2) Marcial Martínez, La Unión Americana, Santiago (1869).

(3) Idem anterior.

Fuente

Peña, R. O. y Duhalde. E. – Felipe Varela – Schapire editor – Buenos Aires (1975).

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Re: La Guerra del Paraguay, 1865-1870

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 11, 2013 8:42 am

Los montoneros nacionales

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El 4 de setiembre de 1866, Juan Bautista Alberdi, desde su residencia europea le escribía al paraguayo Gregorio Benítez: “El movimiento de las provincias argentinas parece ir más vivo y general de lo que me creí, y algunas cartas de Chile, contienen signos de que algo hace allí de conexo con esos movimientos”. La revolución superaba lo previsto por el ideólogo.

El 14 de julio de 1866, Simón Luengo, “uno de los más audaces, activos y tozudos lugarteniente del Chacho”, promotor de la revolución cordobesa de 1860 contra Mariano Fragueiro –gobernador mal visto por los federales- y de la del 63 contra el Gral. Posse, encabeza el pronunciamiento montonero de Córdoba. Toman los revolucionarios el gobierno, y Luengo es designado Comandante General de Armas. Luque es gobernador. La primera medida de Luengo fue enviar un emisario a Urquiza, pero el entrerriano desautorizó el pronunciamiento.

Carlos J. Rodríguez, a quien la revolución de Mendoza ha designado gobernador, es amigo de Simón Luengo. Nacido en San Luis en 1831, pasa al tiempo a Chile, en donde se recibe de abogado. Secretario de Pablo Lucero, gobernador de San Luis, lo acompaña durante la firma del Acuerdo de San Nicolás. En 1857 es consejero de gobierno de aquella provincia, y juez en lo civil. En 1858 asciende a presidente del Supremo Tribunal de Justicia. Un año después ocupa el ministerio general. Al ser vencida la revolución varelista, es desterrado a Chile hasta 1878, año en que regresa a San Luis y abre su estudio jurídico. En 1880 es designado nuevamente Presidente del Superior Tribunal de Justicia, muriendo en 1892.

Para estos hombres, la “Carta de la Hacienda de Figueroa”, sería el programa político objetivo, no consciente, aunque en algunos casos era considerada explícitamente como tal. Así por ejemplo, en plena revolución montonera, Juan Manuel de Rosas le escribe a Josefa Gómez: “…Nuestro fiel y digno amigo, el Señor José María Roxas y Patrón, me ha escrito haberle dicho nuestro fiel y antiguo amigo el Señor Coronel Durán “que cuanto había pasado, estaba pasando y vendría, estaba predicho en la arenga de Su Excelencia el Señor General Rosas al recibirse del mando, y en la carta al Señor General Quiroga”.

El “Sistema Americano” incluido como programa concreto en la política de Rosas, sería asumido por los integrantes de la “Unión Americana”. Al respecto, el 6 de enero de 1863, Juan Bautista Alberdi, le escribía a Juan María Gutiérrez: “… Mil y mil gracias por el nuevo documento argentino sobre el tratado dicho continental, que según la letra del sobre, veo que han agravado la mala posición del ministro peruano más que lo que se lo figura él, por el halago de las concesiones banales, que el gobierno argentino ha tenido que hacer a los resabios del americanismo de Rosas: americanismo, de simple táctica, con el cual no está de acuerdo el mismo Rosas hoy día. No importa nada esas concesiones; el gobierno ha triunfado en el hecho de que de quedarse abstinente y ajeno a esa liga imprudente, inútil y ridícula”.

A diferencia de Alberdi, alejado de su patria y carente de perspectiva, los hombres nacionales de Buenos Aires no permanecían ajenos al movimiento. El periódico “La Estafeta”, publicación comercial y de “avisos”, cambia su nombre por el de: “La Unión Americana”. Su director es Wenceslao de Lafforest, y su propietario el Sr. Borel. En el editorial del primer número sostenían: “La Unión Americana expresa en sus dos palabras todo un pensamiento y ese pensamiento encierra en sí el más bello propósito que unos verdaderos republicanos hayan podido concebir. La Unión Americana es en sí un programa y en ella como ya lo tenemos anunciado, hablaremos al pueblo un lenguaje franco y sin rodeos, verdadera expresión de hombres que miran como primer y santo deber: la dicha y gloria del país, y el triunfo de los principios Republicanos”.

Cuatro meses después, se producía el pronunciamiento “revolucionario” en Buenos Aires, de Eduardo Conesa y su grupo, que acabaría rápidamente con la detención de los complotados. Si bien no pertenecían al mismo los hombres de la “Unión Americana”, ya que se trataba de una “revolución” incitada por Urquiza, en la proclama publicada por “El Inválido Argentino”, del 10 de febrero de 1867, decían los hombres de Conesa: “… Alzamos pues nuestras armas contra el Gobierno de los Mitre, los Paz, los Elizaldes, los Rawson, los Alsina y otras raquíticas entidades, porque en ellos vemos representada la tiranía que rechazamos, la traición a la Patria, la infamia, la degradación y la negación absoluta de todo lo que constituye nuestra personalidad política”.

Los montoneros provincianos y los intelectuales nacionales, todos coincidían en uno de los principios fundamentales de la “Unión Americana”: predicar la necesaria alianza con el Paraguay. También en esto el pensamiento de Rosas resultaba aleccionador. El 5 de agosto de 1868, Juan Manuel le escribía a Josefa Gómez: “… Siempre creí acabaríamos por la alianza natural con los paraguayos”.

Todos estos principios se difundirían de hecho merced a Varela y sus hombres. El historiador prusiano Schneider, diría por ello con acierto: “El General Varela era el alma de todas las revoluciones”.

Y con Felipe Varela, un conjunto de valientes con sentido americano, entre los cuales se destacaba el montonero Francisco Clavero.

Fuente

Peña, R. O. y Duhalde. E. – Felipe Varela – Schapire editor – Buenos Aires (1975).

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Re: La Guerra del Paraguay, 1865-1870

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 11, 2013 8:42 am

Entrada de los brasileños en Asunción
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El 1º de enero de 1869 entraron los brasileños en Asunción, entregándose enseguida al más desenfrenado saqueo. La ciudad se llenó en pocos días de una enorme y abigarrada población, que hablaba en sus calles todos los idiomas y dialectos. Las casas particulares eran tomadas por asalto y arrendadas por el primer atrevido que se improvisaba propietario, cobrando sufridos alquileres adelantados por trimestre y semestre enteros. Se improvisaron hoteles, posadas, restaurantes, establecimientos de diversiones, bailes públicos, tiendas, almacenes, confiterías que se sostenían con ventajas costeados por 30.000 soldados aliados e innumerables turistas, especuladores y curiosos que afluían febriles a visitar las ruinas de la vencida, pero hasta hace poco poderosa nación.

Entraban en las casas, desaforados, corriendo para aventajar a sus propios compañeros y asegurarse la parte del botín más suculenta. Es increíble cómo el esfuerzo de decenas y centenares de años puede desaparecer en tan sólo unas pocas horas.

Conforme avanzaba el día, las calles se poblaron de muebles que eran dejados a la intemperie mientras las casas ardían en llamas. A la tarde, por el río Paraguay aparecen los barcos despachados desde Argentina, que vienen a comprar las mercaderías. Los soldados se apelotonan en los muelles para cambiar el fruto de su saqueo por oro, y hay discusiones y empellones. Los barcos no se retiran, quedan anclados allí, a la espera de más carroña; y los soldados continúan con su fatal tarea. A la noche, los fuegos de los barrios conflagrados se elevan hasta iluminar las densas nubes negras del cielo. Los hombres esconden los botines donde pueden y sus alforjas, sus mantos, el interior de sus botas y cascos están rebosantes de oro, plata y metal. Al día siguiente avanzan hacia otra zona de la ciudad y a la noche también la incendian. Ya han desguazado las dependencias oficiales, las embajadas (1), las casas ricas y también las pobres. Es entonces cuando empiezan a volver los refugiados.
Son en su mayoría mujeres y muchachas jóvenes, o niños a quienes todos ignoran. Los varones ya han muerto, allá en los campos de la guerra, y en la ciudad sólo quedan los más indefensos. Y las mujeres vuelven porque los vientres de sus hijos claman comida y porque imaginan que quizás puedan encontrar algún refugio. Pero los invasores se abalanzan sobre ellas y las golpean, en plena calle les rasgan las ropas y las manosean. Comienzan a violarlas, una y otra vez, poniéndose en filas de a diez o veinte o treinta para atenderse con una sola muchacha. Los gritos desesperados de las víctimas se escuchan por toda la ciudad y no hay rincón o zaguán de Asunción donde una mujer no esté siendo vejada. Las que intentan una resistencia son degolladas allí mismo.
No se detienen cuando llega la noche, tampoco lo hacen al llegar el siguiente día. Sólo las dejan en paz cuando ellas, agotada ya su fuerza vital e incapaces de resistir más tiempo, abandonan la vida con una mueca de desprecio en la cara.

Y entonces se aviva de nuevo la sed del oro y los oficiales miran con avaricia los cementerios de Asunción. Bajo sus órdenes, los soldados desentierran a todos. A los que tienen algún anillo o cadena, se la despojan sin respeto. Al resto, los dejan tirados por doquier; huesos y más huesos apilados en donde sea, muertos sin descanso que se calientan bajo el sol.

El propio ministro brasileño en Asunción, José da Silva Paranhos, que más tarde recibió el título de Vizconde de Río Branco, se apoderó del inmenso tesoro de los Archivos Nacionales del Paraguay que, después de su muerte, donó a la Biblioteca Nacional de Río de Janeiro, el catálogo de la colección Río Branco, que contiene los archivos públicos del Paraguay tomados al final de la guerra, se compone de mil páginas divididas en dos tomos. La colección consta de cincuenta mil documentos sobre la historia primitiva del Paraguay, la infiltración portuguesa, las cuestiones de los límites y las fechas y los hechos sobre la historia del Río de la Plata. Contendría además el acta de la Fundación de la Ciudad de Asunción en 1537 y todos los archivos de las Misiones Jesuíticas con las primera carta geográfica del Paraguay, establecida antes de 1800 por el célebre geógrafo español Félix de Azara.

Durante tres días la ciudad fue robada por las huestes imperiales, que no perdonaron los templos, ni las tumbas, en su bárbaro afán de acrecentar su botín. El mismo almirante Delfino de Carvallo –barón del Pasaje- dirigía el pillaje acumulando en las cubiertas de sus naves los pianos y muebles finos que adornaban las viviendas aristocráticas paraguayas. Y cuando ya no hubo nada importante que robar, se llevaron hasta las puertas, ventanas y mármoles del palacio de López (2) y de muchas casas y edificios públicos. En una palabra, Asunción, al decir del general Garmendia, “sufrió la suerte del vencido de lejanos tiempos, entrando en ella a saco el vencedor”.

Muchos niños fueron arrancados de los brazos de sus madres para terminar, vendidos como esclavos, en las plantaciones del Brasil. Todo el mundo corre por su vida, y la capital paraguaya, otrora populosa, queda desierta. “La urbe causaba lástima verla desprovista por completo de ser humano”, cuenta el coronel brasileño José Luis Da Silva.

El Archivo Nacional del Paraguay, con siglos de historia adentro, arde en llamas. “El Paraguayo” de Asunción, en su edición del 10 de octubre de 1945, recordaba de esta manera la quema y el saqueo de tan vitales documentaciones. “Los archivos del Paraguay fueron saqueados por los invasores durante la Guerra de la Triple Alianza. Muchos documentos nos faltan, inclusive para reconstruir nuestra historia, y podemos afirmar que al despojarse nuestro Archivo se seleccionaron todos aquellos documentos que podían comprometer la versión histórica que se fraguaba para quitarnos toda esperanza de reivindicación”.

Al igual que la sede del Archivo, las casas y edificios públicos también son saqueados, uno por uno, con esmero y sin apuro. “Los oficiales se sirvieron de las casas y de las cosas” apunta el mencionado coronel brasileño.

El ejército argentino acampó a cinco kilómetros de la ciudad, en Trinidad. Y para ser digno de su aliado, convirtió en caballeriza el templo de aquel pueblo, armando un establo sobre la misma tumba de Carlos Antonio López. Pronto la lápida desapareció bajo la bosta de los briosos corceles de la oficialidad, sustituyendo el ruido de los relinchos a las voces del órgano y a las oraciones de los creyentes.

Tal como “en los lejanos tiempos” en que Asia extendió su barbarie, como sangrienta mortaja, sobre la Europa agonizante. Entrar a saco y convertir las iglesias cristianas en estercolero era el gran placer de los hombres del Norte. Y no otro era el deleite de aquellos terribles guerreros, a cuyo paso se estremecía la tierra, acaudillados por el Azote de Dios.

La historia se repite. El hombre está dentro de los hombres. La humanidad avanza, pero aún no ha acabado de salir de la caverna. La ferocidad bulle en las profundidades del instinto, y hay momentos en que salta a la superficie la fiera que hace siglos se agazapa, dominada, pero no vencida.

Es así como pueblos que se decían cristianos y hombres que invocaban sentimientos altruistas de humanidad, cayeron en el crimen, reproduciendo, por un movimiento ancestral de la ingénita barbarie, actos que repugnan a nuestra conciencia y que parecían ya alejados de la historia. Y todo aquello no era nada todavía. La guerra recién iba a entrar en un período realmente salvaje.

Entre tanto, el mariscal López se disponía a reanudar la resistencia. Cuando volvió a ocupar su antiguo campamento de Cerro León, después de la última derrota, no disponía de más fuerza que la de su voluntad omnipotente. Todo el poder defensivo paraguayo se reconcentraba en su persona, fortaleza moral más temible que los muros artillados de Humaitá. Inútilmente el duque de Caxías dio por terminada la guerra.

Los veinte mil soldados victoriosos, atrincherados en Asunción, sabían muy bien que mientras se mantuviese en pie el presidente paraguayo la lucha no estaba terminada.

Cuando el conde D’Eu, que vino a reemplazar al duque de Caixas, llegó a Asunción se encontró con una gran desmoralización de las tropas aliadas. El solemne Te Deum mandado cantar por Caixas, festejando la terminación de la guerra, había caído en un inmenso ridículo. El desaliento era general.

Ningún jefe brasileño había querido tomar sobre sí la responsabilidad de una sola iniciativa. Y, entre tanto, López crecía a la distancia. De un momento a otro se esperaba una sorpresa, creyéndosele capaz de sacar recursos de la nada. Y Allí Juan Bautista Alberdi tuvo tiempo de decir en Europa que en aquellos momentos el Paraguay tenía su “segundo y más poderoso ejército en lo que se llaman sus montañas. Son los Andes –agregaba- del nuevo Chacabuco y del nuevo San Martín, contra los nuevos Borbones de América”.

En la batalla de las Lomas Valentinas habían peleado los inválidos y los niños, cargando los cañones con pedazos de piedra y hasta con tierra. Tres meses después de esa derrota Paraguay volvía a tener un ejército de trece mil hombres, relativamente bien armados y equipados.

Los heridos de la última batalla se lanzaron por centenares al inmenso estero de Ypecuá, cruzándolo, con el agua al cuello, durante tres días, sin comer, e incorporándose a Solano López en Cerro León. Y todos los que aún podían andar o cargar un fusil, acudieron, presurosos, desde los últimos confines de la república, para rodear al héroe desgraciado que sostenía la bandera paraguaya.

Se recogen armas abandonadas en los campos de batalla, se monta otro arsenal, se funde hierro, se taladran cañones, se fabrica pólvora y papel, se edita un periódico, vuelven a funcionar las escuelas, rige la ley de enseñanza primaria obligatoria, los niños soldados asisten a clases. Y la fundición de Ybycuí y el arsenal de Caacupé trabajaron sin descanso para armar a aquel extraño ejército, aprovechando la escandalosa indecisión del más que prudente vencedor. Pese a haber caído Asunción, la guerra aún no había terminado.

Referencias

(1) El 22 de febrero de 1869, a las 16hs Francisco Solano López emite un bando ordenando la evacuación de Asunción, fue entonces que todas las familias asunceñas que aún poseían algunas alhajas y dinero metálico, corrieron a depositarlas en la legación de los Estados Unidos de Norte América, a cargo del ministro Carlos A. Washburn así como en los consulados de Francia e Italia.

(2) El Palacio de los López es la sede del gobierno de la República del Paraguay, ya que ahí se encuentra el despacho oficial del presidente de la República. Es uno de los edificios más hermosos y emblemáticos de la capital paraguaya, Asunción. Su ubicación es en la calle Paraguayo Independiente, entre Ayolas (antes del Paraná) y O’Leary (antes Paso de Patria). Ubicado en el centro de Asunción, mirando a la bahía, este edificio fue construido por orden del presidente Carlos Antonio López, para que sirva de residencia para su hijo, el General Francisco Solano López, de ahí el hecho de que el nombre del edificio sea “Palacio de los López”. Sus obras empezaron en 1857 bajo la dirección del arquitecto inglés Alonso Taylor.
En la primera mitad del siglo XIX, Lázaro Rojas regaló a su ahijado de bautismo Francisco López el predio donde está asentado el palacio. Tras lsus célebres viajes de por Europa, Francisco Solano se trajo consigo varios arquitectos e ingenieros, que ayudaron a desarrollar obras de progreso en el país. Por orden de Carlos Antonio López, presidente de la República desde 1842, una de dichas obras era la residencia de su hijo. La construcción, planificada por el húngaro Francisco Wisner, se inició dirigida por el arquitecto inglés Alonso Taylor en 1857.

Los materiales para la construcción del palacio venían de varios lugares del interior del país, piedras de las canteras de Emboscada y Altos, maderas y obrajes de Ñeembucú y Yaguarón, ladrillos de Tacumbú, piezas de hierro fundidas en Ybycuí, etc.
Diversos artistas europeos vinieron al Paraguay para encargarse de la decoración del edificio. Artistas como el ingeniero inglés Owen Mognihan que se encargó de esculpir las figuras necesarias para crear un ambiente palaciego, el italiano Andrés Antonini que llegó al Paraguay exclusivamente para diseñar y establecer la escalera de mármol del Palacio que comunica a la segunda planta, el pintor Julio Monet, francés, que pintó el cielo raso con decoraciones florales y figuras.
Para 1867, época de la Guerra de la Triple Alianza, el Palacio de los López estaba casi terminado, aunque faltaban detalles de acabado para su conclusión. La ornamentación era de estatuillas de bronce y muebles importados de París, y grandes y decorados espejos para los salones del Palacio. Durante los siete años que los brasileños ocuparon Asunción, el Palacio sirvió como cuartel de sus fuerzas. Después de que éstas lo abandonaron, el edificio quedó en estado de abandono. Fue durante el gobierno de Juan Alberto González que se iniciaron las grandes obras de restauración del Palacio, que duraron solamente dos años. El edificio terminó recuperando su antigua gloria.

Fuente

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado

Estragó, Margarita Durán – Homenaje al pueblo de Patiño, en el centenario de su fundación (1909- 2009)

O’Leary,Juan E. – El mariscal Solano López

Rivarola Matto, J. Bautista – Diagonal de sangre: la historia y sus alternativas en la Guerra del Paraguay.

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Re: La Guerra del Paraguay, 1865-1870

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 11, 2013 8:42 am

Ultimos días de Felipe Varela

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Coronel Felipe Varela (1819-1870)

El 7 de abril de 1869, Félix Frías le escribe a Mariano Varela, canciller de Sarmiento, informándole que Felipe Varela “se le acaba de presentar” en Santiago de Chile. Frías está a cargo de la legación argentina, pues ha reemplazado a Sarratea, y según reza su carta, Varela le ha sostenido que él no ha hostilizado al Gobierno de Sarmiento, que quería vivir tranquilo en su país, y servir al gobierno. Frías agrega que Rodríguez, secretario del caudillo, le ha insistido en lo mismo. En la conversación, Varela le habría recordado –siempre de acuerdo a la versión de Frías- que él también había servido con Lavalle contra Rosas.

Sin embargo Frías, hábil distorsionador de verdades, no deja de señalar que la llegada de Varela a Santiago “no ha sido espontánea”. El ministro chileno Amunátegui, sabiendo que Varela preparaba algo en Copiapó lo ha hecho bajar a Valparaíso, y de allí a Santiago. También Juan Saá, que se encontraba en Rancagua, ha debido trasladarse, obligado por un gobierno que ya no está al servicio de los “rotos”, sino de Gran Bretaña.

Frías sabe perfectamente, al igual que Sarmiento, que Varela está preparando una nueva invasión. El 15 de abril de 1869, el Gobernador de La Rioja le escribirá al Gral. Navarro: “…existe la amenaza de que Varela invada la frontera del Oeste”, advirtiéndole que la noticia la ha recibido del cónsul argentino en Copiapó.

Como Frías está al tanto del nuevo plan de invasión que se prepara, hace saber al canciller, que cumpliendo sus instrucciones, está acelerando las gestiones tendientes a firmar un Tratado de extradición con Chile que permita llevar al montonero a las cárceles o conducirlo seguramente a la muerte porteñista.

El 9 de junio el diligente Frías, que hace méritos, vuelve a escribirle al ministro haciéndole saber esta vez, que continúa ocupándose del Tratado, el cual se va convirtiendo en una cuestión de capitalísima importancia para el régimen de Buenos Aires.

Al poco tiempo, Frías, en “plena negociación” requiere del gobierno argentino, que no se apresure a juzgar la actitud del gobierno de Chile, aparentemente favorable a la invasión de Varela. El 1º de noviembre del mismo año, Frías manifiesta que existe peligro de que Varela se apropie del ganado de la cordillera. Pero, “como está enfermo”, le “resultará difícil hacerlo”. Informa también que Taboada, “ha llamado a Varela”, pero agrega que éste no irá.

El 28 de diciembre, Frías confidencialmente notifica a Buenos Aires que ha recibido noticias del cónsul argentino de Copiapó –que vigila atentamente al montonero- de que éste se ha escrito con “un amigo de negocios no de opinión”. La correspondencia de Varela es interceptada por manos sarmientinas, y todos sus movimientos cuidadosamente observados.

Una semana después, la República de Chile y la Argentina de Sarmiento, suscriben el Tratado de Extradición. En esa fecha, Frías vuelve a escribirle al ministro Varela y le dice: “Por lo que hace a los refugiados argentinos entiendo que no irán a perturbar la paz de las provincias de Cuyo. Ya vio usted la carta del urquizano Varela. El y sus compañeros comprenden que el tratado de extradición les está destinado, y que no podrán usar como antes del asilo, si vuelven a la pasada vida del vandalismo”. El tratado de extradición fue preparado al solo efecto de lograr la de Varela y sus hombres. Abyecto origen de una “institución” jurídica, que prueba terminantemente el peligro que el gran caudillo del interior significaba –aun enfermo y en retirada- para la oligarquía porteño-provinciana.

El 16 de mayo de 1870, Frías le avisa al canciller: “El principal de estos malvados, Varela, está gravemente enfermo, y de él nada hay ya que temer”. En la misma carta, Frías informa, sorprendido, que el Tratado de extradición no puede ser aplicado a Juan Saá, porque “el mismo no rige en caso de tratarse de delitos políticos”. La maniobra “jurídico-represiva” había fracasado. Los montoneros no son delincuentes, como pretenden los juristas del régimen.

A los pocos días, Frías, que ha recibido nuevos informes del cónsul argentino en Copiapó Belisario López, hace saber a la cancillería que Felipe Varela está grave. “En el último período de tisis”, según ha aclarado el propio médico de Varela. Frías anticipa que Varela vivirá pocos meses y para tranquilizar su conciencia servil y la de los sarmientistas de Buenos Aires, agrega que “Felipe Varela pidió limosna y está arrepentido”.

El 12 de junio de 1870, Frías escribe: “En carta del 5 de este mes, de Copiapó; anuncia nuestro Cónsul el S. Dn. Belisario López, la muerte de Felipe Varela, ocurrida el día anterior en Nantoco, lugar distante a cuatro leguas de esa ciudad”. Frías acota en su carta que el caudillo “muere en la miseria”, “legando a su familia que vive en Guandacol, La Rioja, sólo sus fatales antecedentes”.

Pobre muere, efectivamente, el montonero, en esa fría mañana andina del 4 de junio de 1870.

El 20 de mayo de 1869, Varela había escrito a su esposa “…Javierito –su hijo- se ocupe de algo, que no ande de balde, que se ocupe de sembrar trigo, todo lo que pueda; al año irá (a Catamarca) a un colegio para que se forme hombre; mis circunstancias no me han permitido hasta hoy (…)”. Su hijo se haría hombre, en un país detenido en su crecimiento nacional por la penetración imperialista. Poco antes del encumbramiento definitivo como clase directora antinacional, dueña ahora del poder económico, militar y político la oligarquía se vería obligada a luchar contra los últimos focos del federalismo.

En la misma carta en que Frías avisaba de la muerte del jefe montonero, el encargado de la Legación, advertía que López Jordán había escrito a los exiliados en Chile, pidiéndoles apoyo para su pronunciamiento.

El litoral mesopotámico se rebelaba. Urquiza ya no contaría como freno de la revolución. Pero era tarde. El interior provinciano estaba agotado, había dado el máximo de sí, y no podría contribuir al plan revolucionario. La postrer tentativa de López Jordán apuntaba a un fracaso seguro.

Cuatro días después de la muerte de Felipe Varela, el 8 de junio de 1870, el cuerpo del montonero era sepultado en el cementerio de Tierra Amarilla, aldea del departamento d Copiapó actual provincia de Atacama, Chile, a orillas del río Copiapó.

Esa aldehuela de menos de mil habitantes, que vivía magramente de la explotación minera, contempló en medio de melancólico silencio, cómo los últimos montoneros del noroeste argentino, hermanos del sufrimiento y de raza, despedían a su última morada, fuera de la patria a la que tanto amara, y por la que tanto luchara con sus hombres, al último gran caudillo argentino del interior provinciano. La modesta sepultura había sido costeada por los humildes moradores del lugar. Y este último homenaje del pueblo simbolizaba el fin de la Patria Grande y de la Unión Americana.

“Varela, Saá, Solano López, son las fuerzas íntimas del alma vieja de la América”, había dicho Sarmiento con justeza, aunque contraponiéndolas, despreciativamente, a las “potencias” de la civilización colonialista.

Solano López yacía muerto con su patria, en suelo guaraní, luego de haberse batido heroicamente. Mariano Melgarejo, quebrado por la diplomacia brasileña, sería derrotado y derribado en ese mismo año. Bolivia perdería al poco tiempo sus riquezas mineras y su salida al mar. El Perú y Chile no tardarían en enfrentarse en la Guerra del Pacífico, víctimas de las maniobras europeas. México, empobrecido y desgastado, sería convertido en un apéndice de EE.UU. El Uruguay sería la Suiza colonial americana. El Brasil quedaría sumido en una pavorosa crisis financiera, de la cual se recuperaría recién hacia la mitad del siglo siguiente. La Argentina, “hablaría inglés” por muchos años, para desgracia de nuestro destino histórico. La América Hispánica, balcanizada, desmembrada por Europa, EE.UU. y sus oligarquías vasallas estaba ahora atada al más sangriento sistema colonizador que haya jamás conocido la historia de la humanidad.

La Unión Americana desaparecía, para ser reemplazada, en el siglo que advenía, por una mentida “Unión Panamericana”, u “Organización de Estados Americanos”, directamente al servicio del imperialismo yanqui.

Cuando los restos de Varela se unían para siempre con su Tierra americana, el Ferrocarril Central Argentino, para satisfacción de los accionistas británicos, ligaba Rosario con Córdoba, postergando por más de un siglo el desarrollo industrial del interior provinciano.

El mismo día en que la locomotora del primer tren llegaba a Córdoba, y que el Arzobispo de esa ciudad, bendecía a través del telégrafo –instalado por los británicos- a toda la Nación, la Unión Americana se desvanecían entre los grandes lutos de la historia inconclusa de América.

“La Nación” de los Mitre, en su Nº 129, del 12 de junio de 1870, informaba: “San Juan – Muerte de Felipe Varela (…) Según colega que estos meses han muerto López, Urquiza y Varela”. Pero en la palabra “celebridad” –escapada a la sagacidad del periodista- se decía una trágica verdad.

El gran silencio alrededor de los verdaderos héroes nacionales descendía sobre los Valles, desde la Cordillera hasta los Llanos, amortajando junto con los ponchos punzó al viento de los últimos montoneros exterminados por el “progreso”, la memoria de los grandes caudillos americanos.

Felipe Varela, sin embargo, no había muerto para su pueblo. Como Güemes, Bustos, Dorrego, Rosas, Ibarra, Quiroga, Aldao, El Chacho, López, y todos los jefes federales, viviría en el recuerdo revolucionario de sus masas nacionales.

De un pueblo que hoy, como siempre, le rinde justicia histórica, y los eleva a la categoría de símbolos de la emancipación nacional y latinoamericana.

Fuente

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado.

Peña, R. O. y Duhalde. E. – Felipe Varela – Schapire editor – Buenos Aires (1975).

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Esteban McLaren
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Re: La Guerra del Paraguay, 1865-1870

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 11, 2013 8:43 am

ANIVERSARIO DE LA BATALLA DE ITÁ-IBATÉ
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El 27 de diciembre de 1868 se produce la batalla de Itá-Ibaté. El ejército aliado a las órdenes del General brasileño Duque de Caxias ataca a unos 2.000 paraguayos en Itá-Ibaté. Las fuerzas argentinas estaban comandadas por el General Juan A. Gelly y Obes. Estas fuerzas fueron las primeras en iniciar el asalto y ocupar la plaza, haciendo flamear la bandera celeste y blanca en las defensas. La resistencia paraguaya fue como siempre, dura y sin querer rendirse. El Mariscal López, presidente vitalicio y dictador del Paraguay, se escapó en dirección a Cerro León con unos 100 hombres. Después de esta batalla el poder de López comenzó su desmoronamiento.

A las 6 de la mañana del 27 de diciembre se reinició el bombardeo y se inició el asalto definitivo, esta vez llevado a cabo por las fuerzas argentinas que cruzaron el Pykysyry y arrollaron la primera línea de defensa lanzándose luego sobre las posiciones de Itá-Ybaté. El ataque era encabezado por el batallón Córdoba a cargo del Coronel Agustin Olmedo, seguido del batallón 1° de Santa Fe a cagro del Teniente Coronel Enrique Spika.
El fuego de los defensores causó numerosas bajas en las fuerzas atacantes, resultando herido el jefe de estado mayor del primer Cuerpo coronel Gordillo, especialmente en el batallón Buenos Aires, que a bayoneta calada se sumaba a la lucha.
Tropas de los batallones Córdoba al mando del capitán Máximo Ibáñez y del Santa Fe al mando del teniente Avellaneda quedaron por momentos aislados en vanguardia y fueron rodeados por fuerzas superiores. Formando en círculo resistieron el ataque hasta que los del Buenos Aires y el batallón Rosario consiguieron estabilizar el frente.
El ataque penetró finalmente las trincheras paraguayas, mientras que un ataque de la caballería conseguía envolver la posición y deshacer a un escuadrón paraguayo que opuso resistencia.
Las fuerzas del 4° de línea a cargo del Teniente Coronel Florencio Romero y del 5° a Cargo de Nicoás Levalle dejaron la línea y se lanzaron al ataque rompiendo la línea defensiva pero sólo para quedar aislados. Ante las órdenes del Coronel Luis Maria Campos para que retrocedieran, Levalle respondió "Coronel, el batallón 5° de línea no sabe dar media vuelta frente al enemigo!" y comenzó a retroceder al paso y al son del tambor dando frente a las fuerzas paraguayas y bajo el fuego a quemarropa de sus fusileros.
Cuando el avance en línea de la infantería argentina reforzada con algunas piezas de artillería ligera llegó a una cuadra del cuartel general, López se retiró con su estado mayor por el camino del Potrero Mármol a la vista de sus enemigos, sin que se desprendiera fuerza alguna para interceptarlo
Incluso autores brasileros consideran que la huida de López permitida "por excesiva prudencia de Caxias o por razones inconfesables del comando brasilero" fue "uno de los grandes, sino el mayor, misterio de la guerra"[]
Caballero permanecía en el campo con una pequeña fuerza de caballería. Viendo que el batallón 4° de línea argentino se dirigía al Potrero Mármol, lo emboscó. En el ataque el 4° sufrió numerosas bajas, incluyendo al coronel Florencio Romero que marchaba al frente de su unidad. Al ser herido, Romero se puso de pie, penetró en el cuadro de su batallón y tras decir a su segundo el mayor Fernández "Compañero, que me vengan a relevar", murió.
Caballero marchó entonces contra el batallón 5°, tras lo cual se replegó en desorden con escasos sobrevivientes. La caballería aliada persiguió débilmente hasta el arroyo Yukyry a los paraguayos que de replegaban a Cerro León.
El general Garmendia en su Campaña de Piky-syry afirma que "cuando el Mariscal tuvo conocimiento que los aliados habían penetrado a su recinto, abandonó como un pusilánime el campo sonde sus soldados se batían heroicamente y morían".
Tambien el Coronel inglés al servicio del Paraguay George Thompson afirmaría que al retirarse López había incumplido la promesa que había hecho repetidas veces a sus tropas de permanecer y vencer o de perecer con ellos en aquel lugar.
Tras Lomas Valentinas, "El ejército paraguayo quedó liquidado; al mariscal López lo rodeaban apenas cien sobrevivientes (de 9000 soldados que habían luchado contra 25000 brasileños). Pero este puñado quedó dueño de la situación y las fuerzas brasileñas se sintieron alcanzadas por una colosal derrota". Según el historiador paraguayo Juan E. O`Leary "En esta batalla debió terminar la guerra. Un regimiento de caballería hubiera bastado para rodear a aquellos curiosos vencedores. Pero si no teníamos más que noventa hombres sanos, aún nos quedaba una fuerza moral tan grande que ante el sólo recuerdo de lo que habíamos sido, el enemigo se sentía abrumado y miraba con terror esas lomas pobladas de muertos".
López quien ya "No tenía soldados, no tenía proyectiles, no tenía que comer. Solo noventa fantasmas le rodeaban en la cumbre de la trágica colina, aguardando sus palabra para corre a la muerte" se retiró al interior y pronto logró reunir "dos mil combatientes de inválidos y niños a quienes hubo que poner barbas postizas para quitarles su aspecto infantil".
Por su parte, la Angostura, defendida por unos 740 combatientes y 16 cañones, pero que despues del 21 de diciembre había quedado cercada por tierra y agua y carecía ya de víveres y municiones, y había recibido numerosos heridos después del combate, se rindió el día 30 de diciembre tras una negociación con los aliados que prometieron respetar las vidas, jerarquías y honor de los vencidos. La campaña del Pykysyry había terminado.

En la Imagen: Batalla de Itá-Ibaté. La primera división Buenos Aires toma por la derecha los atrincheramientos de López. Dibujo de A Methfessel.

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Esteban McLaren
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Re: La Guerra del Paraguay, 1865-1870

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 11, 2013 8:43 am

VIERNES 18 DE FEBRERO DE 2011

ANIVERSARIO DE LA BATALLA DE HUMAITÁ

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Guerra de la Triple Alianza. Marcos Paz, vicepresidente de la República Argentina, había muerto en Buenos Aires por la epidemia de cólera que traída del frente de guerra, se propagó como una maldición durante el verano de 1867-68. La verdad es que los brasileños – dueños casi únicos de la guerra, pues solamente del Imperio llegaban refuerzos y armas – se pusieron serios con Mitre después del feo desastre de Tuyú-Cué y le impusieron volverse a Buenos Aires. Constitucionalmente no era necesaria su presencia, no obstante la muerte de Paz, porque el gabinete desempeñaba sus funciones (no había ley de acefalía) y faltaban escasamente ocho meses para la conclusión del período presidencial. Pero Brasil quería apresurar la conclusión de la guerra.Alejado Mitre (para no volver más), las perspectivas fueron más risueñas para Brasil: Caxias volvió a tomar el mando en jefe. Tal vez no había leído a Federico II, pero llevaba a Mitre la ventaja de ganar batallas.Sin el general en jefe todo resultaría fácil. El 19 de enero el almirante Inácio fuerza el paso de Humaitá; el 24 dos monitores brasileños llegan hasta Asunción y bombardean la capital paraguaya. Dominado el río por los brasileños, no le era posible al mariscal mantener las fortificaciones de Humaitá y Curupaytí, y el 10 de marzo hizo el repliegue del grueso de su ejército por el camino del Chaco. Apenas dejó cuatro mil hombres de Humaitá para cubrir la retirada. En canoas, chatas y jangadas, los diezmados paraguayos que han defendido hasta más allá del heroísmo la línea de Curupaytí y Humaitá, cruzan el río Paraguay, y por el Chaco toman rumbo norte: en Monte Lindo vuelven a atravesar el río y acampan finalmente en San Fernando. Esa operación resulta un alarde de conducción y valor: es todo un ejército con sus bagajes y armas, heridos y enfermos, evacuando una posición comprometida y en presencia del enemigo. Dos veces cruzaron el río sin que “la escuadra de Brasil se diera por enterada de la doble y audaz maniobra”, dice Arturo Bray.El coronel Martínez quedó en Humaitá como cebo para inmovilizar al ejército aliado. Pero ya la fortaleza inexpugnable carecía de objeto. El julio recibe la orden de abandonarla con sus pocos efectivos clavando los 180 cañones que no pueden transportarse. Pero el impaciente mariscal Osorio quiere darse la satisfacción de tomarla por las armas y ataca con 8.000 soldados. Martínez hará en Humaitá y con Osorio la misma defensa de Díaz en Curupaytí y ante Mitre: lo deja acercar hasta las primeras líneas y allí lo envuelve en la metralla de su fuego de artillería. Muy cara pagaría Osorio la pretensión de entrar en Humaitá tras un ataque; finalmente se vio obligado a desistir y ordenar la retirada. Fue Humaitá la última gran victoria paraguaya. Pero más afortunado que Mitre, Osorio ha dado a tiempo la orden de retirada y consigue salvar gran parte de sus efectivos. Los cambá (negros brasileños) entrarían en Humaitá y en Curupaytí solamente después de que el último paraguayo las hubiera evacuado el 24 de julio. El 23 a la noche, Martínez ha hecho salir por el río a los efectivos postreros, hombres y mujeres. El 24 al amanecer los brasileños izan la bandera imperial en la ya legendaria fortaleza; poco antes lo habían hecho en Curupaytí. No es feliz la retirada de Martínez a través del Chaco. Los heroicos defensores de la fortaleza han debido sacrificarse para proteger el repliegue del grueso del ejército; van por el Chaco hostilizados por fuerzas muy superiores, ametrallados desde el río por la escuadra. Inácio y Osorio quisieran vengar en Martínez el respeto que le han tenido a Humaitá durante tres años. Finalmente la diezmada guarnición queda encerrada en Isla Poi; logra resistir durante diez días y debe rendirse agobiada por el hambre y el número. Se rinden así los últimos paraguayos que quedaban en ese teatro de guerra. Conmovido, el general Gelly y Obes, hace desfilar a los nuestros “ante los grandes héroes de la epopeya americana”. Hermoso ejemplo que nos debe llenar de orgullo.Un paraguayo no puede rendirse, aunque la inanición le impida moverse y la falta de municiones no le permita contestar el fuego enemigo. Solano López, ya convertido en el frenético “soldado de la gloria y el infortunio” que dice Bray, es implacable con quienes no demuestran tener su mismo temple. Es imposible ganar la guerra y no han sido prósperas las gestiones de una paz honrosa. Por lo tanto el solo camino que queda a los paraguayos es la muerte; dar al mundo una lección de coraje guaraní.

El coronel Martínez se había conducido como un héroe en su defensa de Humaitá y en su imposible retirada por el Chaco. Pero se había rendido. No importa que contara con mil doscientos hombres y mujeres sin más uniforme que un calzón desgarrado, un quepí, sin pólvora para su fusil de chispa, ni alimentos, frente a tropas veinte veces superiores. Pero el mariscal se había rendido y eso no le era permitido a un paraguayo: la palabra “rendición” había sido borrada del léxico. López declara traidor al defensor de Humaitá.Los tres años de guerra injusta y desproporcionada han hecho del atildado Francisco Solano una verdadera fiera: está resuelto a morir con su patria y no comprende ni perdona otra conducta. Ni a sus amigos ni a sus jefes más capaces ni a su misma madre y hermanos. Ante todo está Paraguay y por él sacrificará sus afectos más caros. No es la suya una conducta “humanitaria”, seguro; pero López no es en aquella agonía un ser humano sometido a la moral corriente. Es el símbolo mismo de un Paraguay que quiere morir de pie; un jaguar de la selva acosado sin tregua por sus batidores.En esa última etapa de la guerra nacerá la versión del monstruo, del tirano sanguinario, del gran teratólogo, que alimentaría medio siglo de liberalismo paraguayo. Se le imputaron hechos terribles y no todo fue leyenda urdida por el enemigo. Hay cosas que estremecen, pero pongámonos en la tierra y en el tiempo para juzgarlos; en ese Paraguay de fines de la guerra envuelto en un halo de tragedia. Pensemos en los miles de paraguayos muertos en los combates por defender su tierra o caídos de inanición o de peste en la retaguardia. Sólo así puede juzgarse ese conductor que no puede perdonar a quienes manifiestan flaqueza, hablen de rendirse o tengan simplemente otro pensamiento que no sea morir en la guerra. Para comprenderlo hay que tener un corazón como el de los paraguayos y un alma lacerada por la inminencia de la derrota de la patria. Porque ocurrirán ahora cosas espantosas: el fusilamiento del obispo Palacios, los azotes y el fusilamiento de la esposa de Martínez, la muerte de los hermanos de López, acusados de conspiración; la prisión y los azotes de sus hermanos y hasta de su misma madre. En la atmósfera de tragedia, se yergue la figura del mariscal implacable, convencido de que a los paraguayos, con él a la cabeza, sólo les queda disputar palmo a palmo el querido suelo o morir.


Fuentes: Rosa, José María – La Guerra del Paraguay y las Montoneras Argentinas, Buenos Aires (1985). / www .revisionistas.com.ar / Bray, Arturo – Solano López Soldado de la Gloria y el Infortunio, Asunción (1984)



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Esteban McLaren
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Re: La Guerra del Paraguay, 1865-1870

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 11, 2013 8:43 am

Batalla de Itá Ibaté


La Batalla de Itá Ibaté (Itá-Ibaté, Itaivaté, Itá Yvaté o Lomas Valentinas), librada entre el 21 y el 27 de diciembre de 1868, fue la última de las grandes batallas de la campaña del Pikysyry, llamada Dezembrada por los brasileros, durante la guerra de la Triple Alianza.


Antecedentes
A principios del mes de marzo de 1868, flanqueada y aislada su posición, el grueso de las fuerzas paraguayas abandonó la fortaleza de Humaitá con el objetivo de organizar una línea de defensa en la margen derecha del río Tebicuary.
El grueso del Ejército aliado bajó las órdenes de Luis Alves de Lima e Silva, marqués de Caxias, iniciaron con lentitud la persecución del ejército paraguayo al mando del mariscal Francisco Solano López. El Ejército Argentino no avanzó esperando órdenes de Buenos Aires, ante la posibilidad de que se ordenara regresar a contener una rebelión contraria a la continuidad de la guerra.
Solano López decidió replegarse rumbo a Asunción del Paraguay para defender la línea del arroyo Pikysyry, a 130 km al sur de Asunción y 200 al norte de Humaitá, estableciendo su nuevo cuartel general en Lomas Valentinas (Itá Yvaté) y fortaleciendo las débiles posiciones defensivas de la nueva línea aprovechando la inacción de la escuadra brasilera que "dormía sobre la gloria de la captura de Humaitá".1
Tras recibir autorización de su gobierno, el grueso de las fuerzas argentinas junto a algunas fuerzas aliadas se movilizó hasta Palmas, pocos kilómetros al sur del arroyo Pikysyry, a las órdenes del general Juan Andrés Gelly y Obes. Su división estaba constituída por 6500 hombres del Ejército argentino, una división Oriental de 800, la Brigada Paranhos con 1.030, un regimiento de artillería montada de 1.800, una sección de trasportes, un piquete de pontoneros con su material y depósitos, hospitales del ejército, etc., lo que sumaba un total aproximado de 10500 hombres.

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Francisco Solano López.
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Luis Alves de Lima e Silva, marqués de Caxias.
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General Juan Andrés Gelly y Obes
El flanqueo
Para esas fechas un ataque frontal contra la línea fortificada del Pikysyry, que se apoyaba sobre el Río Paraguay en Angostura, era ya en extremo arriesgada, aún contando con la amplia superioridad en hombres de la Alianza, tanto por las dificultades naturales como por las obras defensivas paraguayas. Gelly y Obes propuso a Caxias dejar una fuerte guarnición en Palmas para aferrar al enemigo y embarcar 20000 hombres en los transportes brasileros y todos los buques de cabotaje que allí se encontrasen, remontar el rio Paraguay al mismo tiempo que una parte de la escuadra brasilera bombardeaba las aún incompletas fortificaciones de la Angostura mientras que el resto de la división naval forzaba en una operación nocturna el paso para dirigirse en seguida a San Antonio, punto elegido para el desembarque por ser conocido perfectamente por el general argentino. Completado así el flanqueo, el ejército marcharía sobre la retaguardia de la posición de López forzándolo a un cambio de frente, sin fortificaciones y débil artillería, cortándolo de su base de operaciones y encerrándolo entre el rio Paraguay y las fuerzas de Palmas.
Caxias compartía la opinión de Gelly y Obes acerca de la conveniencia de flanquear la posición paraguaya pero prefirió tantear la posibilidad de ejecutar una marcha estratégica por el Chaco para evitar a Angostura y complementar esa operación principal con un desembarco en Villeta.
Caxias tenía dudas de la factibilidad de forzar el paso de Angostura y de contar con suficientes buques como para completar el transporte de su ejército en una única operación. Pese a que la iniciativa estratégica de marchar por el este parecía prudente y razonable, las demoras que imponía la logística de la maniobra dio á López más de un mes de tiempo que empleó con habilidad para finalizar sus obras defensivas y organizar nuevas tropas. En efecto, la estrategia decidida implicaba un enorme esfuerzo logístico. El grueso de las tropas sería conducido por el Chaco hacia el norte a través de esteros, lagunas y arroyos, y en pleno periodo de lluvias que, torrenciales en esa zona, inundaban vastas áreas. Mientras, una división permanecería en el sur aferrando las posiciones paraguayas y una división naval procuraría forzar el paso de Angostura y desembarcar tropas al norte cerrando el cerco.
Gelly aceptó la decisión y se limitó a insistir en efectuar el desembarque en San Antonio ya que según sus informes Villeta que estaba fortificado pero la percepción de los mandos argentinos en el frente respecto de las razones de fondo era diferente. Gelly y Obes insistió ante Caxias solicitando la participación de fuerzas argentinas planteando la conveniencia de que la alianza fuese verdaderamente representada en la expedición, pero Caxias no aceptó manifestando que tenía fuerzas suficientes y destacando la importancia estratégica de Palmas para fijar las fuerzas paraguayas. Dice no obstante el comandante del 1° Batallón de la división Buenos Aires de la Guardia Nacional José Ignacio Garmendía que "no eran razones para evitar la coadyuvación de los argentinos en las operacienes futuras, se veía á primera vista que el general brasilero se mantenía en su primera resolución de no dar participación á sus fieles aliados en los sucesos que iban á sobrevenir, pues era muy natural que la alianza estuviese bien representada en toda operación importante y decisiva; las glorias y los sacrificios debían ser comunes para vincular sólidamente en el mismo campo de batalla, la amistad de dos pueblos hermanos, que más de una vez unidos han derramado su sangre por las luchas de la civilización. Los móviles que agitaban al generalísimo, se sospechaban. Era necesario explotar en el exterior la influencia moral de las victorias de los aliados en favor de los brasileros, y mantener constante el solo nombre de su nación en la prensa diaria, ilustraciones y otras publicaciones europeas, en donde para nada figuraban sus aliados, pero se llevó un gran chasco el Sr. Marqués, porque como se verá más tarde, tuvo que recurrir á los argentinos y orientales cuando el 21 de diciembre se vio rechazado, abrumado de fatiga, con casi medio ejército de menos, y desmoralizado por el empleo poco juicioso que hizo de sus tropas en su corta y gloriosa campaña de 15 días."
Por otra parte, confirmando la opinión del general argentino, el 8 de octubre, el Silvado forzaba sin inconvenientes el paso de Angostura aguas abajo trayendo un parte de Delfin Carlos de Carbalho, Barón del Pasage. El reconocimiento efectuado en el curso del rio hasta frente de San Antonio indicaba que con excepción de Villeta no había posiciones fortificadas o baterías en sus riberas.
El 9 fueron enviados río arriba los encorazados Lima Barros, Alagoas y el mismo Silvado, quedando sólo las naves que embarcarían a las tropas expedicionarias.

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La zona de combate, con la Villeta del Guarnipitán debajo a unos 10km al sur el lugar de batalla de Lomas Valentinas (ubicación: 25° 28' 53.85" S 57° 31' 4.75" W)

A mediados de octubre de 1868 empezaron los trabajos de reconocimiento y construcción de la vía. Tras forzar el paso artillado de Angostura, los acorazados efectuaron desembarcos en San Antonio y permanecieron estacionados en el lugar en espera de la división que avanzaba por el Chaco. El 4 de diciembre las tropas brasileras, unos 30000 hombres (aunque otras fuentes2 indican 20657, 18999 de infantería, 926 de caballería y 742 artilleros), finalizaron su maniobra de flanqueo alcanzando nuevamente el río por San Antonio. Estaban divididos en tres Cuerpos, el I al mando de Jacintho Machado Bittencourt, el II al mando del mariscal Alejandro Gomes de Argolo Ferrão (o Argollo), y el III al de Manuel Luis Osorio (1808-1879), Marqués do Herval. También desembarcó el marqués de Caxias, quien instaló su puesto comando en San Antonio.
El 6 de diciembre de 1868 la vanguardia paraguaya al mando del general Bernardino Caballero enfrentó en la Batalla de Ytororó a las fuerzas del Imperio del Brasil y tras una dura lucha con fuertes pérdidas para ambos bandos consiguió replegarse en orden.
Caxias no persiguió a Caballero y se dirigió al oeste, donde tras desembarcar en Ypané se le sumaron las divisiones de caballería de Porto Alegre y de João Manuel Mena Barreto, para iniciar el 7 de diciembre su avance hacia el sur al frente de 21.000 hombres con 3000 caballos y 100 cañones, que tomaron posición en orden de batalla en la llanura entre Ypané y Potrero Valdovinos.
Por su parte y luego de felicitar a sus comandantes, López ordenó a Caballero maniobrar entre Ytororó y Lomas Valentinas y tomar posición al pie de una colina en la ribera izquierda del Río Avay. Pese a la opinión de Caballero, quien consideraba que la posición, enteramente abierta a diferencia de Ytororó, era indefendible contra fuerzas y artillería superiores y prefería retirarse para ubicarse como vanguardia en Lomas Valentinas, Solano López insistió en defender el puesto. El 11 de diciembre se produciría así la desastrosa derrota paraguaya en la Batalla de Avay o Avahy.

Itá-Ibaté
Lomas Valentinas daba nombre a un conjunto de lomas que incluían las del Cumbarity, Acosta, Potrero Mármol e Itá Ybaté o Itá-Ibaté, al sur de la Villeta del Guarnipitán. El mariscal Francisco Solano López había instalado su campamento en la Loma Acosta el 8 de setiembre de 1868.
Caxias reorganizó sus unidades unificando algunos de los batallones que habían sufrido fuertes pérdidas en los recientes combates y ordenó al general Manuel Mena Barreto que marchara con una división hacia Pirayú para cerrar esa posible vía de retirada.
Por su parte, López decidió tender una nueva línea de defensa del lado de Villeta y dio órdenes de iniciar la construcción de una larga trinchera entre Angostura y su cuartel general. Ante la urgencia de la situación y la falta de recursos, abandonó pronto el proyecto y mandó construir una cadena de fuertes entre ambas posiciones, idea que debió tambier ser desestimada por similares motivos.
Finalmente, mandó fortificar con pequeñas trincheras la loma de Ita-Ybaté. La cima de Ita-Ybaté se compone de dos mesetas: la primera (orientada a Villeta) corre hasta una pequeña zanja con una corriente de agua mientras que la segunda sigue desde esa zanja hacia la boca del Potrero Mármol. Sobre esta última estaba ubicada la casa de López. La trinchera, consistente en un foso de sólo unos 60 cm de ancho por otros tantos de profundidad, estaba ubicada "sobre la primera meseta de derecha a izquierda formando ángulo con una línea quebrada que se dirigía hacia el Cuartel General paraguayo por el frente". Los soldados sentados en el borde interior quedaban a cubierto pero su flanco derecho quedaba expuesto.
López concentró allí sus fuerzas, cerca de 7000 hombres, dejando en Angostura una división de sólo 700 hombres y en la trinchera de Pikysyry unos 1500, que eran en su mayoría inválidos o muy jóvenes.
El 17 de diciembre la 3° división de caballería imperial comandada por coronel Vasco Alves Pereira sorprendió al sur de Zanja Blanca a tropas del regimiento de caballería paraguaya N°45 pero atacado a su vez por la retaguardia, se dio a la fuga dejando numerosas bajas.
El 18 Caxias practicó un nuevo reconocimiento y descubrió (y eligió para su plan de ataque) los únicos dos desfiladeros que había frente a la línea en vez de rodear la posición.

Combate del 21 de diciembre
En la mañana del 21 de diciembre de 1868, despues de distribuir una proclama, Caxias levantó el campamento en Villeta y se puso en marcha a la cabeza de un ejército de 25000 hombres. En el camino dividió sus fuerzas en dos columnas, la derecha a las órdenes de Jacintho Machado Bittencourt y la izquierda a las de Mena Barreto. La artillería fue desplegada sobre las alturas de Cumbarity desde dominaba las posiciones paraguayas.
Momentos antes de comenzar el combate, el coronel paraguayo Hilario Marcó por órdenes de Solano López hizo ejecutar en inmediaciones del Potrero Mármol a numerosos prisioneros, investigados por supuestas conspiraciones para derrocar a López y concertar la paz. Entre los ejecutados esa jornada y en el curso de las llamadas "matanzas de San Fernando" que costaron la vida a cientos de prisioneros se encontraban Benigno López, hermano del Mariscal y ex secretario, José Berges y Gumersindo Benítez, ex ministros de Relaciones Exteriores, el general José María Bruguez, el general Vicente Barrios, ex ministro de Guerra y Marina y cuñado de López, el coronel Manuel Núñez, el coronel Paulino Alén Benítez,3 el sargento mayor Vicente Mora, el obispo de Paraguay Manuel Antonio Palacios, el deán Eugenio Bogado, el presbítero Vicente Bazán, el sacerdote Juan Bautista Zalduondo, Carlos Riveros,4 Saturnino Bedoya, cuñado también de López, Gaspar López, López Juliana Insfrán de Martínez, esposa del coronel Francisco Martínez, defensor de Humaitá, fusilada por la espalda como "traidora a la patria y al Supremo Gobierno", Dolores Recalde, María de Jesús Egusquiza Quevedo,5 el cónsul portugués José María Leite Pereira, el dirigente del partido Blanco uruguayo Antonio de las Carreras el ex secretario de la Legación uruguaya Francisco Rodríguez Larrata, el capitán italiano Simón Fidanza,6 etc.
Mena Barreto atacó por la retaguardia las trincheras de Pikysyry y si bien las tropas paraguayas pudieron hacer un rápido cambio de frente formando en batallones distantes 500 metros, sufrieron al momento la carga de las tropas brasileñas. Por su parte, el ejército argentino no podía atacar la trinchera por el frente dado lo crecido del riacho que separaba sus posiciones. El ala izquierda paraguaya al mando del sargento mayor Solís rechazó el asalto hasta recibir finalmente órdenes de replegarse a Lomas Valentinas, valiéndole su comportamiento en acción ser de inmediato promovido a teniente coronel.
Finalizada la primera acción de la batalla de Lomas Valentinas, las fuerzas de López habían sufrido 900 bajas y perdido buena parte de su artillería, pero lo más grave es que quedaban ahora separados de sus posiciones en Angostura.
A las 11 el general José Joaquim de Andrade Neves, Barón del Triunfo, al frente de 2500 hombres de caballería rodeó Itá-Ybaté y penetró en el Potrero Mármol llevándose el ganado disponible para el abastecimiento de la plaza, 3000 cabezas de ganado vacuno, 500 ovejas y 400 caballos. El comandante paraguayo Roa salió al frente de su regimiento para intentar detenerlo en el paso de Yuquyry pero fracasó en el intento y fue muerto en la acción.
Pese a quedar dueño del paso de Yuquyry, Caxias decidió no fortificarlo dejando así libre el único paso del Potrero Mármol por donde podía escapar López, lo que sería una de sus decisiones más discutidas y sospechadas ya que podría haber asegurado en ese punto la finalización de la guerra.
Caxias resolvió llevar el siguiente ataque sobre el frente paraguayo en dos columnas. La primera al mando de Neves seguiría un camino que se adentraba por un espeso bosque y salía a un abra frente a la trinchera, mientras que la segunda columna al mando de Joao Manoel Camara utilizaría otro camino a la izquierda de la línea paraguaya conocido entonces por "el de la Reserva", el cual salía frente mismo al cuartel general.
A las 3 de la tarde se inició el ataque. Las fuerzas imperiales avanzaron bajo el fuego de la artillería paraguaya sufriendo enormes bajas hasta que la vanguardia, tropas riograndenses de caballería desmontada del Barón del Triunfo, llegó a la trinchera iniciándose el combate cuerpo a cuerpo.
El batallón de rifleros al mando del mayor Vicente Jiménez acudió a reforzar el punto al ver que el avance aliado frente al Cuartel amenazaba cortar la retaguardia, pero muerto su comandante el desorden se extendió entre las tropas paraguayas hasta que Caballero y el coronel Valois Rivarola a la cabeza del escuadrón Escolta Nacional (coronel Felipe Toledo) consiguieron restablecer la posición con una carga.
Rechazado el asalto frontal, nuevos batallones brasileños reforzados por pontoneros a las órdenes del capitán Martins avanzaron sobre la derecha paraguaya y consiguieron penetrar las trincheras y apoderarse de 14 piezas de artillería.
Las fuerzas de Rivarola y del coronel Toledo acudió nuevamente para detener la irrupción, iniciándose un duro combate cuerpo a cuerpo durante el cual Toledo resultó muerto y Valois Rivarola gravemente herido. Los aliados consiguieron así dominar la primer meseta y avanzaron en desorden hacia la segunda donde permanecía López, pero un contraataque de su escolta consiguió rechazarlas, tras lo que formó al frente cerrando la línea frente a las trincheras ocupadas ahora por los aliados. En ese momento la lluvia que se inició poco después del combate empezó a arreciar.
El coronel Marcó improvisó entonces una guerrilla de más de cien hombres con marinos y heridos leves separados de sus cuerpos y la lanzó sobre la trinchera obligando a los aliados a desalojarla. Los paraguayos decidieron no obstante no volver a ocuparla y replegarse, manteniendola bajo fuego para evitar un nuevo copamiento.
La noche hizo suspender las operaciones. Durante la jornada, si bien el ataque aliado había sido detenido, las bajas paraguayas eran cuantiosas. Según Juan Crisóstomo Centurión "sólo nos quedaron 90 hombres sanos... los demás fueron muertos o heridos, ascendiendo el total de nuestras bajas (...) a unos 8000 hombres, inclusive prisioneros". Exageradas o no las cifras (que aunque incluyeran heridos leves equivalía a prácticamente la totalidad de las fuerzas paraguayas) las bajas eran enormes. Entre los heridos se encontraban los coroneles José Manuel Montiel, Avalos, Valois Rivarola, Rolón y Sosa, los capitanes Manuel Maciel, Juan A.Meza y Delvalle. Entre los muertos se encontraba Toledo y el coronel de artillería José Dolores Vallovera. Según el mismo autor, los brasileros tuvieron 4000 bajas, resultando herido el Barón del Triunfo.
El general Martin McMahon, ministro de Estados Unidos, que permanecia en el Cuartel General paraguayo presenciando la batalla relató: "Seis mil heridos, hombres y chiquillos, llegaron a ese campo de batalla el 21 de diciembre y lucharon como ningún otro pueblo ha luchado jamás por preservar a su país de la invasión y la conquista...otros han fugado (hacia su propio ejército) de las pocilgas que utilizaban los invasores como prisión,...el cuartel Paraguayo comenzó a llenarse de heridos incapacitados positivamente para seguir la lucha. Niños de tiernos años arrastrándose, las piernas desechas a pedazos con horribles heridas de balas. No lloraban ni gemían, ni imploraban auxilios médicos. Cuando sentían el contacto de la mano misericordiosa de la muerte, se echaban al suelo para morir en silencio".
Aprovechando la noche algunas partidas aliadas volvieron a ocupar la trinchera, por lo que a las 5 de la mañana del 22 una partida comandada por el capitán Jara fue enviada a desalojarlos.

Reorganización
La situación de López era difícil pero no desesperada. Las fuerzas brasileñas habían sufrido fuertes pérdidas y fracasado en el ataque por lo que López envió instrucciones a Angostura ordenando que se abrieran paso a través del ejército aliado y se le reunieran en Itá-Ybaté. Sin embargo, el 23 decidió suspender la orden considerando que podía sostener la posición por sí solo ante la evidente desmoralización de las tropas imperiales. No suspendió órdenes similares enviadas a otros puntos y entre el 23 y el 25 llegaron unos 1600 hombres de Cerro León, Caapucú y de Ypoá, que fueron organizados en 4 batallones.
No obstante la situación pronto cambiaría. Las tropas argentinas permanecían estacionadas en Palma bajo el mando del general Gelly y Obes. A los efectos de reponer las más de 6.000 bajas sufridas, el mariscal Caxías se vió forzado a dar intervención a sus aliados o enfrentar una posible derrota por lo que el día 22 solicitó finalmente al general Gelly y Obes el concurso de las fuerzas argentinas, que incluían 9.000 hombres más los 800 hombres del contingente oriental.
El mismo día en que, confiado, tomó la decisión de no desguarnecer la Angostura, López tomó conocimiento de la inminente movilización argentina. Abandonó el cuartel general, que se encontraba ya bajo fuego graneado, retirándose a la boca del Potrero Mármol, confió sus hijos (excepto al mayor) al cuidado del general Mac Mahon quien partió para Piribebuy, a la sazón capital provisoria de la República, y a la madrugada hizo testamento a favor de Elisa Lynch.
En la mañana del 24 el alto mando aliado envió una intimación a López para que en el plazo de 12 horas depusiera las armas:"La sangre derramada en el puente de Tororo y en el arroyo Avay debía haber determinado a V.E. a economizar la vida de sus soldados en el 21 del corriente, no compeliéndolos a una resistencia inútil. Sobre la cabeza de V.E.debe caer toda esa sangre,, así como la que tuviere que correr aún, si V.E. juzgase que su capricho debe ser superior a la salvación de lo que resta del pueblo de la República del Paraguay."
Tras recibir la nota a las 7 de la mañana, López reunió a sus oficiales y los puso al tanto de la intimación, resolviendo rechazarla. A las 15 horas, respondió a Caxias: tras plantear que "en Ytaity Corá, en una conferencia con el Excmo.señor General en Jefe de los Ejércitos Aliados y Presidente de la República Argentina, Brigadier General don Bartolomé Mitre, la reconciliación de cuatro Estados soberanos de la América del Sur, que ya habían principiado a destruirse de una manera notable, y sin embargo, mi iniciativa, mi afanoso empeño, no encontró otra contestación, que el desprecio y el silencio por parte de los gobiernos aliados, y nuevas y sangrientas batallas (...) Desde entonces vi más clara la tendencia de la guerra de los aliados sobre la existencia de la República del Paraguay", afirmó tener "la experiencia de más de cuatro años, de que la fuerza numérica y esos recursos nunca han impuesto a la abnegación y bravura del soldado paraguayo".
El 25 los brasileños colocaron 46 piezas de artillería en línea semicircular en la loma frente a la posición paraguaya. A las 6 de la mañana se inició un fuerte bombardeo cubriendo el avance de algunos batallones imperiales sobre la derecha paraguaya, que capturaron algunas piezas abandonadas por los defensores desde la jornada del 21. En ese combate los brasileros tuvieron 300 bajas.
Caxias parecía haber decidido nuevamente arriesgarse sin el concurso de los argentinos. Ese mismo día el coronel Florencio Romero, comandante del batallón 4° de línea argentino, se presentó en el puesto de José Ignacio Garmendia, comandante del batallón Buenos Aires de la Guardia Nacional, indignado por la inacción de sus fuerzas mientras que las tropas imperiales "a nuestra vista y paciencia" intentaban por su cuenta el asalto y construían "con enorme derramamiento de sangre, el arco de triunfo de su gloria". Con Garmendia llevaron el reclamo ante su comandante, el general Ignacio Rivas, quien por su parte se dirigió raudamente a exigir a Gelly y Obes que obtuviera el compromiso de Caxias de que los argentinos tuvieran un lugar prominente en la acción que se avecinaba. Con sus propias fuerzas diezmadas y desmoralizadas, Caxias finalmente accedió sin reservas.

Combate del 27 de diciembre
El 26 no hubo nuevas acciones. A las 6 de la mañana del 27 de diciembre se reinició el bombardeo y se inició el asalto definitivo, esta vez llevado a cabo por las fuerzas argentinas que cruzaron el Pykysyry y arrollaron la primera línea de defensa lanzándose luego sobre las posiciones de Itá-Ybaté. El ataque era encabezado por el batallón Córdoba (coronel Agustín Olmedo) seguido del batallón 1° de Santa Fe (teniente coronel Enrique Spika).
El fuego de los defensores causó numerosas bajas en las fuerzas atacantes, resultando herido el jefe de estado mayor del primer Cuerpo coronel Gordillo, especialmente en el batallón Buenos Aires, que a bayoneta calada se sumaba a la lucha.
Tropas de los batallones Córdoba al mando del capitán Máximo Ibáñez y del Santa Fe al mando del teniente Avellaneda quedaron por momentos aislados en vanguardia y fueron rodeados por fuerzas superiores. Formando en círculo resistieron el ataque hasta que los del Buenos Aires y el batallón Rosario consiguieron estabilizar el frente.
El ataque penetró finalmente las trincheras paraguayas, mientras que un ataque de la caballería conseguía envolver la posición y deshacer a un escuadrón paraguayo que opuso resistencia.
Las fuerzas del 4° de línea (teniente coronel Florencio Romero) y del 5° (Nicolás Levalle) dejaron la línea y se lanzaron al ataque rompiendo la línea defensiva pero sólo para quedar aislados. Ante las órdenes del coronel Luis María Campos para que retrocedieran, Levalle respondió "Coronel, el batallón 5° de línea no sabe dar media vuelta frente al enemigo!" y comenzó a retroceder al paso y al son del tambor dando frente a las fuerzas paraguayas y bajo el fuego a quemarropa de sus fusileros.
Cuando el avance en línea de la infantería argentina reforzada con algunas piezas de artillería ligera llegó a una cuadra del cuartel general, López se retiró con su estado mayor por el camino del Potrero Mármol a la vista de sus enemigos, sin que se desprendiera fuerza alguna para interceptarlo
Incluso autores brasileros consideran que la huida de López permitida "por excesiva prudencia de Caxias o por razones inconfesables del comando brasilero" fue "uno de los grandes, sino el mayor, misterio de la guerra".7
Caballero permanecía en el campo con una pequeña fuerza de caballería. Viendo que el batallón 4° de línea argentino se dirigía al Potrero Mármol, lo emboscó. En el ataque el 4° sufrió numerosas bajas, incluyendo al coronel Florencio Romero que marchaba al frente de su unidad. Al ser herido, Romero se puso de pie, penetró en el cuadro de su batallón y tras decir a su segundo el mayor Fernández "Compañero, que me vengan a relevar", murió.
Caballero marchó entonces contra el batallón 5°, tras lo cual se replegó en desorden con escasos sobrevivientes. La caballería aliada persiguió débilmente hasta el arroyo Yukyry a los paraguayos que de replegaban a Cerro León.
El general Garmendia en su Campaña de Piky-syry afirma que "cuando el Mariscal tuvo conocimiento que los aliados habían penetrado a su recinto, abandonó como un pusilánime el campo sonde sus soldados se batían heroicamente y morían".
Tambien el coronel inglés al servicio del Paraguay George Thompson afirmaría que al retirarse López había incumplido la promesa que había hecho repetidas veces a sus tropas de permanecer y vencer o de perecer con ellos en aquel lugar.
Tras Lomas Valentinas, "El ejército paraguayo quedó liquidado; al mariscal López lo rodeaban apenas cien sobrevivientes (de 9000 soldados que habían luchado contra 25000 brasileños). Pero este puñado quedó dueño de la situación y las fuerzas brasileñas se sintieron alcanzadas por una colosal derrota".8 Según el historiador paraguayo Juan E. O'Leary "En esta batalla debió terminar la guerra. Un regimiento de caballería hubiera bastado para rodear a aquellos curiosos vencedores. Pero si no teníamos más que noventa hombres sanos, aún nos quedaba una fuerza moral tan grande que ante el sólo recuerdo de lo que habíamos sido, el enemigo se sentía abrumado y miraba con terror esas lomas pobladas de muertos".
López quien ya "No tenía soldados, no tenía proyectiles, no tenía que comer. Solo noventa fantasmas le rodeaban en la cumbre de la trágica colina, aguardando sus palabra para corre a la muerte" se retiró al interior y pronto logró reunir "dos mil combatientes de inválidos y niños a quienes hubo que poner barbas postizas para quitarles su aspecto infantil".
Por su parte, la Angostura, defendida por unos 740 combatientes y 16 cañones, pero que despues del 21 de diciembre había quedado cercada por tierra y agua y carecía ya de víveres y municiones, y había recibido numerosos heridos después del combate, se rindió el día 30 de diciembre tras una negociación con los aliados que prometieron respetar las vidas, jerarquías y honor de los vencidos. La campaña del Pykysyry había terminado.

Referencias
1. Annaes do Senado Brazileiro, Volumen 5, 1869, página 266.
2. Hernâni Donato, Diccionario das batalhas brasileiras.
3. Actuó en la Campaña de Corrientes. Era considerado el oficial más ilustrado del ejército paraguayo. Hablaba y escribía correctamente el francés y el inglés, había sido ayudante técnico del ingeniero John Withehead en la construcción de ferrocarriles y compañero de López en su viaje a Europa. En 1865 fue secretario general del Comando en Jefe.
4. Redactor de El Semanario, como integrante del Congreso del 18 de marzo de 1865 se le atribuía la redacción del texto de declaración de guerra a la Argentina.
5. Hija de Juan Bautista Egusquiza, rico comerciante y cabildante de Villa Rica, patriota detenido en noviembre de 1810 por participar en una conspiración contra el gobierno español por la independencia de su país.
6. Al mando del vapor paquete argentino Salto efectuaba viajes habituales a Asunción. Al iniciarse la guerra el buque mercante fue confiscado y Fidanza detenido.
7. Mauro César Silveira, Adesão fatal: a participação portuguesa na Guerra do Paraguai, EDIPUCRS, 2003, ISBN 85-7430-374-7, 9788574303741.
9. Atilio García y Mellid, Proceso a los falsificadores de la historia del Paraguay.

Bibliografía
O'Leary, Juan Emiliano, El libro de los héroes: páginas históricas de la Guerra del Paraguay, BiblioBazaar, LLC, 2009, ISBN 1-113-53915-1, 9781113539151
Senado de Brasil, Annaes do Senado Brazileiro, Volumen 5, 1869
Hernâni Donato, Diccionario das batalhas brasileiras, IBRASA, Sao Paulo, 1996
José Ignacio Garmendía, Recuerdos de la guerra del Paraguay, Peuser, 1890
Ramón José Cárcano, Guerra del Paraguay, Domingo Viau y Cía., 1941
Miguel Angel de Marco, La Guerra del Paraguay, Emecé, 2007, ISBN 950-04-2891-1, 9789500428910
Juan Beverina, La Guerra del Paraguay (1865-1870), Círculo Militar, 1973
Atilio García y Mellid, Proceso a los falsificadores de la historia del Paraguay, Ediciones Theoría, 1964.
Juan Crisóstomo Centurión, Memorias del coronel Juan Crisóstomo Centurión: ó sea Reminiscencias históricas sobre la guerra del Paraguay, Imprenta de J.A.Berra, Buenos Aires, 1894

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Esteban McLaren
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Re: La Guerra del Paraguay, 1865-1870

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 11, 2013 8:45 am

Traducción incompleta
El déspota López y la Guerra de la Triple Alianza

Cuando estalló la guerra, la población del Paraguay era 1.337.439, cuando cesaron las hostilidades se componía de 28.746 hombres, 106.254 mujeres mayores de 15 años de edad, y 86.079 niños.
11 edición de la Enciclopedia Británica

En algunos aspectos más cruciales para la supervivencia del Paraguay en una lucha prolongada que su ejército era su marina de guerra, que tendría que seguir los ríos los hombres abiertos, el transporte y los suministros, y mantener el contacto con el exterior lo haría.
John Hoyt Williams

Hay varias buenas cuentas Inglés de esta guerra en la literatura académica, aunque no de una forma más "popular" la naturaleza ha aparecido. Desafortunadamente, incluso cuando se ha investigado, las cuentas varían ampliamente. Por ejemplo, la rendición de Uruguayana el 18 de septiembre de 1865 por Paraguay a los aliados, se ha entregado total de tropas que va desde 4200 a 5500 a 6000 en función de la cuenta de una consulta. Y esto, uno podría pensar, debe ser un número firme. Otro ejemplo reciente es un artículo en MHQ por Dolores Moyano en el que en la batalla de Riachuelo se da a los brasileños ", el último 120 -. Whitworths y 150 libras" La mayor Whitworths a bordo de ese día fueron 70 libras Whitworths. De todos los capítulos de acorazados originales de Wilson en la acción, su capítulo sobre la guerra fue probablemente la más inexacta aunque la lectura más entretenida, ya que injustamente pintado los brasileños como cobardes total.
Paraguay en 1864 era un país sin salida al mar alimentado por los ríos Paraná y Paraguay que, en definitiva alimentan el Río de la Plata. Fue así fuera en suelos ricos y una gran cantidad de cultivos podrían ser cultivadas, pero que dependía de sus ríos para el transporte, especialmente a la luz del desierto virtual y / o grandes distancias que cubre gran parte de su frontera con Brasil y Argentina. La mayor parte de su población era principalmente de origen indio guaraní mezclado con los europeos y era dirigida por los criollos, sin embargo, al igual que Chile, que se unió bastante como nación. El nacionalismo era fuerte en Paraguay, como era su deseo de seguir siendo una nación independiente.
El militar local había ganado cierta experiencia en la lucha, ya que era una amenaza constante de ataques de los indios por los indios del río y de los indios en el norte de Paraguay. Todavía en 1747 su capital en Asunción había sido "devastado por una incursión de la luz del día grande." Paraguay había sido establecido como un estado jesuita y era bastante rico. En este contexto los jesuitas también tendían a unificar Paraguay y hacerla depender de un líder fuerte que ha sido parte de su panorama político, hasta los tiempos modernos.


Ella disfrutó de su independencia en parte por que se extiende entre Argentina y Brasil de habla portuguesa. Argentina en el momento de la revuelta de España a principios de 1800 había codiciado Paraguay, sino un movimiento local fuerte había asegurado independencethough separada de Paraguay, a expensas de un gobierno dictatorial a uno El SupremoJose Gaspar de Francia. Brasil portugués era considerado como una nación extranjera que había poca esperanza de unirse con ella. Ninguna de estas dos grandes potencias querían ver al otro en posesión exclusiva del Paraguay.
Francia sería sucedido por Carlos Antonio López, y luego en septiembre de 1862, con la muerte de Carlos, su hijo llegaría a gobernar el Paraguay. Francisco Solano López fue corta y llevaba una barba completa. Un hombre inteligente, le gustaba aparecer en uniforme de gala en público. Habló tanto en español como nativo de su país y el guaraní, así como francés, alemán, Inglés y Portugués. Su padre le había dado muchas y variadas funciones a principios de su vida y por lo que tuvo una buena base para el funcionamiento de su nación. Ambos, padre e hijo habían hecho grandes inversiones en la maquinaria militar. López dijo una vez de sí mismo "Yo soy el Paraguay," que también es por eso que en la próxima guerra de la alianza contra él insistió en su expulsión del poder.

La nación que este dictador gobernó fue uno que había disfrutado de un crecimiento económico a lo largo de las últimas décadas y fue financieramente sólida. Ella tenía un ejército leal y pequeña armada. También tuvo tiempo las disputas fronterizas a largo plazo con tres de sus neighborsUruguay, Argentina y Brasil. Su población era casi del tamaño de Argentina, aunque Brasil sumaba casi 7.000.000 y 2.000.000 de esclavos sin más.

Brasil fue una monarquía constitucional bajo Pedro II, y había resuelto muchas de las diferencias regionales anteriores que sufrieron, incluyendo una guerra civil en la provincia junto a Paraguay. En 1864 ella era la potencia más fuerte en América del Sur. Su marina de guerra constaba de 45 buques armados'', vapor 33 (por lo menos cinco se paddlewheeled) y 12 buques de guerra de la vela ". Estaban armados, de acuerdo con Jurg Meister, con 239 armas de fuego y que había 609 oficiales y marineros 3627. El primer acorazado de llegar sería el Brasil, en diciembre de 1865. Ella había sido financiado por una suscripción popular en 1862 y fue un buque de guerra arma ocho acasamatadas. Al final de la guerra, ella tendría 16 acorazados, de un total de 94 buques de guerra tripulado por 6.474 hombres.

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Argentina también había sufrido antes del faccionalismo y la década de 1860 todavía se estaba recuperando. En la guerra, desplegó en el campo un ejército mucho más pequeño, y una marina de guerra que estaba compuesta principalmente por medios de transporte. Si bien la Argentina no adquirió blindados en esta guerra, su presidente dio el almirante brasileño ancianos Marques Lisboa Joaquim Tamandaré un informe de dos volúmenes por Gideon Welles en la Guerra Civil estadounidense operaciones navales (se informó de que no lo leí, pero su secretaria, Artur Silveira da Mota "se apoderó de ella y lo estudió seriamente"). Contribución de Uruguay sería insignificante si su ardiente líder Colorado ayudaría a unir a la Triple Alianza.
Los motivos de López no se sabe claramente como era muy reservada y nunca se ha anunciado sus intenciones. También López no se dio cuenta de la fuerza potencial del enemigo. Él quería llevar a su ejército bastante moderno y aumentar el territorio de su país hasta el Río de la Plata y, posiblemente, incorporar a Uruguay en Paraguay. Paraguay entonces, como mínimo, ser una potencia regional reconocido.
Uruguay, creado como una nación de búfer en 1828 cuando Gran Bretaña mediada la Guerra Cisplatina de 1825-1828 lucharon entre Brasil y Argentina en esa tierra, era un peón entre los dos poderosos vecinos. Por lo general, estos dos poderes apoya uno u otro de los dos principales partidos políticos (Blanco y Colorado) en Uruguay, pero en 1864, que apoyaron la Coloradowhich estaba fuera del poder. Los blancos mantuvieron López conscientes de lo que ocurría y le pidió su apoyo. Por último, Brasil, despreciado por varios puntos, masa de un ejército e invadió el Uruguay el 14 de septiembre de 1864. Su marina de guerra llevó a la costa un buque de guerra de madera uruguaya. En febrero de 1865 los blancos estaban fuera del poder y con la excepción de algunas actividades de la guerrilla de menor importancia por los blancos, Uruguay estaba en el campo de los enemigos del Paraguay.
Esto culminó el 11 de noviembre, cuando un vapor brasileño con fondos, armas, y un pequeño número de tropas brasileñas tomaron el carbón en Asunción cuando se dirigía río arriba hasta Mato Grosso brasileño. Como vapor de López, antes de asumir el título de El Mariscal (La Mariscal), ordenó a la nave de guerra Tacuarí a agarrarla lo que hizo el 13 de noviembre. La bandera brasileña en breve aparecerá en el palacio de López como una alfombra. La guerra era ya seguro.

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El ejército paraguayo probablemente numeradas 14.000 hombres, aunque algunas autoridades modernas le dan un ejército mucho más grande que los tres aliados de campaña. Ella tenía un pequeño cuerpo de oficiales, en parte para mantener a la disidencia en contra de López de aparecer. Su ejército estaba bastante bien provisto de armas modernas. Ella tenía un pequeño ejecutar Europea de capacidad nacional de fabricación de municiones, que en el curso de la guerra podría producir algunas piezas de artillería, incluyendo tres rifles estilo 150 libras Whitworth. Pero más allá de esto, ella no tenía manera de obtener nuevas armas y municiones, excepto por la captura o la ruptura del bloqueo del río y su importación. Tenía una fortaleza de Humaitá río, por debajo de Asunción. Este había sido construido por el viejo Lopez como sobrevalorado "Sebastopol de las Américas."
Su marina de guerra consistió en una guerra de vapor construida, la pistola de Tacuarí ocho y nueve barcos fluviales. López compró o requisado en el estallido de la guerra de los seis vapores otros. Con el tiempo al final de la guerra de su marina de guerra que tienen 23 barcos de vapor, tres barcazas de vapor y cinco barcos de vela que lleva un total de al menos 99 armas de fuego. Como Williams ha escrito, "técnicos extranjeros trabajaron casi durante todo el día para preparar la flota híbrida paraguaya para la acción, y muchos maquinistas ingleses fueron reclutados para servir a bordo en el servicio activo." Todos menos dos fueron de 200 toneladas o menos y un equipo típico era de 50 hombres. También hubo un puñado de barcos de vela y lanchas pequeñas se presentan con la mayoría de los barcos de guerra estacionados en Humaitá. Guerra del Paraguay la producción nacional de municiones sería insuficiente para satisfacer todas las necesidades de la guerra, pero que sí produjo un buen número de fusiles y cañones gunsincluding algunas bastante grandes.
López había ordenado una gran cantidad de material de guerra en Europa y terminó por no hacerse cargo de gran parte de ella. En la última parte de la guerra se vería obligado a armar a sus tropas con arco y flecha, e incluso lanzas de madera y pedazos de vidrio. Sin embargo, según Hugh Lyon en Conway Todos los Fighting Ships del Mundo 1860-1905, que también había ordenado a un gran número de acorazados en el momento del estallido de la guerra. Uno, el Nemesis torres, se inició en Francia. Forma parte a través de pagos de la construcción se detuvo y así Francia se revende a Brasil, donde se cambió el nombre del Silvado. Ella fue 1.150 toneladas, 190 pies de largo, y armado con cuatro 70 libras 5.8 "Whitworths.
López también ordenó a dos acorazados de Laird en Gran Bretaña. Uno, el Bellona era un 1330 de 12 toneladas nudo doble torreta, mientras que el barco estaba a punto de Minerva 1.008 toneladas y tenía una torre única. Cada torre alberga dos armas de fuego y el blindaje principal fue de 4,5 centímetros de grosor. Ambas naves terminaría como el brasileño Barros Lima y Bahía, respectivamente, y nunca la bandera paraguaya. Su armamento principal fue de 7 "rifles Whitworth. Este era un típico diseño de Laird y recordar a uno de los diseños similares holandés o el Huáscar peruano.
Finalmente, también había ordenado a la Medusa y Tritón. Estos buques de guerra acasamatadas pequeños estaban armados con cuatro cañones cada uno, y tenía una velocidad de nueve nudos. Al igual que la mayoría de los acorazados de esta guerra, que estaban armados con 4,5 pulgadas de hierro forjado, y que terminan como los barcos brasileños. Estos dos se convertiría en el Herval y Mariz E. Barros, respectivamente. Cabe señalar que las fuentes modernas, como los estudios académicos, varían ampliamente en estimando el tamaño y la conducción de la política militar del Paraguay. Por ejemplo, el número de acorazados ordenó en Europa por López variar de cinco, cuatro, dos, a ninguno en cuatro diferentes fuentes bastante confiables.
López abrió la guerra contra el Brasil con el lanzamiento de un coche al norte en el Mato Grosso, que disfrutó de un éxito rápido. Botín de guerra mucho más tarde sería enviado hacia abajo para ayudar a la defensa paraguaya. López siguiente decidimos ir en coche al sur-este, hacia Uruguay. La forma más fácil sentar a través de territorio argentino y después de pedir formalmente y se les niega el derecho de tránsito, declaró la guerra y entró de todos modos. Esperando que las facciones de dividir la Argentina, se sorprendió al encontrar a un nuevo enemigo en su flanco. Pero López demostraría ser un líder de guerra pobres, incluso si hubiera un pueblo que luchó valientemente durante todo el Paraguay y su régimen, y para mantener el "extranjero" a los brasileños de conquistar su país.
El 1 de mayo se firmó un acuerdo con Brasil, Argentina, y el nuevo gobierno de Uruguay para combatir Paraguayhence el nombre de "La Guerra de la Triple Alianza", ya que es el más conocido. Ambas partes se movilizaron, con Brasil ordenar muchos buques de guerra acorazados nuevos astilleros extranjeros, así como los astilleros nacionales. López ordenó a su ejército principal de Corrientes, Argentina. Loren Scott Patterson cita a un historiador alemán de esta fase de la guerra,

La campaña en Corrientes fue una guerra de movimientos, sin grandes batallas o decisivo. . . Los argentinos, que llevó la peor parte de toda la lucha en este teatro (en esta primera etapa), realizó operaciones de retrasar la habilidad, ganando tiempo para la concentración del ejército aliado. Fue a López para forzar a la lucha y en esto ha fallado.
Brasil jugó su mejor carta, y le envió la flota de río de madera cargados de tropas. Esta capacidad de moverse por el río flanqueado efectivamente los movimientos militares de Paraguay. Una incursión temprana en realidad temporalmente Corrientes recuperó, obligó a Paraguay a detener su avance por el este avance riveran que la había llevado hasta la frontera con Uruguay.
López, que había llegado para tomar personalmente el mando, ordenó a su flota para atacar a la escuadra brasileña anclado cerca. Por lo que ocurriría la batalla de Riachuelo en Domingo, 11 de junio 1865. López reconoció que la derrota de la flota brasileña sería clave para lograr la victoria y permitir el avance del Paraguay para continuar. Si bien no se incluía ninguna acorazados, queremos dar cuenta de esta acción, ya que aparece de forma incorrecta en otras fuentes de la batalla.
Almirante López era el mayor contralmirante Pedro Ignacio Meza. En una reunión con él y otros altos funcionarios, se determinó que el mejor asalto sería un ataque sorpresa por la mañana temprano 03:00-04:00. El plan establecía que nueve buques de guerra de madera, todos menos uno se paddlewheeled, aguas abajo de vapor, seis de remolque "chatas" (un pequeño de 35 o 40 toneladas redondeadas barcaza sin fuerza motriz llevar un arma de grueso calibre, por lo general un 68 libras, aunque dos llevaban una 80 libras), y avanzar a través de la flota brasileña de disparo a menudo y rápidamente, entonces la reforma por debajo del enemigo, avanzar contra la corriente y hacer que cada bordo de un barco un barco enemigo. La tripulación del buque paraguayo se ha desarrollado por 500 de infantería. Un error fundamental existido desde el principio por no atacar directamente a los barcos brasileños como al vapor por ellos sólo les alerta y posiblemente causar algún daño. La chata se capturará la imaginación de Europa, y como señala Martin'', se describe como un dispositivo de nueva guerra ingenioso. "
El ataque real se llevó a cabo por ocho buques de guerra y seis chatas con una velocidad de flota de unos diez nudos y una velocidad del río de unos dos nudos. Siendo casi exclusivamente paddlewheeled, se descubrió que los buques de guerra brasileños tornillo eran más maniobrables y era difícil de abordar desde un buque de guerra paddlewheeled (sólo el Amazonas brasileño se estrella paddlewheeled). Además, la mayoría de las máquinas de los barcos paraguayos fuera del agua y son más vulnerables a los golpes. La flota brasileña tenía, además de la insignia de cuatro tornillos
corbetas y cuatro cañoneras tornillo. Ninguno de los buques de guerra acorazados. La escuadra de nueve buques brasileños montados 59 armas de fuego para el Paraguay 44.
La flota brasileña era nominalmente bajo el mando de Tamandaré, pero él estaba en la parte posterior organización de la logística necesaria para la campaña. La escuadra brasileña del río estaba bajo el segundo al mando Contralmirante Barroso da Silva, que había tomado medidas para evitar ser sorprendido. Se dispuso así en una larga fila en el lado sur del río, lejos y fuera del alcance de algunos ocultos (y desconocido para los brasileños) baterías de la costa paraguaya en la orilla opuesta. Los paraguayos se retrasaron en su recorrido aguas abajo y terminó atacando a unos 09:00 al igual que la misa estaba a punto de llevarse a cabo en las naves brasileñas. Alarma se dio y fue Cuartel General sonaba. Sorpresa se había perdido.
En el curso de la ejecución de la flota brasileña, la flota paraguaya sufrió el mayor daño con una nave desactivado temporalmente. Las pérdidas brasileñas fueron menores. Meza ahora decidió cambiar su plan de ataque. Como lo señala Patterson, "no era sano para alterar un plan del Jefe / Presidente, a pesar de que López estaba a salvo de Humaitá y desinformados en cuanto a cómo la batalla se estaba desarrollando. Meza tenía un montón de razones para un cambio. No había sorpresa, fue asesinado a tiros fuera, y, posiblemente, en ese momento se descubrió que alguien había olvidado de llevar la pieza metálica de sujeción (s)! "
Meza decidió anclar por debajo de la flota brasileña cerca de algunas de las baterías de la costa paraguaya ocultos. El chatas fueron lanzados sueltos y anclado cerca de la orilla. Esto se completó con alrededor de las 10:00. Ambas flotas estaban ahora claramente al margen de sus bases. Barroso planteó dos señales, una lectura "Brasil espera que todos cumplan con su deber" y "atacar y destruir al enemigo en el rango más cercano posible." La flota brasileña al vapor sobre el enemigo a unos 10:50 más o menos en línea por delante.
El tercer barco de la línea era el buque insignia, Amazonas. Barroso sacó de la línea para poder actuar de manera independiente, pero los barcos detrás de él, en lugar de seguir los dos barcos de plomo, seguido del Amazonas. Por el momento se rectificó, las dos primeras naves brasileñas se encuentran entre la flota paraguaya. La segunda nave, el Jequitinhonha ocho armas, trató de recuperar la posición con el Amazonas, y en su defecto, avanzada de la flota paraguaya y corrió firmemente encallado en un banco de arena. Que acabaría siendo destruida por las baterías enemigas en tierra en la batalla.
El Belmonte nave de plomo, ahora solo, al vapor más allá de la flota enemiga y todo varado misma para evitar su hundimiento a las 11:55. Perdió 9 muertos, 23 heridos, y había sido golpeado 37 veces.
El Amazonas se había cerrado por su parte a unos 50-100 metros de la flota enemiga y procedió a verter sobre. Meza corrió hasta una señal de su flota a bordo, pero no pudieron debido al intenso fuego. Después de un intenso intercambio, la escuadra brasileña se encontraba por debajo de la flota paraguaya y tratando de encontrar agua lo suficientemente profunda para dar la vuelta y el vapor de vuelta río arriba. El arma Parnayba seis, que era la nave de cola, señaló que el Jequitinhonha era difícil encallar y vio a tres naves paraguayas intentar su tablero (un intento de golpe de ella).
Así que el pequeño Parnayba hizo un giro en el estrecho río en ese punto y tierra, dañando su dirección. A medida que la ayuda al vapor hasta el Jequitinhonha un tiro con discapacidad su timón y fue a la deriva, bajo el fuego, en medio de la flota enemiga. Un intento de subir a bordo se hizo ahora, en la que el Parnayba embistió y hundió un buque paraguayo, el Paraguarí, pero fue abordado con el tiempo. Ellos ganaron el control de la cubierta, que es cuando descubrió que no podía conducir. La tripulación se mantuvo por debajo de Brasil y se hicieron los preparativos para hacer estallar el polvorín.
Por ahora Barroso había encontrado un lugar en el río para a su vez, lo que hizo, y corrió hasta el río para continuar la lucha. Como lo señala PL Scott, "había Almirante Barroso nunca consideró abandonar la lucha." Barroso acusado de dos naves siguientes, directamente hacia la batalla en torno al Parnayba. Con metralla de las Amazonas matando y mutilando a muchas de las fronteras de Paraguay, el "marineros e infantes de marina provienen de las bodegas y lucharon con éxito por la cubierta principal."
La próxima Amazonas embistió dos buques paraguayos, los incapacita, y luego completó la derrota de la armada paraguaya por el hundimiento o la captura de los chatas. Fue entonces, con la flota paraguaya de retirarse, que trató de capturar el Jequitinhonha varados. Meza fue herido durante el intento. Sólo cinco barcos de guerra del Paraguay lo hizo de nuevo el río y la búsqueda de Brasil fue poco entusiasta.
La Meza ancianos se mueren de sus heridas, pero no antes de recibir el siguiente mensaje de López, "Dile a Meza que tan pronto como se recupere, será fusilado por cobardía y por no llevar a cabo mis órdenes para no abandonar la batalla en cualquier las circunstancias. " Alrededor de 200 paraguayos murieron, mientras que Brasil perdió 104 muertos, 40 desaparecidos y 148 heridos y Jequitinhonha.
Después de la batalla de Riachuelo, en combinación con tres compromisos poco después con baterías de la costa paraguaya que no dio lugar a pérdidas de buques, pero algunas víctimas, una decisión se llegó por el Almirante Tamandaré. Quería que la flota aliada no avanzar más allá de las posiciones enemigas y la costa ", lo que (se) de las comunicaciones". Esto en gran medida influiría en el desarrollo naval de la guerra desde hace algún tiempo por venir.
Sin embargo, con esta derrota, combinado con la destrucción de cerca de 18.000 soldados paraguayos, entre ellos 5.545 que se rindieron en Uruguayana, la ofensiva de López en Brasil y Argentina había terminado. Ahora estaba llevando a cabo una defensa, y la guerra muy sangrienta. A partir de 1866 él estaba pidiendo esclavos para ser liberado de las plantaciones para luchar en su ejército y la marina. A finales de 1866 unidades de voluntarios de 10 a 14 años de edad los niños se están incorporando a las unidades militares. En abril de 1867 la contratación activa de 12 a 15 años chicos viejo estaba en su apogeo, e incluso algunas mujeres lucharon, aunque la mayoría corrió el frente interno. Consorte de López, nacido en Irlanda Eliza Lynch, formado cuerpo de una mujer y, una vez que, vestido como un coronel ", en realidad llevaba una carga de caballería!"
Las tropas brasileñas que llevaban el peso de la ofensiva aliada y que hacen un gran uso de los esclavos que ofrece la libertad si se lucha en la guerra. El avance de los ríos podría ser muy lento y que duraría hasta la muerte de López en 1870, en parte debido a la valentía de fanáticos de los paraguayos. Los brasileños se vieron sorprendidos por la ferocidad de estos ataques sangrientos, que aunque resulta casi siempre en las victorias aliadas, aún sería costoso para ambas partes. Combinada con la enfermedad, las bajas en general se dispararía.
Apoyar el avance aliado sería la flota brasileña férrea que ofrece otro ejemplo de la influencia de la guerra civil americana en la guerra naval y fluvial. El obstáculo principal era reducir o neutralizar Humaitá, que protegía el río Paraguay y el interior del país detrás de él que tenía "extensos pantanos y marismas." El objetivo era la captura de Asunción y la destitución de López. Para lograr esto, Humaitá (India para "la piedra es ahora negro") deben ser forzados a renunciar o aprobada por una gran fuerza naval que puede ser suministrado.
Corrientes en 1866 había caído a los aliados y se estaba preparando para el siguiente avance. El Brasil y Tamandaré abordó por primera vez posiciones paraguayas debajo de Humaitá, conocido también como el plano o Paso de la Patria. Una serie de pequeñas escaramuzas ya se llevó a cabo a medida que más acorazados llegó. Los paraguayos de vez en cuando se envíe un chata o un buque de guerra para poner a prueba los barcos brasileños. Pronto se dieron cuenta que un 68 libras no podían penetrar los acorazados brasileños.
Sin embargo, el 27 de marzo uno de estos compromisos que participan de la Bahía y el acasamatadas Tamandaré y Barroso. El registro oficial de Brasil declaró

La Bahía acorazados Tamandaré y se acercó a la plana para que el silencio. El piso continuaron disparando sobre los blindados y dos bolas entran en la caja cuadrada de la Tamandaré puesto treinta y cuatro hombres fuera de combate, diez asesinados (entre ellos su capitán) y veinticuatro heridos, el número mayor gravedad. La Bahía tomó posición cerca de la fortaleza, y sus primeros disparos rompió el cañón paraguayo. El acorazado Barroso, que también fueron a destruir el piso, había seis hombres gravemente heridos, todo en su caja cuadrada. La Bahía monitor. . . no informó de bajas, excepto las heridas de la Commodore, mientras que fuera de la torreta. Estos dos buques fueron alcanzados, respectivamente, por veinte y treinta y nueve de 68 libras pelotas a corta distancia.
Una serie de maniobras ahora trascendió que obligó a esta posición. Un movimiento como el que participan transportar más de 42.000 hombres, armas de fuego 90, y los caballos de acompañamiento y suministro de río arriba a su vez una posición paraguaya. El 1 de septiembre y 2 de 1866, un bombardeo de las fortificaciones en Curuzú provocó la peor derrota aliada hasta la fecha, la del nuevo acorazado Río de Janeiro. Fue alcanzado por disparos y fueron traspasados ​​de dos veces antes de explotar por lo menos una y posiblemente dos minas, llenando rápidamente y se hunde en el río. Su capitán se perdió, y según lo informado por Meister, junto con 52 hombres y oficiales, mientras que 61 sobrevivieron. La fortaleza fue atacada por el ejército el 03 de septiembre.

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En el cuarto, el siguiente fortaleza fue bombardeado en Fort Curupaytí, con la recepción de Barros Lima 40 hits y el Brasil de ser golpeado 38 veces. Un asalto de la tierra más tarde el 22 de septiembre, con el apoyo de la flota fue rechazado sangrientamente e indirectamente llevó a la ayuda de Tamandaré por el vicealmirante José Ignacio Joaquim. Ignacio, junto con Tamandaré, que demostrar que estaban dispuestos a luchar, pero no fueron demasiado agresivos. Ninguno de los comandantes brasileños demostraría ser Farraguts de fuego en el curso de la guerra.
La guerra ahora se centró en Humaitá y Curupaytí. Estos espalda con espalda fuertes en el mismo lado del río, empleó a miles de hombres en defensa, más de 178 cañones, y algunos fabricados localmente cohetes Congreve estilo. Sin embargo, estos cañones eran a menudo anticuados y muchos no tienen en el río. También estuvieron presentes tres cadenas se extiende a través del río, apoyado por los campos de minas (incluyendo algunos con control eléctrico).
Los fuertes sería bombardeado en varias ocasiones, aunque Ignacio tenía que ser directamente la orden de hacerlo. Fue el 29 de diciembre 1866, la flota brasileña de nuevo bombardeada Curupaytí sin ningún resultado. Los ataques se repitieron el 2 y 8 de febrero de 1867, así como 29 de mayo y 24 junio de 1867. El capitán de la Silvado fue asesinado en el ataque del 2 de febrero.
Finalmente, el 15 de agosto de 1867, Ignacio pasó el fuerte baja en Curupaytí con una escuadra mixta de madera y riguroso, que consta de nueve monitores y otros blindados, junto con una chata, los siete barcos de madera y dos vasos de mortero, y tarda aproximadamente dos horas. Hecho en la luz del día, la escuadra brasileña gasta 665 tiros de concha y se vieron afectadas 256 veces, la pérdida de 10 muertos y 22 heridos. Durante la acción de la Tamandaré tenía su motor y fue remolcado con discapacidad a través de la Silvado. La operación se repitió el 9 de septiembre, y nuevamente el 13 de febrero de 1868. Una línea de suministro en tenue se estableció entre los dos fuertes enemigos. Se estaban preparando para el "Gran Juego", el paso de Humaitá.
Antes de eso, los paraguayos trataron de hostigar a los barcos brasileños por el montaje de un arma rayada grande el 26 de septiembre de 1867, pero se vieron obligados a retirarlo del fuego de la Tamandaré y Bahía. Además, se trasladaron cerca de 18 armas de fuego de Fort Curupaytí a Humaitá, por lo que los brasileños tienen que pasar dos veces. Durante todo este tiempo las operaciones de tierra estaban en curso y Humaitá se redujo finalmente fuera de una conexión terrestre con Asunción.
La decisión fue tomada finalmente a forzar el paso en la noche del 18/19 de febrero. La fortaleza se aprobó por seis acorazados. Tres barcos más grandes sería más cercano a la fortaleza con tres monitores diminuto atado a su lado. Estos monitores de pequeño, tenía una sola arma de fuego en un buque de 342 toneladas propulsados ​​por motor de 30 hp. Los tres barcos más grandes fueron, en orden de avanzar, la Bahía Barroso, y el Tamandaré. Atado a ellos el Río Grande, Alagoas, y Para el. La nave principal era comandado por el ex secretario, al almirante Tamandaré, el capitán Mota, quien después de leer de Farragut, quería emular. El comando general fue dado a Contralmirante DC de Carvalho en la Bahía.
Ante el avance comenzó en serio, varios acorazados procedió a subir el río y abrieron fuego contra las defensas paraguayas. Otros fueron colocados justo debajo de Humaitá y disparó contra el enemigo también. El escuadrón programado para continuar por los fuertes comenzaron a cocer al vapor en la posición a las 23:00 del día 18.
Como el paso de los fuertes estaba en marcha, con cohetes de señalización del ataque, la orilla del río cobró vida con disparos de cañón de 98, incluyendo uno que disparó "proyectiles pesa 420 libras." Objetivo era la ayuda de grandes hogueras encendidas en la costa y la luna era también para ayudar a los disparos. Las cadenas, plumas, y los campos de minas no ayuda esta noche en el río fue particularmente alto, razón por la que los brasileños decidieron hacer el intento.
La pareja se las arregló para llevar vapor de agua pasan rápidamente de la fortaleza y el Barroso fue golpeado dos veces. Últimos manera parte, los azotes de la Alagoas a la Bahía se rompió, y el Alagoas comenzó a la deriva río abajo. Haciendo caso omiso de la orden de retirarse, ella siguió adelante. El doble de la corriente del río se la llevó de vuelta por el río, la primera vez que lleva todo el camino de regreso a la escuadra de apoyo de Brasil, donde chocó con el Herval! Que no terminan por pasar fuera del alcance enemigo arma a 06:30. Ella fue golpeado esa noche alrededor de 180 veces. Su armadura de 4,5 pulgadas con 15 pulgadas de respaldo de la teca (con una media pulgada adicional de "piel" de las placas) fue herido 12 veces y su torreta de 6 pulgadas, respaldado por 10 pulgadas de madera de teca, también con una piel de media pulgada adicional, fue herido dos veces. La "torre estaba muy dañado, casi todos los tornillos que se rompe, y la madera de respaldo de estar mal aplastada en varios lugares."
Mientras tanto, su consorte de la Bahía estaba teniendo un momento difícil de la misma. Carvalho quiso retirarse en un momento dado y en realidad chocó con el párrafo, que una vía de agua. 04:50 Por estuvieron a salvo del pasado con el sufrimiento Tamandaré 120 hits.
Empujando más río arriba en los próximos días, estos buques que realizan diversas fortalezas, que culminó el 24 de febrero 1868 con el Barroso, Bahía y Río Grande que llegan de Asunción. Se procedió a bombardear el arsenal naval y el Palacio Presidencial, aunque López ya habían evacuado los elementos clave de la ciudad. Con este éxito, la guerra naval que empiezan a llegar a su fin, y los días de López que estar numeradas.
Humaitá era ahora totalmente rodeada y asediada y López se habían retirado hacia el norte con una gran fuerza. Pero los paraguayos la próxima intentó un ataque por sorpresa. El 2 de marzo de 1868, 200 hombres del Cuerpo de Bogabantes (Canoa remeros Corps), el 24 de canoas disfrazados (se hacen aparecer como masas flotantes de jacintos) bajó en dos acorazados de piquetes, el Barros Lima y Cabral. Un brasileño, guardiamarina José Roque da Silva, tal como se describe en un artículo de Ricardo Bonalume Neto, decidió investigar las masas y no regulares y gran cantidad de vegetación flotante por el río. Rápidamente se vio que eran un enjambre de hombres. Mientras que para dar la alarma, el Barros Lima fue abordado y su capitán estaba en cubierta. Era un hombre pequeño y "fue capaz de mover su camino hacia el interior de su nave a través de un ojo de buey". El comandante de la división a bordo no tuvo tanta suerte y murió espada en la mano en ese mismo piso. En la acción posterior a la acorazados abotonado y la metralla de los buques que lleguen muertos o dispersos a más de 150 hombres, por la pérdida de ocho muertos y los heridos 52.
Más tarde, el 22 de marzo, dos de los restantes buques de guerra de madera de la marina de guerra del Paraguay fueron hundidos por cuatro acorazados mientras está acostado bajo las armas de un fuerte paraguayo. Esto fue logrado por los brasileños con poco en el camino de la pérdida. El último de los barcos de madera paraguaya sería quemada, luego de ser desarmado, como los brasileños se les acercó el 18 de agosto de 1869.
Otro ataque fue remero por casualidad el 9 de julio con 240 hombres. El Barroso, y el pequeño Río Grande fueron atacados. El Barroso fue abordado, pero el río Bravo ayudó a aclarar su cubierta y los atacantes fueron rechazados. Las pérdidas del Paraguay eran pesados ​​y 24 prisioneros. Los brasileños perdieron un muerto y 12 heridos.
El final estaba limpio. La guarnición de Humaitá se escapó el 24 de julio de 1868, con los aliados que entrar en el 25. En el interior se encontraron 144 de hierro, el bronce de 36 años, y ocho cañones otros. Perseguido, la guarnición desesperado de 1.324 hombres y mujeres se vio obligado a rendirse el 05 de agosto. López tuvo la esposa del comandante ejecutado por esta entrega que él consideraba como una traición. El anterior comandante de Humaitá, los ciegos el coronel Paulino Alen antes había intentado suicidarse. Que habían sido evacuados de la fortaleza, y algunas cuentas dicen que fue ejecutado hoy, aunque todavía sufría de sus heridas.
El resto de la guerra se puede resumir como un continuo avance en Asunción y la búsqueda de López. Los tiempos de la flota de varias ciudades del Brasil pasó arriba y abajo del río, a veces a la capital paraguaya. Contratado por fuertes varias veces, sus acorazados se verían afectados, pero no está dañado. Esto culminó en el traslado de la armada brasileña el 4 de diciembre de 1868 a la retaguardia del ejército de López. Una serie de batallas se libraron, culminando con la derrota de Paraguay en diciembre 20 al 27 en Ita-Ibaty. En ese mes de la lucha contra más de 7.000 aliados y más de 10.000 paraguayos habían muerto. El 01 de enero 1869 Asunción ha sido proporcionada por los brasileños.
Como lo señala Meister,

López se retiró de los ríos, controlado por la flota brasileña. . . López quiso prolongar la guerra hasta que no se disensiones entre los aliados y no pudo encontrar la seguridad en Bolivia. Se obligó a la población civil a seguir su retiro al desierto, causando la muerte de cientos de miles de mujeres, niños y ancianos. Miles de personas fueron ejecutadas por la simple sospecha de estar en desacuerdo con su política de tierra quemada. . .
López finalmente sería asesinado en una pequeña acción el 1 de marzo de 1870 y la guerra terminaría poco después. Considerado por algunos como la primera de la actual "guerra total", dijo que es muy de la determinación del pueblo paraguayo para la lucha, pero no hablan bien de el líder que había seguido, muchos de ellos hasta la muerte. La poligamia fue adoptado temporalmente después de la guerra para ayudar a repoblar la misma.
La guerra misma había sido llevada a cabo por los aliados como una guerra de río, una reminiscencia de la guerra civil americana. ''Se demostró la superioridad de la armadura sobre la capacidad de penetración de la bala de cañón, que el buque brasileño blindados y monitores para pasar, relativamente impune, ni siquiera las barreras más fuertes del Paraguay. "Este fracaso de la pistola para asestar golpes decisivos contra las naves enemigas anima el uso de embestir a principios de la guerra, cuando una flota paraguaya existido, así como el nuevo concepto de alimentación en esta edad moderna ahora.
Irónicamente, López murió espada en la mano mientras trataba de escapar de la destrucción de sus últimos magros "ejército" con el grito de "Muero por mi patria" en los labios, a pesar de que más que cualquier otro hombre, casi literalmente, lo destruyó. Él es un héroe homenajeado hoy en su país de origen "y la guerra de 1864-1870 es la epopeya nacional de Paraguay."

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Brasil mantuvo un arma naval actualizada poco después de la Guerra de la Triple Alianza, ya que esta rara oportunidad de Marechal Floriano, en la década de 1880 muestra claramente. (Vittorio Tagliabue)

Libro: Ironclads at War : the origin and development of the armored warship, 1854-1891 / Jack Greene, Allessandro Massignani.

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Re: La Guerra del Paraguay, 1865-1870

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 11, 2013 8:46 am

Invasión paraguaya de Corrientes


La Invasión paraguaya de Corrientes, también conocida por los paraguayos como Campaña de Corrientes, ocurrida en 1865, fue la segunda fase de la Guerra del Paraguay, durante la cual el ejército del Paraguay ocupó militarmente la ciudad de Corrientes y varias localidades del este de la provincia de Corrientes. Pese a no haber ocurrido en territorio de Corrientes, también la ocupación paraguaya y sitio de Uruguayana, en Brasil, forma parte de la misma etapa de esta guerra.
Como resultado de la invasión, la Argentina y el Uruguay entraron en la guerra, que ya se había iniciado entre el Paraguay y el Brasil, firmando con éste último país la llamada Triple Alianza. La invasión resultó un absoluto fracaso, y dio paso a la invasión del territorio paraguayo por las fuerzas de la Triple Alianza.

Antecedentes
A principios de la década de 1860 se produjo un avance del liberalismo en la Argentina y el Uruguay, que culminó con la llegada al poder en ambos países – y en ambos casos por medio de una guerra civil – de líderes militares y políticos liberales al gobierno; en la Argentina asumió el gobierno en 1862 el general Bartolomé Mitre, que ayudó al general Venancio Flores a llegar al poder en 1865. Mitre y Flores eran aliados del Imperio del Brasil desde mucho antes; el jefe uruguayo sólo pudo llegar al gobierno con la ayuda de la Invasión Brasileña de 1864.
Ante tal avance de las fuerzas liberales y de la influencia del Imperio, el gobierno paraguayo del mariscal Francisco Solano López – socialmente conservador, aunque económicamente puede ser interpretado como estatista – interpretó que a continuación el Brasil y la Argentina intentarían un ataque, tendiente a instaurar también en ese país el liberalismo. Por otro lado, López tenía ciertas pretensiones de influir en las políticas de los demás países de la cuenca del Río de la Plata.
La invasión al Uruguay por parte de Flores, y el apoyo recibido por sus dos vecinos motivó a López a exigir la retirada de las fuerzas extranjeras de ese país, y por otro lado, también el gobierno uruguayo pidió ayuda a López. Pero la estrategia de éste en relación con la situación en el Uruguay fue poco coherente: privilegió los planes estratégicos y la resolución de conflictos de límites con el Brasil en su frontera norte, en lugar de acudir cuanto antes en auxilio del gobierno uruguayo. El 11 de noviembre de 1864 comenzó la Campaña del Mato Grosso, primera fase de la llamada Guerra del Paraguay.

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Retrato del presidente del Paraguay, mariscal Francisco Solano López.

La invasión al Mato Grosso fue un completo éxito, pero – en el mismo lapso – la resistencia del gobierno blanco en el Uruguay fue doblegada, y el general Flores asumió el gobierno en ese país.
Entonces López solicitó permiso al presidente argentino Bartolomé Mitre para que sus tropas atravesaran la provincia de Corrientes rumbo al río Uruguay, tanto para reiniciar la guerra civil en el Uruguay, como para atacar territorio brasileño, en el estado de Río Grande del Sur. El argumento que esgrimió López era que Mitre se declaraba neutral en el conflicto entre el Paraguay y el Brasil, al igual que lo había hecho entre los bandos contendientes en la guerra civil uruguaya. Y que, dado que había permitido a tropas rebeldes uruguayas y a la marina de guerra brasileña cruzar territorio y aguas jurisdiccionales argentinas, podía esperar la misma autorización para que tropas paraguayas se dirigieran hacia Brasil o el Uruguay.
Pero Mitre negó completamente tal permiso, argumentando que la neutralidad lo obligaba a no permitir el paso de tropas por territorio propio.
Esta negativa causó la declaración de guerra de parte de López al gobierno de Mitre, y la invasión paraguaya de Corrientes.

Los planes de López
El éxito paraguayo en la invasión del Matto Grosso sólo había significado la ocupación de varias plazas, algunas en litigio con el Brasil. Este territorio no tenía prácticamente comunicación terrestre con el resto del territorio brasileño, de modo que las tropas paraguayas no podían continuar avanzando en territorio enemigo, para obligar al Brasil a rendirse o negociar. De modo que si el Paraguay quería lograr algún resultado en relación con el Uruguay, o debilitar a su ejército para evitar posteriores ataques a territorio paraguayo debía continuar la guerra en otro frente. La elección inevitable era el estado de Río Grande, a través de territorio de la provincia de Corrientes.
Antes de la negativa de Mitre, el plan de López era concentrar sus fuerzas en la costa del río Uruguay, para atacar directamente el Brasil, o ingresar a territorio uruguayo. Pero, una vez declarada la guerra a la Argentina, se imponía evitar que el Ejército Argentino evitara el avance paraguayo, efectuando una maniobra de distracción mientras se producía el avance por la costa del río Uruguay. El medio elegido fue ocupar la ciudad de Corrientes, estrategia que además permitiría controlar el curso superior del río Paraná, dejando abiertas las comunicaciones a través de la Provincia de Corrientes.
En algún momento entre la decisión de invadir y el avance de las tropas, López decidió utilizar las tropas que ocupaban la capital de la provincia invadida para apoyar el avance de la columna del río Uruguay. De modo que, en lugar de concentrar la mayor parte de los efectivos en esta última columna, formó con solamente unos 12 000 hombres este ejército, mientras enviaba más del doble – unos 25 000 soldados – a operar sobre el río Paraná.
Antes de iniciar las acciones, López envió al teniente Cipriano Ayala a trasmitir al gobierno de Buenos Aires la declaración de guerra, que había sido oficialmente declarada el 18 de marzo de 1865 y publicada en Asunción una semana más tarde. Dado el largo trayecto que debía recorrer este oficial, el ataque sería lanzado después de la fecha prevista de entrega de la declaración de guerra pero antes de la llegada de la noticia de este hecho de regreso a territorio paraguayo. Esto último se debía a que López deseaba evitar que el ejército argentino, particularmente desorganizado y falto de equipamiento, tuviera tiempo de reaccionar.
Pero la misión del oficial que llevaba la declaración de guerra atravesó muchas complicaciones, de modo que el público argentino se enteró primero de la invasión de Corrientes, y sólo después de la declaración de guerra. De modo que Mitre pudo utilizar esta desinformación del público para enardecer a la opinión pública y exigir venganza por el supuesto ultraje paraguayo de haber atacado sin previa declaración de guerra.

Ocupación de la ciudad de Corrientes
Al amanecer del 13 de abril de 1865, se presentó ante la ciudad de Corrientes una escuadra formada por cinco embarcaciones a vapor de bandera paraguaya, con 2500 hombres de desembarco al mando del comandante Pedro Ignacio Meza. Pasaron ante la ciudad en dirección sur, luego viraron nuevamente hacia el norte y atacaron a los vapores de guerra argentinos 25 de Mayo y Gualeguay, que se encontraban en el puerto de la ciudad por reparaciones. El 25 de Mayo tenía a bordo una tripulación de 80 hombres y montada aún su batería, pero el Gualeguay estaba en tierra, desarmado y con sólo una guardia al mando del subteniente Ceferino Ramírez. La tripulación de dos de los buques abordó los buques argentinos, y — tras una refriega que costó algunas bajas — los capturaron. Al siguiente día unos 3.500 o 4.000 hombres desembarcaron y ocuparon la ciudad.

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La ciudad de Corrientes en la actualidad.

Comandaba las tropas el general Wenceslao Robles, que tomó el control de la ciudad, mientras el gobernador Manuel Lagraña la abandonaba al frente de unos pocos soldados de la guardia de la casa de gobierno.
Por la tarde, mientras una columna de 800 hombres de caballería llegada por tierra ingresaba también en la ciudad, Robles reunió una asamblea popular, aparentemente formada exclusivamente por miembros del partido federal, y opositores al gobierno nacional, que era detentado por continuadores del partido unitario. Ésta nombró un gobierno provisorio, formado por Teodoro Gauna, Víctor Silvero y Sinforoso Cáceres. En la práctica, la acción política local la llevaba adelante Cáceres, mientras que en lo referido a asuntos comerciales y relaciones con el Paraguay, el triunvirato se limitaba a refrendar las indicaciones de los comisionados paraguayos José Bergés, Miguel Haedo y Juan Bautista Urdapilleta.
En un principio, los líderes del Partido Federal en la capital apoyaron la ocupación paraguaya, como aliados en su pretensión de recobrar el dominio político perdido a fines de 1861, tras la batalla de Pavón y la revolución correntina. Entre ellos se destacó el coronel Cayetano Virasoro, aunque posteriormente fue acusado de haber prestado colaboración a los paraguayos.
En los días siguientes, las tropas paraguayas continuaron recibiendo refuerzos, hasta llegar a algo más de 25 .000 hombres.
Por su parte, Lagraña puso en estado de asamblea la población de la provincia y convocó a las armas a toda la población masculina entre los 17 y los 50 años de edad. Encargó al coronel Desiderio Sosa la organización militar de la capital y sus alrededores, y se instaló en el cercano pueblo de San Roque. Allí logró reunir unos 3500 voluntarios, muchos de los cuales sin ninguna experiencia militar, y con muy poco armamento.
Unas semanas más tarde, se unió a Lagraña el general Nicanor Cáceres, llegado de la zona de Curuzú Cuatiá, que aportó unos 1.500 hombres más, casi todos veteranos.
La presencia del lado del gobernador de Cáceres, que — pese a su ambiguo historial — era considerado perteneciente al Partido Federal, enfrió el entusiasmo federal por los invasores, y los privó de todo apoyo en el interior de la provincia. De todos modos, a medida que el ejército paraguayo comenzó su avance hacia el sur, Lagraña y su ejército debieron retirarse, hasta instalarse en Goya.
En la madrugada del martes 11 de julio de 1865, partidas paraguayas secuestraron en sus domicilios a Toribia de los Santos, Jacoba Plaza y su pequeño hijo Manuel, Encarnación Atienza, Carmen Ferré Atienza con su hija Carmen, y Victoria Bar, esposas de algunos de los principales líderes de la resistencia correntina.1
La ocupación de Corrientes fue dura para sus habitantes. Coincidente con otros historiadores y testigos de la época (Pedro Igarzábal, Gregorio y Juan Vicente Pampín, los investigadores Manuel Florencio Mantilla y Hernán Félix Gómez) Wenceslao Domínguez en su ensayo histórico La toma de Corrientes afirma que en la ciudad ocupada "La menor sospecha era suficiente para el juicio sumarísimo si lo había, y el más leve motivo de patriotismo argentino era castigado con la pena de muerte. Sería largo detallar las condiciones de la tétrica ida en Corrientes; y además, es también bastante conocida".
Por su parte, el historiador Antonio Emilio Castello afirma en su libro Historia ilustrada de la provincia de Corrientes que "La ciudad de Corrientes arrastró una miserable existencia sumida en el temor de las delaciones, de los atropellos y del cautiverio en las cárceles paraguayas. Un día los invasores llevaron a cabo una feroz matanza de indios chaqueños en las calles de Corrientes. Los pobres indígenas vendían desde hacía años leña y pasto, de casa en casa, y como algunos de ellos se negaron a recibir papel moneda paraguayo, fueron exterminados a sablazos y balazos en pleno día".


Reacción argentina
La reacción de la población en las grandes ciudades fue de repudio a la agresión, que interpretaba como injustificada y alevosa. La arenga que el presidente Mitre pronunció el día que llegó a Buenos Aires la noticia del ataque – que incluía la después denostada frase ¡En 24 horas a los cuarteles, en quince días en Corrientes, en tres meses en Asunción! – alimentó las ansias de venganza de los argentinos. Muchos jóvenes se apresuraron a enrolarse en los regimientos creados especialmente para la ocasión. Lo mismo ocurrió en Rosario, y en menor medida en Córdoba y Santa Fe.
En cambio, en el resto del país la reacción fue muy distinta. Solamente los partidarios más decididos del partido gobernante reaccionaron públicamente contra el ataque paraguayo.
En particular, la reacción en la provincia de Entre Ríos fue contraria al gobierno nacional. Respetando sus compromisos previos, el gobernador – y ex presidente – Justo José de Urquiza reunió el ejército provincial, de 8000 hombres, y lo trasladó al límite norte de la provincia. Pero al llegar a territorio correntino, en julio de 1865, los soldados, que aparentemente creían que iban a combatir del lado paraguayo, se sublevaron en la llamada Sublevación de Basualdo, desertando en masa. En esa ocasión, el gobierno central se abstuvo de represalias contra los sublevados. Urquiza volvió a reunir unos 6000 soldados de las fuerzas provinciales, que tenían fama de excelentes tropas de caballería, pero éstas se volvieron a desbandar en la Sublevación de Toledo, en noviembre de 1865. Esta segunda rebelión fue duramente reprimida con el auxilio de tropas brasileñas y uruguayas.2
El 1 de mayo se firmaba entre la Argentina, el Uruguay y el Imperio del Brasil la Triple Alianza. La celeridad con que se llegó a un acuerdo hace sospechar a muchos historiadores que el tratado estaba ya preparado de antemano,
Mitre reunió las tropas disponibles en Buenos Aires, Rosario y San Nicolás de los Arroyos, trasladando una fuerte división hacia el norte, a bordo de la flota de guerra. Mientras tanto, ordenó a cada gobierno de provincia que debía aportar un numeroso contingente de fuerzas de infantería, para reforzar las tropas ya alistadas. También fue enviada hacia el norte la mayor parte de las tropas de caballería que prestaba servicios en los fortines de la frontera con los indígenas del sur del país.

Avance paraguayo y fracaso de Paunero
A fines de abril, el ejército paraguayo inició lentamente el avance hacia el sur, siguiendo una ruta paralela al río Paraná. Una tras otra, tomaron las villas de Bella Vista, Empedrado, Santa Lucía y Goya.
Durante el avance paraguayo, las fuerzas correntinas sólo interpusieron algunas acciones menores, como la batalla del 10 de mayo, en que el coronel Fermín Alsina, al frente de 800 hombres, fue derrotado por unos 5000 paraguayos. Nueve días después, el coronel Manuel Vallejos logró detener temporariamente el avance enemigo en el combate de Palmira.

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El general Wenceslao Paunero.
El 25 de mayo, sorpresivamente, una parte de la escuadra aliada apareció frente a la ciudad de Corrientes, y desembarcó una fuerza militar de 725 hombres, al mando del general Wenceslao Paunero. Los cuatro batallones estaban comandados por Juan Bautista Charlone, Ignacio Rivas, Adolfo Orma y Manuel Rosetti; también formaba parte de la división un escuadrón de artillería.
El batallón de Charlone atacó sin esperar la llegada de sus compañeros, y se interpuso entre la flota y los defensores paraguayos, impidiendo el uso de la artillería. Cuando los demás batallones desembarcaron, los argentinos avanzaron hacia la ciudad, luchando casa por casa y calle por calle. Tras una durísima lucha, los paraguayos fueron derrotados y expulsados de la ciudad con unos 400 muertos; los argentinos tuvieron 62 muertos, y decenas de heridos.3
Los paraguayos — comandados por el mayor José del Rosario Martínez — se retiraron hacia Empedrado, reorganizándose y recibiendo a cada momento nuevos contingentes. Una poderosa división avanzaba también desde Paso de la Patria en dirección a la capital. Por otro lado, el general Cáceres se negó a avanzar en apoyo de los reconquistadores, a pesar de la insistencia del general Manuel Hornos, que se había incorporado a sus fuerzas con algunos hombres de caballería. Si bien esta decisión dificultó la resistencia de los hombres de Paunero frente al esperado contraataque, su permanencia en el sur de la provincia evitó que la división paraguaya que había ocupado Goya y Santa Lucía pudiera avanzar hacia el este, a apoyar a las columnas del río Uruguay.
Sin aviso previo, y sin haber hecho ningún uso de las ventajas de su posición militar, Paunero reembarcó toda su tropa en la madrugada del día 27 y abandonó la ciudad. Sólo a pedido del gobernador Lagraña y del general Hornos, Paunero accedió a desembarcar en el extremo sur de la provincia, en el pueblo de Esquina.
Las tropas paraguayas sometieron a una violenta represión a toda la población de la que sospecharon que podría haber prestado ayuda a las tropas de Paunero. El 11 de julio tomaron como rehenes a cinco señoras, esposas de líderes de la resistencia a la invasión, y las llevaron a territorio paraguayo. Cuatro de ellas volverían en 1869, después de haber sido tratadas con extrema dureza, pero la esposa del coronel Desiderio Sosa murió en cautiverio en Asunción. Este hecho reforzó el repudio de una parte de la población argentina contra la agresión paraguaya.

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Re: La Guerra del Paraguay, 1865-1870

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 11, 2013 8:46 am

Batalla del Riachuelo


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La Batalla del Riachuelo.
Una escuadra brasileña estaba apostada a corta distancia de la ciudad de Corrientes, bloqueando el paso de la flota de guerra paraguaya aguas abajo por el Paraná. La formaban nueve buques, casi todos acorazados, y su comandante era el comodoro Francisco Manuel Barroso da Silva.
El mariscal López organizó un plan de ataque a la flota brasileña, que consistía en atacar y abordar la flota enemiga por sorpresa; las naves que huyeran serían bombardeadas desde la costa. Una escuadra de nueve vapores — uno solo de ellos estaba acorazado — comandada por el comodoro Pedro Ignacio Meza, transportaría un total de 500 infantes para la maniobra de abordaje. También trasladarían una gran cantidad de "chatas", especie de botes de borde bajo, con un cañón a bordo cada uno. Pasarían de largo frente a la flota enemiga, protegidos por la oscuridad de la noche y por detrás de una isla que dificultaba la visión, para luego remontar el río y atacar la escuadra enemiga; la orden era barrer la cubierta de las naves enemigas con metralla y fusilería, y luego abordar sable en mano.
Una batería, comandada por el mayor Brúguez y escondida en los bosques de las barrancas al norte de la desembocadura del arroyo conocido como "Riachuelo", debía bombardear las naves que huyeran de la sorpresa. Al sur del mismo Riachuelo se ubicaron, también escondidos en los bosques y en lo alto de la barranca, 2000 fusileros paraguayos, para cumplir la misma misión.
La operación comenzó a la noche del día 10 al 11 de junio. Pero cuando estaban cerca del objetivo, la caldera de uno de los buques se rompió, y Meza se obstinó en repararlo. Cuando finalmente se decidió a seguir camino con sólo 8 buques, ya era de día y se había perdido la sorpresa. De modo que, cuando la flota de Meza pasó de largo frente a la escuadra enemiga, hubo un cruce de cañoneos entre ambas flotas.
A continuación, Meza llegó hasta las cercanías del Riachuelo y atracó bajo las barrancas. Los brasileños los persiguieron y se acercaron al enemigo; en ese momento, la artillería de la costa les causó graves daños, causando la varadura de una de las naves brasileñas.
Pero Barroso hizo jugar a su favor la coraza metálica de su nave capitana, la Amazonas, y embistió a tres naves enemigas, haciéndolas naufragar. Por otro lado, la artillería brasileña inutilizó las ruedas de dos de los vapores paraguayos. Por último, tres de los buques brasileños atacaron sucesivamente a varias de las chatas, echándolas a pique. La batalla estaba decidida y la mayor parte de la flota paraguaya estaba arruinada.
No obstante la amplia victoria conseguida — que fue muy publicitada durante meses, tanto en Brasil como en la Argentina — la flota brasileña no aprovechó la victoria, y al día siguiente levó anclas y partió aguas abajo, hacia las cercanías del pueblo de Empedrado. Es que el objetivo había sido alcanzado: impedir las comunicaciones del Paraguay con el Océano Atlántico.4
La derrota impidió a la columna paraguaya del río Paraná prestar ayuda alguna a la del río Uruguay. Por otro lado, la efímera reconquista de la ciudad y la victoria del Riachuelo levantaron la moral de las tropas argentinas, tanto como deprimieron la de los paraguayos y sus aliados correntinos.


La campaña del Uruguay

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Operaciones terrestres de las fuerzas paraguayas (en negro) y aliadas (en rojo).
Mientras la ciudad de Corrientes era ocupada, una columna de 12 .000 hombres, comandada por el teniente coronel Antonio de la Cruz Estigarribia, se dirigió hacia el este de esa provincia para atacar territorio brasileño sobre el río Uruguay.
El presidente Mitre nombró al general Urquiza, gobernador de Entre Ríos, comandante de la División de Vanguardia, con la misión de enfrentar la columna del Uruguay.
El teniente coronel Estigarribia dividió sus tropas y envió el 5 de mayo al mayor Pedro Duarte, al frente de una pequeña columna de avanzada, a ocupar la villa de Santo Tomé. Cuatro días después, el propio Estigarribia entraba a Santo Tomé e iniciaba el cruce del río Uruguay al frente de unos 6500 hombres, dejando al resto divididos entre la guarnición de Santo Tomé y la avanzada de Duarte, integrada por algo más de 3000 soldados.
Una vez en territorio brasileño, Estigarribia avanzó sin encontrar resistencia hacia el sur, ocupando sucesivamente São Borja e Itaquí. En el ínterin, una columna paraguaya fue atacada y parcialmente destruida en los alrededores de São Borja, en el combate de Mbuty.5 Parte de las fuerzas paraguayas quedaron de guarnición en São Borja, mientras Duarte se dirigía hacia el sur.
Fue en esas circunstancias que se produjo el 4 de julio el desbande de Basualdo, en que las tropas de Urquiza se negaron a luchar contra el Paraguay, al que consideraban su aliado natural.
El general Venancio Flores, presidente del Uruguay desde su triunfo sobre el partido blanco, marchaba a incorporarse a Urquiza al frente de 2.750 hombres. También las fuerzas brasileñas, al mando del teniente coronel Joaquim Rodrigues Coelho Nelly, compuestas de 1200 hombres, se dirigían hacia Concordia. Allí se reunieron el 13 de julio, donde recibieron la orden de Mitre de ponerse todos a órdenes de Flores. A su encuentro fue enviado el 1er Regimiento de Caballería de Línea "San Martín", con 450 hombres, más un escuadrón de artillería oriental con 140 hombres. En total, Flores tenía 4540 hombres, fuerzas que consideró escasas para enfrentar a las dos columnas paraguayas, en caso que se reunieran.
Flores, Duarte y Estigarribia marcharon con lentitud a su mutuo encuentro, mientras los 3600 hombres de Paunero iniciaban una marcha acelerada a través de esteros y ríos, cruzando aceleradamente el sur de la provincia de Entre Ríos, para unirse a Flores. Además marchaban hacia allí 1400 hombres de caballería correntina al mando del general Juan Madariaga. Por último, el coronel Simeón Paiva, con 1200 hombres, seguía de cerca de la columna de Duarte, con orden terminante de no atacar, excepto a escuadrones desprendidos.
Estigarribia desechó la oportunidad de destruir a todos sus enemigos de a uno, al mismo tiempo que desobedeció las órdenes de López, que le indicaban continuar su camino hacia Alegrete.6 El 5 de agosto entró a Uruguayana, donde se dedicó a reorganizar y aprovisionar sus fuerzas, sin prestar ningún apoyo a Duarte. Las fuerzas brasileñas del general David Canabarro, demasiado escasas para atacar a la columna de 5.000 hombres de Estigarribia, se limitaron a estacionarse cerca de la ciudad, sin ser atacadas por el jefe paraguayo.
El 2 de agosto, Duarte ocupaba la actual ciudad de Paso de los Libres. Una semana más tarde, un pequeño encuentro entre sus avanzadas y tropas correntinas causó 20 bajas paraguayas.


La batalla de Yatay

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El general Venancio Flores, vencedor en la batalla de Yatay.
Ante la superioridad numérica del enemigo, Duarte pidió ayuda a Estigarribia, pero éste se la negó.7
El 13 de agosto, sin que Duarte lo pudiese evitar, Paunero y Paiva se incorporaron al ejército de Flores, reuniendo en total cerca de 12 000 hombres: 5550 infantes, 5000 jinetes y 32 piezas de artillería. Duarte tenía poco más de la cuarta parte de esa fuerza: 1980 hombres de infantería y 1020 de caballería,8 sin ninguna artillería
Duarte abandonó Paso de los Libres y tomó posiciones en las barrancas del arroyo Yatay, muy cerca de la villa. Su posición defensiva era buena, sobre todo teniendo en cuenta que no tenía artillería. Pero, debido a que dejaba el arroyo a sus espaldas, en caso de una derrota — que el propio Duarte consideraba muy probable — no sería posible una retirada.9
La batalla comenzó a las diez de la mañana del 17 de agosto, con un apresurado ataque de la división de infantería de Pallejas; Duarte aprovechó el error y contraatacó con casi toda la caballería, causándole cientos de bajas y obligándolo a retroceder. La artillería sólo alcanzó a disparar 50 tiros, antes de tener que hacer alto el fuego, para no masacrar a la división de Pallejas, que se había cruzado en la línea de tiro.10
La división de caballería de Ignacio Segovia atacó a la caballería paraguaya, apoyada por los orientales. Por más de dos horas, la batalla fue exclusivamente de caballería.
Cuando finalmente la infantería aliada pudo entrar en acción, arrolló las posiciones paraguayas. No obstante, los paraguayos resistieron tenazmente durante una hora más. Duarte intentó una desesperada carga de caballería, pero su caballo fue muerto y fue tomado prisionero por Paunero. Más tarde, éste salvó la vida del jefe paraguayo, a quien Flores pretendía hacer fusilar.11 Algunos infantes siguieron resistiendo al norte del arroyo Yatay, pero fueron derrotados por la caballería correntina de Juan Madariaga.
Los paraguayos tuvieron 1500 muertos, y 1600 prisioneros. Solamente unos cien hombres se salvaron cruzando a nado el Uruguay e incorporándose al ejército de Estigarribia.
Entre los prisioneros, Flores encontró varias decenas de soldados uruguayos, partidarios del Partido Blanco que se habían refugiado en el Paraguay; y argentinos federales, que no reconocían la autoridad nacional de Mitre. Olvidando la ayuda que había obtenido de parte del Brasil, y la rebelión de Mitre contra la Confederación Argentina, Flores ordenó su fusilamiento como traidores a la patria.12
Muchos soldados paraguayos fueron obligados a tomar las armas contra su propio país, reemplazando las bajas producidas en las divisiones aliadas, especialmente las orientales.13


Sitio de Uruguayana
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Rendición de Uruguayana, por Víctor Meirelles.
El 16 de julio, el Ejército Brasileño llegó a la frontera de Río Grande del Sur y puso sitio a la ciudad de Uruguayana. La tropa recibió refuerzos y envió por lo menos tres intimaciones de rendición a Estigarribia. El 11 de septiembre, el Emperador Pedro II llegó al sitio, donde ya estaban los presidentes Bartolomé Mitre y Venancio Flores, además de diversos jefes militares brasileños, como el Marqués de Tamandaré y el teniente general Manuel Marques de Sousa, barón y después Conde de Porto Alegre. Las fuerzas aliadas del cerco contaban en ese momento con 17 346 combatientes, de los cuales 12 393 brasileños, 3802 argentinos14 y 1220 uruguayos, con 54 cañones. La rendición se produjo el 16 de septiembre, cuando Estigarribia llegó a un acuerdo sobre las condiciones exigidas.
Tras un serio conflicto de autoridad entre los jefes de la Alianza, el propio Emperador ordenó a sus oficiales ponerse en todo a órdenes de Mitre, nombrado comandante en jefe de los ejércitos aliados.
El jefe de la división paraguaya del ejército aliado escribió a Estigarribia, rechazando el cargo de traición a la patria esgrimido por el jefe sitiado, y acusando a López de traicionar a su patria por llevar adelante una política opresiva hacia su pueblo. La respuesta de Estigarribia a esta carta reveló que no todos sus oficiales estaban de acuerdo en combatir hasta la muerte, como él mismo había proclamado.15
El 11 de septiembre, con autorización de las fuerzas sitiadoras, Estigarribia envió hacia el campamento aliado a casi toda la población civil; su objetivo no era solamente humanitario, ya que la población civil consumía alimentos, problema de crucial importancia en cualquier población sitiada.
Tras una serie de intercambios de cañoneos y tiros de fusil, el 13 de septiembre, Mitre organizó un asalto general sobre la plaza. Las tropas sitiadas sufrían muertes por enfermedades, y cundía una deserción masiva, alentada por las discusiones entre sus jefes sobre si debían o no resistir hasta el final, reduciéndose hasta poco más de 5500 hombres.
El 18 de septiembre, Marques de Sousa lanzó un ultimátum, anunciando que comenzarían el asalto en dos horas; Estigarribia contestó que entregaría la plaza, a cambio de que los oficiales superiores se pudieran retirar a cualquier lado, incluso al Paraguay. Además exigía que los soldados y oficiales orientales que formaban en sus filas no fueran entregados a Flores, ya que temía que éste los ejecutara.
Los soldados paraguayos fueron tomados prisioneros; muchos de ellos fueron asesinados durante la operación, y los jefes de caballería brasileña se llevaron prisioneros a muchos otros, tal vez 800 a 1000, para ser vendidos como esclavos.16 Los que quedaron en manos de los oficiales argentinos y uruguayos no tuvieron más suerte: fueron obligados a integrar una "división paraguaya" del ejército aliado, o directamente incorporados a las fuerzas de infantería de esos países.
En total, los paraguayos prisioneros fueron 5574: 59 oficiales, 3860 soldados de infantería, 1390 de caballería, 115 de artillería y 150 auxiliares.

Retirada paraguaya
A mediados de junio, Robles ordenó a sus tropas abandonar los pueblos del sur de la provincia, concentrando sus fuerzas en la capital de la provincia. Por un tiempo logró conservar algunas poblaciones, en un radio de no más de 150 km. de la capital, mientras algunas partidas de caballería recorrían el centro de la provincia.
El 12 de agosto se produjo otro encuentro naval, cuando la flota brasileña se retiraba aún más al sur, en dirección a Goya. Una batería instalada en la costa, en el lugar conocido como "Paso de Cuevas", cerca de Bella Vista, bombardeó a su paso a la escuadra. En el llamado Combate de Paso de Cuevas, gracias a su correcto blindaje, y a que pasaron con toda la tripulación en las bodegas y a todo vapor, las naves brasileñas no sufrieron mayores daños, aunque sí tuvo 21 muertos y 38 heridos, casi todos ellos marineros. En cambio, el único buque de la Armada Argentina, el Guardia Nacional — que estaba al mando de Luis Py, pero llevaba a bordo al comandante de la Armada, José Murature — se detuvo frente a la batería y se trenzó en un duelo de artillería, que terminó en varios daños al buque, tres muertos y 12 heridos. Lo que llamativo resulta es que dos de los tres muertos era jóvenes oficiales: un hijo del capitán Py y un hijo del ex gobernador correntino Pedro Ferré.
Varios comandantes de las tropas de Alianza intentaron negociar con Robles, o incluso inducirlo a traicionar a su país, de resultas de lo cual fue reemplazado por el general Isidoro Resquín, por orden del presidente López. A principios del año siguiente, Robles sería sometido a juicio sumarísimo y ejecutado por su supuesta traición.
La ocupación de la ciudad de Corrientes era ya inútil: el ejército argentino, reforzado por importantes contingentes brasileños y uruguayos, avanzaba en busca del enemigo hacia el norte. Por otro lado, una parte importante de las fuerzas paraguayas fueron retiradas hacia territorio paraguayo, en previsión de que la Alianza intentara una invasión.
A fines de junio, y nuevamente a fines de julio, tropas del general Hornos derrotaron entre los esteros del centro de la provincia a partidas de caballería, que fueron identificadas como argentinos, la mayor parte de ellos oriundos de Corrientes, e identificados con el Partido Federal.
El 21 de septiembre Hornos derrotó en la localidad de Naranjitos a una división de 810 correntinos colaboradores al mando de los hermanos Lobera.17
Simultáneamente, un destacamento aliado al mando del general Gregorio Castro avanzó costeando el Uruguay. Pasando La Cruz, la vanguardia al mando del coronel Fernández Reguera descubrió cerca de Santo Tomé una división enemiga con 3 baterías de artillería que conducía a su país un gigantesco arreo de 30000 cabezas de ganado correntino. Reguera derrotó a los paraguayos y avanzó hasta Candelaria, liberando el territorio del Alto Paraná.17
El 3 de octubre López ordenó a Resquín que la División Sur evacuase el territorio argentino por Paso de la Patria. Cuando el choque entre las fuerzas argentinas ya era inminente, el 22 de octubre el general Resquín – cumpliendo órdenes de López – evacuó por río y por tierra la ciudad de Corrientes, y unos días después se retiraban también del último pueblo en su poder, San Cosme.
La retirada de las fuerzas paraguayas fue acompañada de saqueos sistemáticos. Así, «han saqueado todas las estancias de la costa del Paraná dejándolas perfectamente limpias y poniéndoles fuego a algunas».18 Goya sufrió especialmente: «El comercio entero de este pueblo ha sufrido un saqueo incalificable (...) varios vapores en tres viajes han conducido a Asunción el botín (...) Las oficinas públicas nacionales y provinciales se hallan despedazadas, sus archivos robados. Los materiales de fierro para la construcción de la iglesia han sido robados, y una puerta de la capilla ha sido hachada. Los establecimientos rurales no poseen ningún género de ganados y se hallan abandonados por sus propietarios. Las violaciones que por desgracia han tenido lugar fueron perpetradas por los paraguayos y el traidor José F. Cáceres, que llevó su saña hasta el extremo de perseguir las familias que se habían asilados en el Chaco.»19 La suerte de otros sitios no fue mejor. El general Nicanor Cáceres informaba ya en agosto que «los pueblos de San Roque y Bella Vista que han ocupado por espacio de más de dos meses los invasores (...) así como todos los campos por que han cruzado son despojos capz de alentar a los más indiferentes».17
La capital provincial fue ocupada por tropas de Nicanor Cáceres el día 28 del mismo mes, y el 3 de noviembre se instalaba nuevamente en ella el gobierno provincial. Ese mismo día, los 27 000 hombres de Resquín completaban el paso del Paraná hacia su propio país sin ser obstaculizados por la escuadra brasileña, al punto de poder incluso cruzar 100 000 cabezas de ganado correntino, la mayor parte del cual murió en los alrededores de Itapirú por falta de pasturas adecuadas.20
El 25 de diciembre asumía un nuevo gobernador, Evaristo López, electo por una legislatura formada mayoritariamente por miembros del Partido Federal. La victoria federal se había debido al dominio sobre la mayor parte del territorio provincial ejercido por el general Cáceres, de quien López era amigo y socio. Muchos colaboradores con la invasión paraguaya, que habían sido arrestados y corrido riesgo de ser ejecutados por traición, recuperaron la libertad gracias al gobierno federal correntino. Otros huyeron al Paraguay;21 varios de ellos — entre ellos dos de los miembros del triunvirato — fueron ejecutados años más tarde por orden de Francisco Solano López.
Al finalizar el año, el ejército aliado, reunido en el campamento de Ensenadas o Ensenaditas, unos kilómetros al norte de Corrientes, junto al actual pueblo de Paso de la Patria, llegaba a 50.000 hombres. Recién entonces, la flota brasileña tomó posiciones aguas arriba de la confluencia de los ríos Paraná y el Paraguay.

Batalla de Pehuajó
Después de la retirada del ejército paraguayo, la estructura defensiva del Paraguay se centró en dos posiciones defensivas: por un lado, la Fortaleza de Itapirú en la margen derecha del río Paraná, defendida por un gran número de cañones. Por otro lado, aguas arriba sobre el río Paraguay, las fortalezas de Curuzú, Curupaytí y Humaitá impedían el avance de las flotas enemigas por el río, y de los ejércitos de tierra por la costa.
Por su parte, las tropas de la Alianza se concentraron desde diciembre hasta principios de abril del año siguiente en el campamento de Ensenada, al norte de la ciudad de Corrientes. La reunión de las tropas fue especialmente compleja, ya que casi todos los contingentes enviados desde las provincias del interior argentino se sublevaron para no ser enviados a la guerra. Por su parte, la poderosa división entrerriana, de 6.000 hombres, volvió a sublevarse el 6 de noviembre, en el llamado Desbande de Toledo. De modo que la provincia de Entre Ríos sólo estuvo representada por 400 hombres de infantería, que no pudieron desertar por falta de caballos, y a los que el propio Urquiza debió amenazar con el fusilamiento para obligarlos a embarcarse.6
Las tropas paraguayas no se limitaron a esperar el avance de sus enemigos: en partidas de 200 hombres o más, realizaban continuos ataques a las costas correntinas. Cruzaban el río Paraná en botes o canoas, sin que la escuadra brasileña, que casi podía ver la maniobra, hiciera nada por impedirlo. Al llegar a tierra, usualmente les salían al cruce cuerpos de caballería de las divisiones de Cáceres o de Hornos, que estaban acampados al noreste de Ensenaditas. Estas operaciones no producían otro fruto que alguna rapiña de reses vacunas, a costa de algunos muertos; el único efecto militar positivo fue el desánimo entre los soldados correntinos, que no duraría mucho.
Finalmente, el 30 de enero, Mitre decidió escarmentar a los osados paraguayos, y envió a su encuentro a la división Buenos Aires, comandada por el general Emilio Conesa, con casi 1600 hombres. Casi todos ellos eran gauchos de la provincia de Buenos Aires, mucho más aptos para caballería que para la infantería en que revistaban.
El desembarco fue de unos 200 hombres, pero en la costa paraguaya había casi 1000 soldados más, que debían cruzar al día siguiente. Tras avanzar unos kilómetros, llegaron hasta el Arroyo Pehuajó, donde los esperaba emboscado el general Conesa; antes de lanzarse sobre los enemigos, éste arengó a sus tropas, que prorrumpieron en sonoros vítores, que denunciaron su presencia a los paraguayos.
El jefe paraguayo, teniente Celestino Prieto, inició la retirada, que Conesa quiso evitar con una carga masiva y directa. Pero los paraguayos se parapetaron en los bosques tras al arroyo y tomaron una posición defensiva, desde la cual dispararon sobre los soldados argentinos, que no tenían dónde buscar refugio. Por otro lado, los paraguayos recibieron unos 900 soldados más de refuerzo, con los que causaron casi 900 bajas en las fuerzas argentinas, contra 170 paraguayos. Recién al caer el día, el general Mitre, que podía oír las descargas desde su campamento, ordenó la retirada de las tropas de Conesa. Al anochecer, los paraguayos reembarcaron y se retiraron a su propia costa.22
No obstante haber obtenido una victoria, las tropas paraguayas no volvieron a repetir ese tipo de acciones.
El último combate antes del inicio de la invasión al Paraguay ocurrió el 10 de abril en la isla frente a la Fortaleza de Itapirú, cuando una división brasileña tomó posiciones para bombardear desde allí el Fuerte. Los paraguayos podrían haberse limitado a intercambiar tiros de cañón, en lo que hubieran tenido amplia ventaja, ya que lo hubieran hecho desde posiciones amuralladas, mientras los brasileños debían defenderse desde una isla arenosa, sin cobertura posible. No obstante, los paraguayos pretendieron expulsar a sus enemigos con tropas de infantería, resultando seriamente derrotados en su intento.23

Consecuencias

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El desembarco de las topas aliadas en territorio paraguayo.
El 5 de abril de 1866, las fuerzas aliadas tomaron la Fortaleza de Itapirú, iniciando así la tercera fase de la guerra, la Campaña de Humaitá. El frente norte quedaba también prácticamente abandonado, y el sector noreste – los Campos de Vaquería entre el río Ygurey y la baja cordillera de Iguatemí – fue fácilmente ocupado por Brasil, al tener que reconcentrarse las tropas paraguayas en el sur.
La campaña de Corrientes no sólo había sido un fracaso, sino que había llevado a la formación de la Triple Alianza; es posible que ésta se hubiera formado de todos modos, como aseguran distintos historiadores,24 pero la invasión precipitó los acontecimientos mucho antes de que el ejército paraguayo estuviera mínimamente preparado para una guerra contra tres aliados.
Por otro lado, la posible ayuda que podría haber obtenido de parte de los federales argentinos quedó anulada por la inteligente campaña periodística de Mitre, tendiente a presentar la invasión paraguaya como un artero ataque sin previo aviso. En última instancia, las rebeliones de los federales, tanto las de 1865 como la mucho más importante Revolución de los Colorados, del año 1866, sólo causó problemas al ejército argentino, sin prestar ninguna utilidad al Paraguay.
A largo plazo, la campaña de Corrientes no fue otra cosa que el prólogo de la terrible derrota paraguaya en la Guerra de la Triple Alianza.

Véase también

Texto del tratado secreto de la Triple Alianza (en Wikisource)
Defensa de Paysandú

Fuentes

Referencias
[1] Excepto la primera que murió en prisión, las demás fueron rescatadas después de 4 años de duro cautiverio y regresaron a su patria.
[2] Beatriz Bosch Historia de Entre Ríos, Ed. Plus Ultra, Bs. As., 1991. ISBN 950-21-0108-1
[3] En el parte posteriormente enviado al presidente Mitre, Paunero declaró que el enemigo había tenido 800 muertos; pero era un parte redactado después de su retirada, en que trataba de justificar su accionar, por lo que la mayor parte de los historiadores no consideran creíbles ésta y varias otras afirmaciones, como el número de bajas propias declaradas, que los críticos consideraron como muy inferior al real.
[4] Para toda esta sección, véase Tissera, Ramón, Riachuelo, la batalla que cerró a Solano López la ruta al océano, Revista Todo es Historia, número 46, Bs. As., 1971.
[5] Zenequelli, Lilia, Crónica de una guerra, La Triple Alianza. Ed. Dunken, Bs. As., 1997. ISBN 987-9123-36-0
[6] Rosa, José María, La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas, Ed. Hyspamérica, 1986. ISBN 950-614-362-5
[7] José Ignacio Garmendia afirmó que la respuesta de Estigarribia fue:
"Dígale al mayor Duarte que si está con el ánimo caído venga a hacerse cargo de la fuerza de Uruguayana, que yo iré a librar la batalla." Campaña de Corrientes y Río Grande, Ed. Peuser, Bs. As., 1904, pág. 276.
[8] Zenequelli, op. cit., afirma que contaba en total con 3200 hombres.
[9] Zenequelli, Lilia, op. cit.
[10] Ruiz Moreno, Isidoro, Campañas militares argentinas, Tomo 4, Ed. Claridad, Bs. As., 2008, pág. 70. ISBN 978-950-620-257-6
[11] Ruiz Moreno, op. cit., pág 72.
[12] Díaz Gavier, Mario, En tres meses en Asunción, Ed. del Boulevard, Córdoba, 2005, pág. 38. ISBN 987-556-118-5
[13] León de Pallejas, Diario de campaña de las fuerzas aliadas contra el Paraguay, Imprenta de El Pueblo, Montevideo, 1865, tomo I, pág. 98.
[14] Los argentinos estaban bajo el mando del general Paunero y su jefe de estado mayor era Indalecio Chenaut; las divisiones eran mandadas por: Julio de Vedia comandaba la artillería; Manuel Rosetti, Adolfo Orma, Juan Bautista Charlone, Manuel Fraga y Matías Rivero comandaban la infantería; la caballería había quedado del lado argentino del río. Véase Isidoro Ruiz Moreno, Campañas militares argentinas, Tomo IV, Ed. Emecé, Bs. As., 2008, pág. 74. ISBN 978-950-620-257-6
[15] Ruiz Moreno, op. cit., pág. 76.
[16] Véase José Ignacio Garmendia, Campaña de Corrientes y Río Grande, Ed. Peuser, Bs. As., 1904.
[17] Isidoro J.Ruiz Moreno, Campañas militares argentinas, Tomo IV, p.81.
[18] Carta de un vecino de Caá Caty al gobernador, reproducido en Isidoro J.Ruiz Moreno, Campañas militares argentinas
[19] Carta del jefe político de Goya, reproducido en Isidoro J.Ruiz Moreno, Campañas militares argentinas
[20] Varios miles más de vacunos fueron muertos al no poder cruzarlos. Véase George Thompson, The war in Paraguay, p.97
[21] Entre ellos el coronel Telmo López, hijo del caudillo santafesino Estanislao López, que llegaría a general del ejército paraguayo Véase Horacio Guido, El traidor. Telmo López y la patria que no pudo ser, Ed. Sudamericana, Bs. As., 1998.
[22] La ciudad de Pehuajó, en la provincia de Buenos Aires, debe su nombre a esta batalla, por haber participado en ella el después gobernador Dardo Rocha, fundador de la misma.
[23] Zenequelli, op. cit., pág. pág. 98.
[24] Véase, por ejemplo, José María Rosa, La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas, Ed. Hyspamérica, 1986. ISBN 950-614-362-5

Bibliografía
  • Zenequelli, Lilia, Crónica de una guerra, La Triple Alianza. Ed. Dunken, Bs. As., 1997. ISBN 987-9123-36-0
  • Ruiz Moreno, Isidoro J., Campañas militares argentinas, Tomo IV, Ed. Emecé, Bs. As., 2008. ISBN 978-950-620-257-6
  • Rosa, José María, La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas, Ed. Hyspamérica, 1986. ISBN 950-614-362-5
  • Castello, Antonio Emilio, Historia de Corrientes, Ed. Plus Ultra, Bs. As., 1991. ISBN 950-21-0619-9
  • Giorgio, Dante A., Yatay, la primera sangre, Revista Todo es Historia, Nro. 445, Bs. As., 2004.
  • Tissera, Ramón, Riachuelo, la batalla que cerró a Solano López la ruta al océano, Revista Todo es Historia, número 46, Bs. As., 1971.


Enlaces externos
La Guerra del Paraguay, en Historia militar argentina, página del Ejército Argentino, por el Mayor (R) Sergio Toyos

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