Anecdotario histórico argentino

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Anecdotario histórico argentino

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 18, 2013 8:25 am

El día que bombardearon el Perito Moreno
En 1939 el glaciar provocó inundaciones al no romperse y la Armada llevó adelante un operativo para revertir la situación


El glaciar Perito Moreno no siempre tuvo buena fama. Hace casi 70 años, lejos del espectáculo que subyugó a unas pocas decenas de espectadores el miércoles pasado, dos aviones de la Armada lo bombardearon. El objetivo: derribar una punta de hielo que había avanzado hasta obstruir por completo la desembocadura al Canal de los Témpanos de los lagos Brazo Rico y Roca.

Todo comenzó en octubre de 1939, cuando los pobladores advirtieron con preocupación un aumento del nivel de estos lagos y una consecuente disminución del lago Argentino y del río Santa Cruz, a los que alimentan.

Según una crónica publicada por LA NACION el 28 de noviembre de 1939, antes de que las inundaciones pasaran a mayores, un ingeniero agrónomo del lugar llamado Eric Helander decidió tomar cartas en el asunto y fue hasta el glaciar provisto de dinamita. Al llegar, "pudo comprobar que el deslizamiento del ventisquero [otro de los nombres que recibe el Perito Moreno] a la costa del cerro Mitre había empujado piedras y enormes robles, arrancándolos de cuajo", detalla el artículo.

Al ver sus fuerzas sobrepasadas, el audaz poblador recurrió a las autoridades locales, quienes junto al ministerio de Marina decidieron bombardear la gigante masa de hielo. La incursión se dispuso en principio para el 4 de noviembre, pero las malas condiciones climáticas obligaron a posponerla hasta la tarde del 9.

"Se arrojaron una docena de bombas? aunque no tenían la potencia de las actuales, fue algo bastante irracional", sostiene Eduardo Malagnino, geólogo de la UBA e investigador del Conicet a lanacion.com .

"A fines de noviembre, el Brazo Rico había subido entre cinco y seis metros. En la zona peligraban una serie de emprendimientos ganaderos; la gente pensó que iba a quedar bajo el agua y pidió ayuda al gobierno", agrega.

Como en una película de ciencia ficción donde los disparos son imperceptibles para el ente enemigo, los dos aviones de la Armada no lograron romper el glaciar.

"Las bombas apenas han herido las capas superiores del témpano en un par de puntos, sin hacer mella digna de consideración en el imponente bloque", se relata en una nota del 14 de noviembre del mismo año. En ella, también se informa sobre la orden de hacer regresar a Puerto Belgrano las aeronaves apostadas en Río Gallegos, luego de un desalentador informe.

"Para mediados de febrero de 1940, el lago había crecido 11 metros y medio", explica Malagnino. Fue entonces cuando el Perito Moreno depuso su capricho y trajo alivio a los pobladores.

Reincidente. "Se trató de una de las crecidas más importantes, aunque en 1942, también por acción del glaciar, el agua llegó a los 15 metros de altura", agrega Malagnino, quien también recuerda la de 1952, en que las que hubo que evacuar chacras y el agua provocó una de las mayores erosiones en el suelo.

Virginia Lauricella
De la redacción de lanacion.com
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Esteban McLaren
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Re: Anecdotario histórico argentino

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 18, 2013 8:25 am

Una hazaña del “Tuerto” Méndez

El teniente coronel Eusebio José Méndez era un valiente que había nacido en Guaymallén (Mendoza), el 15 de dicimbre de 1848.
Poco antes de que se declarase la guerra contra el Paraguay ingresó como soldado distinguido en el Regimiento 6 de línea.
Su cuerpo cubierto de heridas decía a las claras que siempre había estado en lo más terrible del entrevero.
Sus camaradas le llamaban el “Tuerto Méndez” por un culatazo le había hundido la frente sobre el ojo izquierdo.
Terminada la contienda con el Paraguay era ya sargento mayor y ese grado marchó al Chaco con el general Donovan en 1876.
En ese año, siendo gobernador de Corrientes el señor Virasoro y vicegobernador D. Juan Ramón Vidal, estalló una revolución encabezada por un mayor de apellido La Rosa. El gobierno sitiado en su sede pidió auxilio a Doriovan, que a la sazón se hallaba en Resistencia, quien, en seguida, mandó al mayor Méndez a la cabeza de 100 hombres a sofocar el movimiento.
El cruce del río se hizo en canoa y rio bien desembarcaron, el famoso tuerto se encontró frente a frente con el mayor La Rosa, que lo estaba esperando en el puente para pasarlo a degüello con todas sus fuerzas.

Dándose cuenta del peligro y viendo que las tropas insurgentes eran muy superiores a las suyas, Méndez resolvió salvar la situación
con un golpe de audacia:
—,Así que vos sos el revolucionario? Me parece que sos pura espuma y no te animás a pelear mano a mano conmigo.
El mayor La Rosa, que era un verdadero gigante, se le acercó una sonrisa despreciativa y resuelto a darle una lección ejemplar. El veterano del Paraguay tenía un hermoso arriador de mango de plata que manejaba con rara habilidad. En cuanto lo tuvo a La Rosa a tiro lo volteó de un certero golpe y ya en el suelo le dió tantos lonjazos, a la vista misma de su tropa, que le rompió la chaquetilla y dicen que le sacó hasta la piel del cuello.
La Rosa, vencido, le rogó que no le pegara más, y el terrible
“Tuerto”, poniéndole la bota en el pecho, dió por terminada la revolución.

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Re: Anecdotario histórico argentino

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 18, 2013 8:25 am

Guerra del Paraguay

EL DOCTOR JORGE DAMIANOVICH
En la segunda batalla de Itaivaté, el 27 de diciembre, el teniente coronel D. José Ignacio Garmendia mandaba el Batallón 10 de la División Buenos Aires.
Cuando ya estaba formado el ejército en batalla, se le acercó un oficial con el uniforme del cuerpo médico, prestado a ojos vista, para
preguntarle por su hermano.
—¿Y quién es su hermano? —inquirió el futuro autor de “Recuerdos de la guerra del Paraguay”.
—El doctor Damianovich.
—¿Y usted?
—Soy Jorge Damianovich.
—Estoy a sus órdenes —le dijo entonces Garmendia—, y puedo asegurarle que su hermano no ha pasado adelante, he visto desfilar la cabeza de la columna del 1° Cuerpo; ahora le ruego que se vuelva, porque esos negocios son para la gente del oficio.
—Lamento su engaño —repuso con altivez el joven— pero esté seguro que muchas veces, bajo una mala capa, se encuentra un buen bebedor. Si no tuviera certeza de la situación que pronto va a sobrevenir no estaría aquí; deseo ver una batalla, quiero saber si ese peligro que voy a arrostrar frente a frente me arredra . . . ¡no lo creo!, y esté Ud. convencido de que tendré el honor de desempeñar dos papeles de importancia: el primero me halaga con el brillo militar; el segundo es un deber de humanidad sin oropel, pero muy grande — y señaló unos bolsillos abultados por las vendas.
—De manera que Ud. no se vuelve —dijo severo Garmendia—, va a presenciar una batalla de cerca por curiosidad..., por placer.
—Por deber —contestó Damianovich y le relampaguearon los ojos—, a toda hora y en cualquier parte en que se encuentre un ciudadano, debe estar dispuesto al mayor sacrificio por su patria, y en este caso con doble motivo, cuando en esta abnegación está mi hermano.

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Re: Anecdotario histórico argentino

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 18, 2013 8:25 am

La astucia de Lamadrid

Era el General Gregorio Aráoz de La Madrid un valiente del cual se decía que tenía en el cuerpo más heridas que agujeros tiene un
encaje de Inglaterra.
El 20 de mayo de 1817 marchaba sobre Charcas con intención de ápoderarse de la ciudad, cuando una patrulla interceptó un mensaje del gobernador de Potosí al Presidente Vivero, dándole cuenta que le enviaba un refuerzo de 300 hombres.
Poco después, al remontar la cuesta de Cachimayo el Capitán Lugones, jefe de la vanguardia patriota, avisó que por el mismo camino, pero en dirección contraria a la que ellos llevaban, avanzaba una gruesa partida de jinetes.
Enterado del caso, el entonces sargento mayor La Madrid hizo hacer alto y se adelantó a reunirse con el capitán, quien al llegar le dijo:
—No hay duda, mi mayor, son godos.
—Mejor. ¿Ve Ud., capitán, esa fuerza? Pues sepa que dentro de unos minutos será nuestra sin costarnos ni un tiro, ni una gota de sangre
—le dijo, mientras continuaba la marcha.
Y siguió avanzando hasta muy cerca de los realistas a quienes gritó:
—Eh, compañeros!, somos el auxilio que envía el gobernador de Potosí.
Convencidos, los oficiales españoles se adelantaron corno 100 metros de su tropa hasta donde estaban los argentinos y uno de ellos, se
acercó sonriendo al célebre tucumano diciéndole:
— Cómo te va Ostría? ¡ Cuánto tiempo sin vernos!
—Yo no soy Ostría —repuso La Madrid.
—Disculpe Ud. pero, ¡es tanto el parecido!
—Quién es el comandante de Uds.? —terció entonces el coronel López, jefe de los realistas. La Madrid , viendo que ya el Capitán
Lugones y sus hombres rodeaban a los oficiales del rey, le contestó:
—E1 comandante es aquí Gregorio Aráoz de La Madrid , y están ustedes hablando con él, pero sigan conversando tranquilamente, pues
les va en ello la vida.
Como vieran los españoles que estaban en poder del audaz argentino, continuaron la marcha en medio de sus captores seguidos por la tropa que, momentos después, se vió rodeada por el grueso de las fuerzas de La Madrid.

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Re: Anecdotario histórico argentino

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 18, 2013 8:26 am

HEROISMO DE LAS HERAS EN EL ATAQUE A TALCAHUANO
El Gral. D. Juan Gregorio Gualberto de Las Heras era poreño e hizo sus primeras armas como oficial miliciano durante las invasiones inglesas.
En 181.3 marchó a Chile al mando de los “Auxiliares Argentinos”, formados por soldados reclutados en las provincias de Córdoba y Mendoza.
Al frente de esa tropa se batió como un héroe en Cucha Cucha y, después de la derrota de los chilenos en Rancagua, regresó a la patria, donde se le confió el mando de una unidad de reciente formación, cuya base fueron los “auxiliares”, que luego se inmortalizó con el nombre de “leones invencibles de Las Heras” y que aun subsiste: era el Batallón Nº 11 de los Andes.
Combatió en Chacabuco y en Gavilán y, cuando el ejército argentino-chileno que mandaba O’Higgins puso sitio a la fortaleza de Talcahuano, fué designado para atacar el Morro artillado de la derecha.
El 6 de diciembre de 1817 rompió la marcha el glorioso N9 11 antes de despuntar el alba y, poco después, los fuegos de los defensores alumbraban el escenario dantesco de la acción.
En avance inexorable y resistiendo las descargas del enemigo, los infantes de Las Heras ocuparon la posición después de una corta pero sangrienta lucha, donde la bayoneta y el sable hirieron y desgarraron sin descanso. Al querer internarse en la fortaleza se encontró el jefe argentino con una profunda zanja, cuyo puente había sido levantado, que impedía su paso y desde allí se trabó en un combate por el fuego con las fuerzas de Su Majestad que, justo es decirlo, se defendían con singular denuedo. Al amanecer, la posición de los conquistadores del Morro se hizo insostenible, sin embargo, Las Heras continuó al frente de sus hombres, sin retroceder un paso, hasta que recibió la orden de retirarse.
Sin mayor apuro, el bravo jefe del Nº 11 mandó retirar primero a los heridos y luego a los prisioneros, clavó los cañones del enemigo que tan valerosamente había tomado y luego, sereno y magnífico, inició el repliegue al redoblar de los tambores, como si fuera en una parada, bajo el fuego de toda la artillería enemiga.
Y cuentan los que allí tuvieron el honor de presenciar la heroica actitud de este coloso de la nacionalidad, que se dirigió a su punto de partida con la espada bajo el brazo y señalando, con el brazo extendido el camino que debía seguir su tropa.
¡ Cómo no va a proyectarse la Nación Argentina hacia un porvenir luminoso e inmenso, si los Padres de la Patria fueron hombres de esa talla y de ese temple, cuyas virtudes han sido heredadas por las generaciones que los sucedieron, guiadas por el camino magnífico que marcaron con sus ejemplos estupendos!

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Re: Anecdotario histórico argentino

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 18, 2013 8:26 am

Un capitán impetuoso

Cuando San Martín desembarcó en la costa del Perú, en el pueblo de Chincha Alta fué destacado el regimiento de Húsares. El. jefe de esta unidad ordenó al capitán José Correa que, con 40 jinetes, ocupara la estancia de Chinchauga.
Después de unos días de encontrarse en ese lugar, el capitán argentino fué informado por un indio que los españoles, de guarnición en el pueblo de Ica, se preparaban para atacarlo.
Rápidamente Correa marchó con su tropa hasta el río Pisco y lo vadeó para situarse sobre el camino que conducía a Ica, ocupando una excelente posición y adelantando como seguridad a un soldado llamado José María Salcedo.
Al poco rato éste le informó el avance de un regimiento realista fuerte de 500 plazas. El capitán ordenó montar a caballo y poniendo su reducida tropa al tranco y en una fila, enfrentó al enemigo.
El jefe español cuando estuvo a una distancia prudencial detuvo cabalgadura y le gritó:
—¡Ríndase capitán! ¿Qué va ha hacer con esos pocos hombres? El interpelado le respondió con arrogancia:
—¿Qué voy a hacer? ¡pues pelear hasta morir!
El español lo llamó a la cordura diciéndole:
—¿Qué es lo que quieren hacer ustedes?
—Sencillamente —contestó serenamente el bravío soldado de la libertad— venir a batir un ejército con una partida.
Y uniendo la acción a la palabra gritó a sus hombres:
—Conversión a la derecha y degüello
El trompa, apellidado González, hizo oír el toque con toda la fuerza de sus pulmones y los 40 valientes se proyectaron hacia adelante
como disparados por una invisible catapulta.
En la primera carga los patriotas desorganizaron a los estupefactos españoles y los sablearon hasta más allá del río, matándole 20 hombres e hiriéndole otro tanto, mientras que la fuerza del heroico Capitán sólo tuvo que lamentar un muerto.

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Re: Anecdotario histórico argentino

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 18, 2013 8:26 am

UN HEROE DE AYACUCHO
El 9 de diciembre de 1824 tuvo lugar la batalla de Ayacucho y en el glorioso campo donde Sucre dió fin al poderío español en América resuena todavía la voz de mando de un general de 25 años, un joven que tenía casi la misma edad que la revolución y que, en esa jornada, fué ascendido a general de división sobre los cadáveres de los bizarros representantes de una dominación que se extinguía.
Se llamó José María Córdoba y nació en Concepción, departamento de Medellín allá en la esforzada República de Colombia, el 8 de septiembre de 1799. Hijo de un realista enragé, a los 15 años se unió a los hombres que luchaban por la libertad. Su heroísmo en la batalla de Boyacá, el 8 de agosto de 1819, le valió los galones de coronel; ¡a los 20 años!
Se batió luego en Gámega, Chonos Blancos, Cartagena y en Pichincha.
Ya general fué cuando en Ayacucho se encontraba al frente de la infantería. En lo más fiero de la lucha, hundió su sable hasta el pomo en el corazón de su brioso caballo de pelea y, colocando su elástico en la punta de su acero ensangrentado, se lanzó al ataque gritando a sus soldados, que lo siguieron llevando la victoria en el filo de sus bayonetas:
—Adelante con paso de vencedores!

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Re: Anecdotario histórico argentino

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 18, 2013 8:26 am

UNA CARTA DE PUEYRREDON

En la época en que ci general San Martín organizaba en Mendoza el ejército de los Andes, el general D. Juan Martín de Pueyrredón desempeñaba el muy elevado cargo de Director Supremo de las Provincias Unidas del Rio de la Plata. Una sólida amistad unía a estos dos eminentes hombres públicos y una copiosa correspondencia los tenía en continuo contacto.
El vencedor de San Lorenzo en las suyas, no dejaba de pedirle armas, vestuarios, municiones, en fin, todo lo necesario para poder
romper la marcha en dirección al enemigo.
El héroe de Perdriel, por su parte, le hacía continuos envíos, acompañados de largas cartas, explicándole la difícil situación por la que
atravesaba el gobierno.
Un día —2 de noviembre de 1816— cuando ya había satisfecho
los pedidos de su ilustre amigo, a quien admiraba, tomó la pluma y escribió con humorística desesperación:
“Van oficios de reconocimiento a los cabildos de esa y demás ciudades de Cuyo. Van las espadas de los oficiales. Van todos los vestuarios pedidos, y muchas más camisas. Van 400 recados. Van hoy por correo los dos únicos clarines que se han encontrado. En enero de este año se remitirán 1.387 arrobas de charqui. Van los 200 sables de repuestos que ha pedido. Van 200 tiendas de campaña o pabellones, y no hay más. ¡Va el mundo, va el demonio, va la carne! Y yo no sé cómo me irá con las trampas en que quedo para pagarlo todo; a bien que, en quebrando, cancelo cuentas con todos, y me voy yo también, para que Ud. me dé algo del charqui que le mando. Y. .. ¡no me vuelva Ud. a pedir más, si no quiere recibir la noticia de que he amanecido ahorcado de un tirante de la Fortaleza!”

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Re: Anecdotario histórico argentino

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 18, 2013 8:27 am

EL HEROISMO DE D. PEDRO VARGAS

San Martín había organizado en Mendoza un servicio de espionaje y contraespionaje estupendo que se ha dado en llamar, “la guerra
de zapa”.
Muchos y muy valiosos fueron los servicios que prestaron a la causa de la libertad esos valientes que, si bien es cierto, en la mayoría de los casos no empuñaron el fusil, arriesgaron sus vidas como lo hace cualquier soldado en el campo de batalla.
El general comprendió que necesitaba un hombre a quien los españoles creyeran un realista de cuerpo y alma. ;-
Con la penetración que lo caracterizaba para estudiar las cualidades de cada hombre y utilizarlo según sus planes, eligió un respetable vecino de Mendoza, hombre callado y a quien se tenía por indiferente, llamado Pedro Vargas, y le impuso hacerse realista enragé.
El valiente aceptó y comenzó a propalarlo a voz en cuello. Fué encarcelado, engrillado, confinado primero en San Juan y luego en San Luis; condenado a pagar fuertes contribuciones, en fin, fué tan mal tratado como podía haberlo sido el propio rey de España.
Pasó entre españoles como un mártir de su causa y en esa forma San Martín se enteró de todo cuanto deseaba.
La fortaleza de alma y el patriotismo de Vargas fué tan grande que ni aun a su esposa, una Corvalán, una patriota, le hizo saber su doble
personalidad cuando ésta lo amenazó con abandonarlo por traidor.
Sólo después de la reconquista de Chile, el general San Martín dió a Vargas una reparación solemne del doloroso sacrificio que había acep tado, reintegrándolo en su honor y fama de buen patriota y declarándolo digno de la gratitud pública.

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Re: Anecdotario histórico argentino

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 18, 2013 8:27 am

Astucia de San Martín
Cuando el ejército libertador desembarcó en Huaura (Perú), el virrey de Lima estaba ansioso por saber los efectivos con que contaba.
Cierto día, mandó de parlamentario al general Bacaro quien se presentó a las avanzadas argentinas preguntando por el general.
Avisado éste, lo hizo demorar con cualquier pretexto y al fin fué traído a la casa del gobernador de la plaza que era el bizarro coronel
Manuel Rojas.
Durante esa demora se hizo salir a todo el ejército a un llano que había entre ese edificio y el ocupado por el cuartel general.
En ese terreno, que tenía cerca de una legua, formaron los cuerpos en compañías y escuadrones que maniobraban, haciendo unos, ejercicios
de armas, otros, de tiradores y guerrillas, pero todos muy desparramados, abarcando un campo inmenso en forma tal que, aun los que
conocían la verdad, se figuraban que había una fuerza mayor.
Preparado esto, el general San Martín, con un gran Estado Mayor y todos sus generales —menos Arenales que se encontraba con una diviSión en la Sierra lo que, desde luego, contribuyó más al engaño— entró en la gobernación donde se encontraba el general realista a quien cono- cía de mucho tiempo atrás:
—Oh, mi amigo Bacaro —le dijo— cuánto gusto tengo en volver a ver a Ud.! siento no haber sabido antes su venida, pero yo había
salido desde temprano a dar una vuelta y no he vuelto aun al cuartel general; aun aquí he venido por casualidad.
Después de las presentaciones y saludos de práctica con el resto de su oficialidad, el Gran Capitán le invitó a visitar el cuartel general,
a lo que accedió gustoso el español, pues eso facilitaba su misión de espionaje.
Para ir allá, tenían que pasar por el terreno que en ese momento servía de campo de instrucción y al coronar una loma se encontró de
golpe Bacaro con aquel estupendo despliegue de fuerzas.
San Martín simuló sorpresa y disgusto al ver cómo se “descubría” su fuerza y deteniendo la marcha, dijo al realista:
—Volvamos a desandar —y despachó varios ayudantes en todas direcciones a ordenar el regreso de la tropa a sus acantonamientos.
Cuando le informaron que se había cumplido su orden volvió a continuar la marcha y al volver a pasar la loma el campo estaba totalmente
desierto.
Al regresar Bacaro a Lima aseguró al Virrey que todos los datos recibidos hasta el momento eran incompletos y que, a su criterio, San
Martín ocultaba todavía su juego.

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Re: Anecdotario histórico argentino

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 18, 2013 8:27 am

Lavalle y Bolívar
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Juan Lavalle
Fué Lavalle uno de los campeones de nuestra maravillosa epopeya. Vulcano épico de mirada azul y de barba rojiza, tuvo por yunque los campos de Maipú, Chacabuco, Paseo y Río Bamba, y, por marti1lo su luciente corvo granadero. Luchador incansable de la Libertad desde muy niño, peregrínó por medio continente cosechando a su paso admiración y respeto.
Orgulloso y altivo, aun en la adversidad, no toleró jamás una ligereza, ni aun de los jefes de mayor rango, olvidando a veces los principios fundamentales de la disciplina.
Después de la victoria de Pichincha la ciudad de Quito se ha vertido de gala para homenajear a los vencedores. Una larga mesa llena de manjares y bebidas está rodeada por la brillante oficialidad patriota. El vino y la Gloria del día afiebraba las mentes. Bolívar amante de los brindis y de los discursos levanta su copa y dice:
¡No tardará mucho el día en que pasearé el pabellón triunfan de Colombia hasta el suelo Argentino!
Un ambiente tenso sigue a las palabras del Libertador Colombia que, probablemente las haya pronunciado sin medir el alcance de 1as mismas. Pero de cualquier manera el guante es recogido por el sargento mayor Lavalle que levantando su copa brinda con tono enérgico:
La Argentina se halla independiente y libre de toda dominación española, y lo ha estado desde el día en que declaró su emancipación el 25 de Mayo de 1810. En todas las tentativas para reconquistar territorio, los realistas han sido derrotados. Nuestro Himno consagra triunfos. ¡Brindo por la Independencia de América!
En otra ocasión en que Bolívar pasaba revista a los granaderoscuyo jefe a la sazón era Lavalle, se molestó por una oportuna respuesta
de éste y le dijo amenazador:
¡Teniente coronel Lavalle! ¡Estoy acostumbrado a fusilar generales insubordinados!
A lo que le contestó enérgico el bizarro oficial de San Martín llevando la diestra a la empuñadura de su corvo:
¡Esos generales no tendrían una espada como ésta.. .!

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Simón Bolivar

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Re: Anecdotario histórico argentino

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 18, 2013 8:27 am

Pringles en la caleta de pescadores


Era el teniente Juan Pascual Pringles un puntano de elevada estatura, ojos centelleantes y fuerza hercúlea, como toda aquella brillante pléyade de jóvenes que se enrolaron en el regimiento que creara pare victoria el Padre de la Patria. Vestía con elegancia su ajustado unifoi de granadero, casaca azul larga con vivos encarnados, calzón del mismo color y alta bota negra.
El 27 de noviembre de 1820 marchaba con 17 hombres con la misión de acompañar a un emisario del general San Martín que debia tomar contacto con el comandante Tomás Heres, jefe del Batallón real. Numancia, el cual, desde su jefe hasta el último soldado, estaba formado totalmente por americanos.
Al llegar a la Caleta de Pescadores cerca de Chancay ordenó pie en tierra, para esperar al emisario que se había adelantado a cumplir su cometido, cuando sobre una lomada aparecieron dos escuadrones de Dragones del Perú, el batallón Numancia y dos pieza de artillería mando del coronel D. Gerónimo Valdez. Se adelantaron los jinetes realistas y, cuando estuvieron a una distancia prudencial, intimaron rendición a los granaderos.
La respuesta fué inmediata. El teniente Pringles ordenó formar su pelotón en una fila detrás suyo y al toque de “a degüello”, cargó
contra el centro de los escuadrones del rey.
Dable es imaginar lo que fué aquella acción. El sable y la lanza herían sin piedad y al fogoso valor de los patriotas lo apagó la abrumadora superioridad numérica de los adversarios.
Bien pronto tres granaderos habían caído para no levantarse otros once estaban heridos, encontrándose entre ellos el propio Pringles.
Este valiente, con los restos de su pequeña fuerza decidió, ante rendirse, sumergirse en el mar y a media rienda, seguido de los hombres que le quedaban, se echó al agua decidido al último sacrificio.
Emocionado el coronel Valdez por el heroísmo del joven patriota le envió un oficial para garantizarle su vida y la de sus hombres.
Sólo así se decidió Pringles a entregarse prisionero y, ya entre ocasionales enemigos, recibió de ellos las mil muestras de simpatía y admiración que reciben los valientes, aun de sus propios adversario

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Re: Anecdotario histórico argentino

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 18, 2013 8:28 am

LA HEROICA SENCILLEZ DE UN GRANADERO

La arrojada actitud del bizarro teniente Juan Pascual Pringues y sus granaderos sobrevivientes en la caleta de pescadores, dejó atónitos a los soldados españoles, que, cubiertos aún por el polvo y sangre del combate, quedaron inmóviles al borde del océano Pacifico en mudo homenaje al vencido heroico.
Una vez que hubieron sido tomados prisioneros, fueron objeto toda clase de consideraciones por parte de los realistas que como descendientes del Cid y de Pelayo, sabían muy bien aprecia valor de sus adversarios.
Poco tiempo después, los que fueran tan honrosamente derrotados fueron canjeados por algunos prisioneros españoles y el jefe fuerzas de S. M. le escribió a San Martín destacando el desempeño esos valientes que, como soldado, lo honraban siendo sus estupendos adversarios.
Por su parte el Gran Capitán los premió con un escudo blanco y. celeste con la siguiente leyenda: “Gloria a los vencidos en Chancay
Cuando los granaderos estaban prisioneros, muchos jefes, oficia les y soldados de la península hicieron amistad con ellos y por que sus conversaciones versaban en geñeral, sobre aquella jornada inolvidable. En una oportunidad, un oficial ibero, deseoso de sabe razones que tenían esos criollos sencillos y bonachones para despilfarrar vida en esa forma, le preguntó a uno de ellos cuyo nombre lamentablemente, ha caído en el olvido:
—Por qué no se han rendido Uds. cuando fueron invita ello, antes de pelear inútilmente contra las formidables fuerza-
los rodeaban?
—Señor —le respondió sencillamente el granadero— por venir a este país vinimos a pelear y no a rendirnos!

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Re: Anecdotario histórico argentino

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 18, 2013 8:28 am

FRAY LUIS BELTRÁN
Cuando ci Padre de la Patria necesitó en Mendoza que alguien se ocupara de la fabricación de municiones y materiales para el ejército,
encontró a un hombre providencial.
Era éste, Fray Luis Beltrán ——hijo de un francés— natural de Mendoza y tenía a la sazón 30 años, pero había aprovechado tanto su tiempo y sus lecturas, que era un excelente matemático, físico, pirotécnico, carpintero, artillero, en fin, un sábelotodo.
Capellán de uno de los cuerpos, fué llamado por el general para dirigir el parque y la maestranza, cuyo planteo se le encomendó.
Al soplo del padre Beltrán, se encendieron las fraguas y se fundieron como cera los metales que modeló en máquinas de guerra. Como un Vulcano con ropas franciscanas, forjó las armas del Ejército de los Andes.
En medio del ruido de los martillos que golpeaban sobre los únicos 7 yunques con que contaba, dirigía a sus 300 obreros enseñando a cada uno su oficio y, fué tanto lo que tuvo que forzar su voz, que quedó ronco para toda la vida.
Hizo fundir cañones, balas y granadas empleando el metal de las campanas que descolgaban de las torres. Construyó cureñas, mochilas, caramañolas, cartuchos, monturas y zapatos. Forjó herraduras para los animales y bayonetas para los soldados. Componía fusiles y dibujaba sobre la pared de su taller las máquinas de su invención, con que el ejército debía trasmontar la cordillera.
Fué el Arquímedes de la revolución. En 1816 colgó sus hábitos y vistió el uniforme de teniente de artillería con un sueldo de 25 pesos.
Cuéntase que en una oportunidad, después de una larga conferencia secreta con San Martín, exclamó:
—Quieren alas para los cañones, ¡pues, bien, las tendrán!
¡Y debió ponerlas!

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Re: Anecdotario histórico argentino

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 18, 2013 8:28 am

El correo indio de San Martín

En el campamento de Huara el general San Martín se hallaba abocado al serio problema de comunicarse con sus agentes de Lima pues las numerosas avanzadas del general José de la Serna ha casi imposible el acceso a la plaza.
Recorría una mañana sus posiciones cuando se encontró con indio alfarero que, con una mula vieja y cansada cargada de charros, atravesaba el campo como ignorando todo lo que lo rodea. Lo mandó llamar el vencedor de Maipú y le preguntó:
—¿Quieres ser libre y que tus hermanos también lo sean?
—Sí, usía, cómo no he de quererlo —le respondió sumiso el ir.
—¿Te animas a fabricar doce ollas, en las cuales puedan esconderse doce mensajes?
—Sí, mi general.
Como el indio asintiera le ordenó poner manos a la obra. Diaz que así se llamaba este modesto servidor de la libertad, trabajó afanosamente y poco después se encontraba camino de la ciudad de los incas con la misión de vender su mercancía al canónigo Luna Pizarro.
Grande fué el asombro de este decidido patriota al ver cómo el indio insistía en colocarle sus ollas, pero como una de éstas cayera al suelo y viera el diminuto papel que estaba escondido entre el barro preguntó:
—¿Cuánto quieres por todas?
—Un cortado de cuatro reales —le respondió el indio, dándole - contraseña que el canónigo esperaba aún, para comprobar que este era un enviado de San Martín.
En homenaje a este leal servidor de la causa de América el Capitán dió la siguiente señal de reconocimiento:
“Con días y ollas venceremos”.

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Re: Anecdotario histórico argentino

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 18, 2013 8:28 am

Una hazaña de Brown

El 22 de enero de 18I6, el Comodoro Guillermo Brown y el capitán Hipólito Buchard, que navegaban en común, atacaron con 4 navíos el puerto de Callao, y tres semanas después se presentaban ante Guayaquil, primer astillero del Pacífico.
En medio de la acción, que era favorable a los patriotas, una recia ráfaga del norte, que coincidió con la bajante de la marea, arrebató al
bergantín Trinidad que fué a varar cerca de la playa.
El Comodoro se lanzó al agua tratando de alcanzar la goleta para acercarla al Trinidad y cubrirla con sus fuegos. Pero la nave había sido ya abordada por una columna de infantería y se vió precisada a arriar su bandera para salvar la vida de sus últimos tripulantes, pero el furor del enemigo no se apaciguó a pesar de que el acto de rendición así se lo exigía.
Brown, al ver la matanza, regresó y, tomando un machete y un fanal encendido en la otra mano, se dirigió desnudo como estaba a la santa bárbara, amenazando que haría volar a todos si no se respetaban las leyes de la guerra.
Esta actitud decidida del marino inglés surtió efecto y poco después, recibía la palabra de honor del gobernador, de que se trataría a
todos como prisioneros de guerra.
Al desembarcar, no quiso el futuro vencedor de Juncal, abandonar su bandera y, como no encontraba otra vestimenta, pues la nave había sido saqueada, se envolvió en ella y así atravesó rodeado de sus valientes las calles de la ciudad, hasta los cuarteles adonde lo conducían.
Al pasar ante la multitud, un realista dijo:
—De dónde es el pirata? ¿Cuya la bandera?
Y alguien le contestó a su espalda, desapareciendo luego:
—No es un pirata, es un insurgente. La bandera es de un pueblo libre.

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Re: Anecdotario histórico argentino

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 18, 2013 8:28 am

El pequeño prisionero de Sipe Sipe


Durante la guerra de la Independencia, era común que los jóvenes ingresaran al servicio de las armas cuando apenas habían salido de la infancia, algunos a los 14 años, y aun a los 12. Pasaban, sin transición, del colegio al Ejército.
A pesar de ser una cosa corriente, hay un personaje poco conocido que nos llama la atención por su precocidad. Sus memorias han sido publicadas en la Biblioteca de Mayo, editada por el Senado de la Nación con motivo del Sesquicentenario de la Revolución. Ese soldado precoz se llamaba Juan Isidro Quesada.
Estuvo en el sitio de Montevideo, en 1814, y luego en el Ejército del Norte. Cuando cayó prisionero en la batalla de Sipe Sipe, el 29 de noviembre de 1815, no había cumplido todavía los 14 años. Era un oficial casi niño, valiente y patriota, pero a ratos con reacciones infantiles. Los prisioneros tomados por los realistas se destinaban a trabajar en las casamatas del Callao, unas mazmorras de triste recuerdo en las que fueron encerrados muchos soldados argentinos.
Juan Isidro Quesada cuenta con lujo de detalles la peregrinación de los prisioneros por los pueblos peruanos (o altoperuanos) antes de llegar a la prisión a la que estaban destinados. Con frecuencia, sufrían malos tratos de los guardianes, pero otras veces eran tratados con bondad.
En Villa de Oruro, dice, se aglomeró el pueblo para golpearlos; pero en otros lugares eran recibidos caritativamente. "En algunos pueblos de indios, los indios y cholos de ambos sexos salían a recibirnos con comida y pan --dice Quesada-- y muchos nos daban sus jergas y mantas para que nos tapásemos".
"Yo --agrega-- recibí un par de zapatos y un pantalón que se quitó de su cuerpo un indio, y me dijo: Tome, niño... yo no los necesito porque estoy acostumbrado a andar descalzo y aun desnudo...".
El oficial niño recordaría toda su vida las expresiones de bondad o los rigores padecidos. Cuando en la sierra, en medio de la nieve, se había abandonado a morir, por carecer ya de fuerzas para seguir andando, un arriero peruano lo socorrió, dándole de comer pan y cebolla con una buena botella de vino.
El oficialito Quesada (con el tiempo llegaría a coronel) se complace en recordar, muchos años después, los rasgos de humanidad que encontró en su camino. Recuerda a los que le ofrecieron buenas situaciones si se pasaba al bando del rey, y a los que, sin exigirle nada, lo socorrieron, lo consolaron cariñosamente.
Me complace rememorar a todos los oficialitos, desde Sipe Sipe a Malvinas. Porque ellos sí supieron, desde muy temprano, que no existe edad para defender la Patria cuando es agredida.


Vicente J. Paladino
Bahía Blanca

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Re: Anecdotario histórico argentino

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 18, 2013 8:29 am

El escuadrón inmolado


Quiero dejar constancia de que este relato de un hecho de la vida real va más allá de cualquier prejuicio, concepción ideológica y/o falta de conocimiento; en él, los indios han sido víctimas, como lo fueron también nuestros colonos, ya que los gobiernos de turno jamás trazaron un plan político para la colonización de nuestros territorios, sino que pretendieron la conquista de los mismos a cualquier costo.
Cuando era joven, leí, en un periódico de Buenos Aires, una pequeñísima historia de heroísmo, que ha influido a lo largo de toda mi vida. Después de leer muchos libros, pude determinar cómo sucedieron los acontecimientos que voy a narrar.
El año 1855 fue muy grave para las tropas nacionales: Calfucurá, guerrero araucano venido de Chile, con base en Salinas Grandes (provincia de Buenos Aires) y con más de 5.000 indios de lanza bajo su mando, asolaba con sus malones el territorio bonaerense. Sus capitanejos atacaban a sus órdenes y le respondían ciegamente; entre ellos, se destacaba uno muy sanguinario, de nombre Yanquetruz (quien había tomado su nombre del cacique homónimo muerto en 1834), que maloneaba, generalmente, por la zona de Carmen de Patagones. El 8 de septiembre de 1855, Yanquetruz y sus hombres invadieron campos y poblados en la zona donde hoy se ubican, entre otras, las ciudades de Juárez, Chillar y Tandil; ante tal situación, el general Hornos, acantonado en Azul, ordenó al teniente coronel Nicanor Otamendi que, con 124 soldados, marchara en auxilio de las poblaciones en peligro. El 12 de septiembre, el escuadrón llegó a la estancia San Antonio de Iraola.
Al parecer, tanto Yanquetruz mismo como la indiada en general tenían mucho respeto por el teniente coronel Otamendi y, como se dirigían en esa dirección, le mandó a su lenguaraz (traductor), a los efectos de convencerlo de que lo dejara pasar sin entrar en combate, ya que arreaba, como producto de sus correrías, 20.000 animales robadas, amén de algunas cautivas, con el propósito de venderlos en Chile. Otamendi aprisionó al lenguaraz, ante lo cual la indiada, enardecida, se lanzó contra sus tropas.
Al amanecer del 13 de septiembre, y después de algunas escaramuzas, advirtiendo que no sería posible enfrentar a 2.500 indios de lanza en campo abierto, el teniente coronel y sus hombres se abroquelaron en un corral de palo a pique de la estancia mencionada, comenzando un combate desesperado. Los soldados, entorpecidos por su propia caballada, resistían el ataque de oleadas de indios, los cuales desmontaban y echaban por delante sus caballerías, para protegerse de las balas de los defensores. Tras más de dos horas de lucha, los pocos soldados de Otamendi que aún se encontraban vivos, incluyendo los heridos, se reunieron en círculo alrededor de su jefe y del glorioso estandarte celeste y blanco, peleando cuerpo a cuerpo y cayendo uno a uno, sin dar ni pedir piedad. Cuando el humo de la pólvora y el polvo de la caballada se disipó, sólo se sintió el grito victorioso de la indiada degollando a los enemigos heridos.
En el lugar, yacían los cuerpos de 124 soldados, así como los de más de 300 indios, amontonados en inmediaciones del corral. Sólo quedaron vivos un corneta de alrededor de 15 años, herido levemente, a quien Yanquetruz llevó a Chile con él, pues le gustaba oír tocar ese instrumento, así como un soldado de apellido Roldán (gravemente herido, con 7 lanzazos en el cuerpo), quien fue encontrado por una patrulla de la división Azul y llevado a esa localidad, donde médicos militares le salvaron la vida.
La historia que acabo de narrar fue ratificada tanto por ese soldado como por cautivos cristianos fugados, quienes contaron los sucesos expuestos.
Aún calientes los cuerpos del teniente coronel Otamendi y sus 124 soldados muertos en combate, el capitanejo Yanquetruz, ebrio de poder y ginebra, se pavoneaba de la victoria en las tolderías del cacique Calfucurá, arengando a la indiada manifestándole que las cautivas cristianas iban a ser entregadas a ese jefe indio, previo sometimiento de las mismas, y que él se iría a Valdivia por el Camino de los Chilenos, a fin de negociar la hacienda robada con comerciantes de ese país, que eran sus únicos amigos... Así lo contaron cautivos rescatados, mucho tiempo después, por las tropas nacionales.
Durante los siguientes meses de 1855, Yanquetruz continuó maloneando por la zona de Tandil, Lobería y La Tinta, robando hacienda, asaltando estancias, secuestrando cautivas y matando a cualquier colono y/o soldado que tratara de impedir su obra maléfica.
El 14 de mayo de 1857, el gobierno de la provincia de Buenos Aires firma un tratado de paz con el capitanejo Yanquetruz, donde se le reconoce el grado militar (teniente coronel), sueldo y cargo, así como uso del uniforme.
Invitado de honor a Buenos Aires, es recibido personalmente por el gobernador Obligado.
Entre muchos agasajos y banquetes que tuvo, fue convidado, con su comitiva, a una función de gala en el teatro Colón, donde se les brindó la ópera "Il Trovatore" ; Yanquetruz no sólo se durmió en la butaca de tan respetable Coliseo, sino que, embebido en alcohol, dejaba escapar todo tipo de gases de naturaleza humana ante lo más encumbrado de la sociedad porteña.
El 19 de mayo de 1857, en el acto de asunción del nuevo gobernador, Valentín Alsina, el capitanejo estuvo a su lado, presidiendo la festividad y la parada militar correspondiente. Con el gobernador saliente, recorrió la ciudad de Buenos Aires a caballo, dándose aires de mariscal, acompañado por su séquito de asesinos y ladrones. Pero todo no termina allí: finalizada la visita, embarcó en una lujosa goleta en el puerto de Buenos Aires, con rumbo a Carmen de Patagones (donde se encontraban sus toldos y casi siempre realizaba sus correrías), siendo despedido por el gobernador en ejercicio, funcionarios de turno, políticos y la banda del Ejército tocando marchas acordes con el "emocionante momento".
Al llegar a sus tolderías, muy pronto olvidó todo lo acordado, reanudando sus correrías y malones con su indiada, robando ganado y traficando cautivos al otro lado de la cordillera. Pero el poder de la maldad no es infinito y una noche de las tantas, el 24 de octubre de 1858, cuando Yanquetruz se acercaba a los arrabales de la Fortaleza Protectora Argentina (Bahía Blanca), adonde concurría a saciar sus vicios en las pulperías, se topó con un capitán del Ejército de apellido Méndez.
Nunca se pudo determinar si lo estaba esperando o si fue un duelo casual, pero el hecho es que el militar empuñó diestramente su cuchillo y con una rápida estocada en la garganta terminó con la vida del malvado capitanejo.
Los soldados que acompañaban al capitán atacaron de inmediato a la escolta de Yanquetruz, unos 20 indios muy bien armados, los cuales, tras duro combate, siguieron la suerte de su cacique.
Una vez muerto el capitanejo, el capitán Méndez se arrodilló ante su cadáver y le quitó la chaquetilla militar que llevaba puesta, que había pertenecido al teniente coronel Otamendi; la dobló y la guardó con sumo respeto, llevándola a su regimiento y conservándola envuelta en la bandera de la Patria.
En mi modesta opinión, sin ánimo de agraviar a nadie, quiero afirmar que, en ese momento, el teniente coronel Otamendi y sus 124 soldados pudieron, por fin, descansar en paz.


Enrique Torti es escritor.

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Re: Anecdotario histórico argentino

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 18, 2013 8:29 am

Cielo de Octubre: Werhner Von Braun en Argentina

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Von Braun en Argentina. Aquí brindando una conferencia sobre los proyectos de la Nasa.

Tapa de la Revista Nacional Aeronáutica y Espacial, de Diciembre de 1963, dedicada a la visita de Von Braun a la Argentina.
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Carta dedicada por Von Braun a la Revista Nacional Aeronáutica y Espacial

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Mientras me encontraba disfrutando de mis vacaciones en la costa argentina, un día de esos que uno no tiene ganas de ir a la playa a sufrir el viento y la arena, haciendo zapping en la tv, me enganché con una película llamada Cielo de Octubre, muy emotiva por cierto, que narra la historia de un adolescente y sus amigos dedicados a la coheteria, en un pueblo minero de USA. Lo cierto que el protagonista es admirador confeso del llamado padre de la coheteria moderna, el científico alemán Werhner Von Braun.
Es así que me vino a la mente un artículo relacionado con éste ilustre científico y su visita a la Argentina en la década de los 60, en más, veo con frecuencia un cuadro suyo firmado y dedicado al Comodoro Gregorio Vélez, ubicado en la Dirección del Museo Nacional de Aeronáutica de Morón.
Corrían los primeros años de la década del 60.....el mundo empezaba a sufrir cambios en lo social, John F. Kennedy era asesinado en Dallas, los Beatles recién daban sus primeros pasos en la música, el rock se iba imponiendo con Elvis, la llamada guerra fría entre USA o el mundo occidental, contra la URSS mantenía ocupadas las mentes de los militares y de los civiles, que se preparaban para una hecatombe nuclear....
En Argentina, además de los clásicos vaivenes políticos, las cosas estaban un poco más tranquilas, un país que buscaba no perder el tren del concierto mundial, que en los fines de los 40 y 50 había estado entre las potencias emergentes luego de la Segunda Guerra Mundial.
Es por ello que siempre llegaban a éstas tierras criollas personajes de renombre, cómo el caso de Von Braun. La carrera espacial había comenzado, y llegar a la luna era todo un sueño para los rusos como para los americanos.Los primeros satélites yá surcaban el espacio (Explorer I-USA y Sputnik I y II URSS), y el genio alemán concibió los medios prácticos y conjugó todas las teorías y técnicas en el éxito de éstas misiones, salvo las de los rusos, por supuesto. La Comisión Nacional de Investigaciones Espaciales (CNIE) desarrollaba proyectos relacionados con la cohetería, siendo el único país de latinoamérica con un avanzado estado de desarrollo en esta materia. De ahí que, y para conocer de cerca la magnitud del esfuerzo argentino, Werhner Von Braun visitara la Argentina, transmitiendo con su presencia y su palabra la inquieta pero firme decisión de los precursores. He aquí un pequeño resúmen de sú estadía entre nosotros.

  • Werhner Von Braun llegó a Argentina a fines de 1963, acompañado por su ayudante, el Dr. Hueter.
  • Cinco Jornadas entre Buenos Aires y Córdoba.
  • Conferencias de prensa en el Círculo de Aeronáutica y en la Comisión Nacional de Investigaciones Espaciales (Tema: Proyecto Saturno-Apolo).
  • Reunión con científicos alemanes radicados en Argentina.
  • Grabación para TV (entrevista) y para el Archivo de la Voz (LRA).
  • Compartió mesas de trabajo con científicos argentinos de la CNIE y de las Fuerzas Armadas para conocer el avance de la cohetería en nuestro medio.
  • No pudo viajar a Chamical (Base de lanzamiento de los cohetes argentinos, CELPA) por pésimas condiciones meteorológicas.
  • En Córdoba se le otorgó el doctorado Honoris Causa en el aula magna de la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, en dónde también brindó una conferencia sobre los programas de la NASA.
  • Participó en DINFIA de sendas exposiciones, en dónde pudo apreciar el desarrollo alcanzado en materia aeronáutica por Argentina.(Guaraní II, proyecto de carguero biturbohélice IA-52, IA-35 Huanquero e IA 46 Ranquel.)
  • Conoció y quedó impresionado con el avance logrado por el Instituto de Investigaciones Aeronáuticas y Espaciales (IIAE)
  • Brindó sus dos exposiciones finales en la Escuela Superior Aerotécnica, luego se le confirió el diploma y medalla de oro que lo acreditan como Miembro Honorario del IIAE.


Revista Nacional Aeronáutica y Espacial - Diciembre 1963 -

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Re: Anecdotario histórico argentino

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 18, 2013 8:29 am

Un regimiento espartano

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Cuando la revolución de 1874, las fronteras habían quedado completamente abandonadas porque las tropas que guarnecían habían acudido al llamado del Gobierno, unas, mientras las otras se habían plegado a la revolución, siguiendo al prestigioso general Rivas. En el fuerte General Paz, comandancia de la frontera Oeste, no había quedado un solo soldado susceptible de dar un paso. Todos habían marchado al campamento de Mercedes con el benemérito coronel Lagos, jefe de aquella frontera.

La noticia de la revolución los había tomado ignorantes de todo; el Regimiento 2 venía de corretear unos indios, recibiendo Lagos en la marcha, la noticia de lo que sucedía en Buenos Aires. Llegó al campamento, hizo montar a caballo inmediatamente la fuerza que allí quedaba y se puso en marcha hacia Chivilcoy, a esperar órdenes, o ver qué giros tomaban los sucesos.

Cada cual salió con lo puesto, considerándose feliz el que pudo echarse una muda de ropa a los tientos, por lo que pudiera suceder. Nadie sabía a dónde iba, lo que sucedía y cuánto duraría aquella marcha precipitada. Todo quedó abierto y tirado, y a disposición del primero que quisiera agarrarlo. Allí quedaban la ropa, las armas de repuesto, las camas, y hasta la correspondencia amorosa. Los quillangos comprados a los indios para traerlos a sus novias unos y a sus madres otros, los retratos de familia y de amor, todo, en fin, quedaba a la vista y a disposición del primer indio que allí entrara.

En el hospital no había más que un soldado moribundo de fiebre maligna, el loco Echeverría, con una indigestión de maíz, y dos soldados más, enfermos de golpes de caballo que les privaban de todo movimiento.

Los buenos milicos se despidieron de sus consortes, que quedaban allí a cuidar las cuadras, los oficiales saludaron aquellas covachas donde dejaban su tesoro y la columna se puso en marcha, con gran espanto del médico Franceschi, que no sabía andar a caballo y temía lo basureara el mancarrón.

El abandono era peligroso, porque el campamento quedaba situado entre las tribus amigas, que no por ser amigos dejaban de ser indios: Manuel Grande, Coliqueo y Tripailaf.

Allí quedaban armamento en desuso, polvorín bien provisto y casuchas como la del coronel Lagos, que guardaba cuanto tenía éste, y que no había querido llevar nada para quedar en iguales condiciones a sus oficiales.

No había más amparo que la negra Carmen, sargento primero del 2 de Caballería, y a ella se la nombró jefe de la frontera mientras duraba la ausencia del coronel Lagos. Era mamá Carmen el único sargento primero que quedaba en el campamento, y a ella le correspondía el comando accidental de la frontera.

La pequeña columna se puso en marcha, y mama Carmen se quedó dando sus primeras órdenes para arreglar el servicio de vigilancia. Los vivanderos encajonaban apresuradamente sus limetas y galletas revenidas, para apretarse el gorro sobre tablas, porque podían entrar los indios, que son, por lo general, malos marchantes.

Sevilla, Bastos, don Pedro, todos andaban apuradísimos en arreglar sus efectos, cuando sentimos, ya al salir del campamento, la voz sonora de mamá Carmen, que dirigiéndose a Bastos le decía:

- ¡Que se quede ése que se llama como baraja! No quiero que se vaya, porque por un flojo no nos hemos de quedar sin ginebra ni vicio de entretenimiento.

- ¡Que se quede mi pulpería! –gritó Bastos-, pues mis matambres los pongo en salvo.

Y uniendo la acción a la palabra, vino a formar a retaguardia de la columna, mientras mamá Carmen ponía de guardia en la pulpería de Bastos a la mujer del sargento Romero, una negra buena moza, más grande que un rancho.

La columna siguió la marcha en medio de las más alegres carcajadas, marcha que fue un verdadero vía crucis para el médico Franceschi, quien, como Cristo, no hacía sino caer y levantarse para volver a caer.

Aquella misma tarde mamá Carmen vistió con uniforme de tropa a todas las mujeres que quedaron en el campamento, para que en un caso dado pudiera fingirse un piquete dejado de guarnición en él. En el mangrullo había dos piecitas de bronce, la misma que tomó Arredondo en San Ignacio, y que estaban en buen estado de servicio. En aquel mangrullo estaban perfectamente seguras, pues levantando la tabla no había quien trepara a la estrella, y en último caso, mama Carmen sabía manejar las piezas con bastante acierto.

Allí subían a dormir de noche, estableciéndose de día la más estricta vigilancia. Los indios amigos veían a la distancia que en el campamento habían quedado soldados y no se atrevieron a ir.

Manuel Grande era un cacique que siempre había sido leal al gobierno y que protegía al campamento en cualquier caso de apuro.

Una siesta en la que mamá Carmen estaba entregada con sus amigas y soldados ya mejorados a las delicias de una carne con cuero, sintieron a la centinela que gritaba:

- ¡Indios en el fortín Luna!

Medio atorándose con un bocadote matambre, mamá Carmen mandó formar sobre el mangrullo y subió ella misma a preparar las piezas. Efectivamente; a la derecha del campamento se veía una indiada que avanzaba con el mayor descuido, como si supiera que el campamento estaba abandonado.

Los caballos estaban atados a la estaca y nada acusaba la presencia de tropas. La negra Carmen cargó las piezas, levantó la tabla y se escondió como las demás mujeres detrás del parapeto.

Los dos soldados tenían su carabina con su dotación de tiros, otra carabina mamá Carmen y otras dos tenían la mujer del sargento Romero y la mujer del trompa Martinone.

Los indios, que sin duda estaban convencidos de que no había nadie, entraron alegremente y mirando a todas partes, como si quisieran descubrir el paraje que debían asaltar primero. Aquí fue donde mamá Carmen hizo asomar a sus tiradores, asomando ella misma, y rompiendo el fuego sobre los indios.

Aturdidos y aterrados por aquel inesperado fuego de fusilería, los indios se hicieron una pelota y salieron del cuadro dando alaridos terribles. Mamá Carmen, que los vio hechos un pelotón que no atinaba por dónde romper, hizo un disparo de artillería que concluyó por aterrarlos. Al segundo cañonazo los indios se ponían en fuga, dejando dos heridos dentro del mismo campamento.

Mamá Carmen salió entonces del mangrullo seguida de los dos soldados, montó a caballo y se puso en persecución de los derrotados, haciéndoles frecuentes tiros de carabina. Si los indios volvían, siempre tendría ella tiempo de volver al mangrullo a jugar su artillería.

Pero los indios no atinaban a volver; los disparos de las piezas los había llenado de espanto y sólo trataban de ponerse a salvo. Tres indios que fueron alcanzados, en un trayecto de veinte cuadras que duró aquella persecución, los ató mamá Carmen y los trajo al mangrullo, diciéndoles:

- No tengan cuidado, hijitos: aquí quedarán hasta que vuelva el coronel y diga lo que ha de hacerse.

Cuando los indios vieron que allí no había más que mujeres, querían morirse de desesperación; pero no había remedio, pues estaban fuertemente amarrados al mangrullo.

Así se libró de ser invadido el fuerte General Paz, durante el tiempo que duró la revolución.

Cuando regreso la división del coronel Lagos, halló los tres prisioneros, guardados por aquel cómico destacamento. No faltaba ni una hilacha; todo se había salvado, gracias al valor y previsión de mamá Carmen.

Fuente
Gutiérrez, Eduardo – Croquis y siluetas militares – Buenos Aires (2005)

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Re: Anecdotario histórico argentino

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 18, 2013 8:30 am

Las barajas del Virrey
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Bajo relieve del monumento de Juan José Castelli

En sus memorias, dictadas muchos años más tarde de la revolución de Mayo, cuando vivía desterrado en Montevideo, Martín Rodríguez relata la entrevista que en compañía de Juan José Castelli mantuvo con el virrey Cisneros, el 20 de mayo de 1810, para pedirle la convocatoria a Cabildo Abierto y la cesación en el mando. Dice Rodríguez que él y Castelli llegaron al Fuerte, o casa de gobierno, subieron a la sala de recibo, y encontraron allí al virrey Cisneros que estaba jugando a los naipes con el brigadier Quintana, el fiscal Caspe y su edecán, que era un tal Goicolea. Entonces se acercaron a la mesa y Castelli tomó la palabra para decir: “Excelentísimo señor: tenemos el sentimiento de venir en comisión por el pueblo y el ejército que están en armas, a intimar a Vuestra Excelencia la cesación en el mando del Virreinato”.

Dice Rodríguez que el virrey se levantó furioso diciendo: “Qué atrevimiento era aquél, que cómo se atropellaba la persona del Rey que él representaba; que era el más grande atentado que allí se podía cometer contra la autoridad”. Pero ante otras exhortaciones de los visitantes y después de haber conferenciado en secreto con el fiscal Caspe, Cisneros se tranquilizó y dijo, ya en tono de resignación: “Señores… puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran…”.

Esta entrevista histórica tuvo lugar, según la memoria de Rodríguez, el 20 de mayo de 1810. Ahora nosotros retenemos el detalle pintoresco de que el virrey entretuviera sus ratos de ocio jugando a las cartas. La malilla o el truquiflor (que era un antepasado del truco) fue una de las grandes distracciones de la época colonial. Otros juegos de naipes que se jugaban por entonces eran el Mus, la Baceta, el Faraón, el Paro, el Sacanete (o Lansquenete), el Cacho, las Bazas, el Comején, el Hombre, la Quinela, la Biscambra, el Burro, y el Revesillo.

Desde la casa de gobierno hasta las últimas pulperías, todo el Virreinato se dedicaba a despuntar el vicio de la baraja. Así, la escena solemne del pedido de abdicación tiene como fondo una mesa con un mazo desparramado mostrando sus oros y sus copas, sus bastos y sus espadas.

En la estatua de Castelli, obra del escultor alemán Gustavo Eberlein, se ve, sobre el pedestal, un bajo relieve que representa una paráfrasis de la escena descripta por Martín Rodríguez. Castelli de civil, y Rodríguez, de militar, se presentan ante el virrey, que está sentado a la mesa de juego. Un sirviente de gran uniforme trae una bandeja con licores. En la sala brilla una araña entre elegantes cortinados. Pero en la escultura el virrey no aparece jugando a las cartas sino al ajedrez. El escultor (o sus inspiradores) no se atrevieron a poner a Cisneros orejeando un mazo de barajas, y las sustituyeron por un juego, al parecer, más noble y más digno del encumbrado representante del rey de España. La obra escultórica fue inaugurada el 20 de mayo de 1910 y se halla en Plaza Constitución, Buenos Aires.

Fuente

Crónica Histórica Argentina – Buenos Aires (1968).

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado.

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Re: Anecdotario histórico argentino

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 18, 2013 8:30 am

El humor de Rosas
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Con frecuencia vemos aparecer anécdotas y relatos de y sobre Juan Manuel de Rosas, la mayor parte conocidos ya hace tiempo, pero que tienen la novedad del momento para quienes no los conocen, que son los más. Esto nos mueve a publicar las dos que constituyen la presente narración, completamente desconocidas, en las que veremos a un Rosas familiar, sin locos ni bufones que lo diviertan, en las que da y recibe bromas despojado de toda autoridad, como la que puede hacer y recibir cualquier hijo de vecino, según se decía por aquellos tiempos.

Era Palermo de San Benito, cuando Rosas trasladaba allí su residencia veraniega, el centro de todo el movimiento político y social, secundado eficazmente por su hija Manuelita.

Las cálidas tardes de los veranos las aprovechaban las parientas y amigas íntimas para ir hasta allí a tomar el fresco, cosa muy natural y que no tenía nada de particular, dada la intimidad con que, en general, se trataban entre sí dichas personas. Algunas veces iban solas y otras se reunían para hacer el camino juntas. Si el tiempo lo permitía, se iban a la orilla del río, y si entre los visitantes había algún aficionado a la música, éste amenizaba la reunión.

Mercedes R. de Rivera y su hermano Juan Manuel fueron muy unidos, y lo fueron tanto que hasta sus bienes en las herencias de sus padres los tuvieron juntos. En lo físico y en el carácter fueron también los que más se parecieron. De ahí su intimidad y el afectuoso trato que se dispensaron siempre. Era la que se permitía llevarle la contraria y darle bromas.

Con estos antecedentes, vamos a referir dos anécdotas en las que fueron protagonistas los dos hermanos que, como hemos dicho, son completamente desconocidas.

Una tarde fue Mercedes con varias amigas a visitar a Manuelita llevando puestas unas gorras muy elegantes, que cuidaban mucho, y con las que esperaban dar una sorpresa a las dueñas de casa.

Don Juan Manuel las vio llegar desde su pieza, causándole gracia el ver lo que presumían y reían su hermana y sus compañeras con sus gorras, y como hacía poco que su hermana Mercedes le había hecho una broma, que no había olvidado, encontró la oportunidad de tomarse el desquite.

En efecto, una vez que las visitas entraron y estuvieron un rato conversando con Manuelita, se sacaron las gorras, encaminándose al interior de la casa y resolviendo ir a la orilla del río en cabeza a tomar el fresco.

Cuando don Juan Manuel las vio salir, fue hasta la pieza donde estaban las gorras, las tomó en la mano, las miró y se rió. Después de esto salió al jardín, encontrándose con uno de sus asistentes, a quien llamó preguntándole:

- ¿Cuántas mulas hay en la maestranza?

- Debe haber pocas, excelentísimo señor, porque ayer se dispuso el envío de todas a Santos Lugares.

- Pero –dice Rosas- ¿habrán quedado cinco o seis?

- Si, excelentísimo señor.

- Bueno, mande buscarlas y que las entren por detrás de la capilla y cuando estén allí viene a buscar algunos bonetes y con cuidado, pero con mucho cuidado de no ensuciarlos o de romperlos, se los pone en la cabeza a las mulas, con una buena frentera, bien sujetas para que no vayan a caer y cuando estén listas y vea venir a Manuelita con sus visitas, les da un guascazo para que salgan disparando y ellas las vean. Tome todas las precauciones necesarias para agarrarlas enseguida, sacarles los bonetes, limpiarlos bien y ponerlos donde estaban. ¿Ha entendido bien?

- Si, excelentísimo señor.

Don Juan Manuel se retiró a sus habitaciones para esperar y ver el resultado de la broma.

Las cosas se hicieron en la forma dispuesta y cuando regresaban del río Manuelita y sus acompañantes, una de ellas, al ver a las mulas con sus gorras, exclamó llena de sorpresa:

- ¿Qué es aquello?

- ¡Qué va a ser! –dijo doña Mercedes-, una broma de Juan Manuel, ¡ya verán cómo me las va a pagar!

Don Juan Manuel al oír las risas se asomó, riéndose a su vez a desternillarse, como se decía entonces, y presentándose a las del grupo les preguntó qué les pasaba, a lo que Mercedes le respondió riendo también:

- Lo que ha pasado ya lo has visto, pero “donde las dan las toman”.

- Todos reían; pero don Juan Manuel, que conocía a su hermana, se dijo:

- Esta me va a hacer alguna de las suyas, y no tendré más remedio que aguantarme –recordando una broma que le había hecho en “El Pino”.

Duró mucho tiempo el éxito de esta broma siendo motivo de chascarrillos familiares, a los que replicaba el autor “que ése era el efecto que le causaban las mujeres con esos bonetes”.

Una noche, en su casa de la calle Santa Rosa (actual Bolívar), celebraba doña Mercedes una reunión de familia con asistencia del maestro Esnaola, a la que había concurrido don Juan Manuel, bastante resfriado, pero con un buen abrigo y una boa muy fina, regalo del general Ibarra, que le servía de abrigo a la boca cuando salía a la calle.

Cuando entró se sacó el abrigo y, junto con la boa, lo dejó en una salita.

Durante la reunión todos le decían a Rosas que había hecho muy mal de haber salido con una noche tan fea; pero él contestaba diciendo que con un capote grueso como el que llevaba y su boa, no le temía al mal tiempo.

A instancias de las circunstancias la mandó buscar para enseñarla y con gran sorpresa suya se presentó Cimarrón, el perro mimado de la casa, con la prenda atada al cogote como collar.

Ante la risa de los concurrentes, don Juan Manuel, dirigiéndose a Mercedes, riendo como todos, le dijo:

- ¿Tú has andado en esto?

- ¿Y por qué he de ser yo?

- Porque eres la única capaz de tomarse esa confianza.

- Yo no sé, Juan Manuel, quién habrá sido; pero voy a mandar averiguarlo.

- Necesito –dijo a Pepa, su criada de confianza- que me averigües quién ha tomado la boa de mi hermano.

- Muy bien, su merced.

- Y en cuanto encuentres al que se la ha puesto al perro, me lo traes.

Mientras tanto don Juan Manuel, conversando sin enojo, manifestó que sentía mucho su boa, porque no se la pondría jamás.

Al oírlo Mercedes le dijo que no fuera necio, que la cosa no era para tanto, pues ella y sus amigas se habían puesto siempre las gorras, a pesar de que las usaron las mulas, riéndose de la cara de su hermano, que la miraba sonriéndose y repitiéndole aquello de “donde las dan las toman”.

Así es –dijo don Juan Manuel- pues las cosas no tienen mayor importancia sino porque, como tú muy bien comprenderás, las gorras en las cabezas de las mujeres no tienen el mismo uso que tiene la boa, que lo es en la boca, y como ésta ha andado por el suelo y en el cogote del perro, no podré usarla.

Estaban en eso cuando apareció Pepa trayendo una bandeja de plata, en cuyo centro venía una hermosa boa primorosamente sahumada, tejida en finísima seda y vicuña, la que después de saludar ceremoniosamente a don Juan Manuel le dijo:

- Mi amita, la señora doña Mercedes, me encarga ponga en sus excelentísimas manos esta boa, que ella misma ha tejido para que la use en su nombre, y no le guarde rencor.

Don Juan Manuel se levantó, tomó la boa, la besó y dirigiéndose a su hermana le dio las gracias, felicitándola por ser autora de un trabajo tan fino, que no merecía.

La reunión terminó en medio de la alegría general, celebrando todos la broma y quedando los dos hermanos tan amigos y unidos como antes.

Don Juan Manuel juró no hacerle ninguna broma más a Mercedes, se guardó la boa que había llevado en el bolsillo, se colocó la que le acababa de regalar su hermana y no volvió a usar otra sino ésta.

Fuente

Bilbao, Manuel – Tradiciones y recuerdos de Buenos Aires – Ed. Ferrari, Buenos Aires (1934).

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado.

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Re: Anecdotario histórico argentino

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 18, 2013 8:30 am

Calixto, último verdugo colonial

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En 1802 Buenos Aires tiene nuevo verdugo. Se trata del negro Bonifacio Calixto (1). Ejercerá ese oficio –y el de pregonero- durante los últimos años del virreinato y el comienzo del período independiente. En la sesión del 22 de octubre de ese año, el Cabildo según los términos de la acordada de la Real Audiencia del 18 de ese mes, acuerda que se le satisfaga mensualmente la parte correspondiente al sueldo anual de ciento cincuenta pesos, “… con el descuento que se halla prevenido…”, que es del tercio del sueldo. Tiempo después, Calixto presenta un escrito a la Real Audiencia reclamando su salario. La petición del verdugo pasa al Cabildo “… para que con arreglo a la providencia en que se mandó hacer descuento al verdugo del sueldo que le está señalado, se satisfaga el resto”. En el Cabildo del 15 de mayo de 1804 el Mayordomo de Propios informa que en esa forma se abona el sueldo de Calixto. Los señores cabildantes deciden “… se le continúe pagando en los términos prevenidos por la Real Audiencia y se le hagan saber los descuentos y la razón por que se le hacen; y mandaron que por mi actuario se averigüe el paradero de la causa seguida contra Calixto, se vea si se hallan o no cubiertas las cantidades a que se contraen los descuentos y resultando cubiertos, lo hagan entender al Mayordomo para que le pague al verdugo íntegro su sueldo mensualmente”. Las actas no puntualizan el motivo de esos descuentos. La existencia de una causa, cuyo paradero debía averiguar el escribano del Cabildo, demuestra que el negro Bonifacio Calixto, como algunos otros de sus antecesores en el oficio, no es precisamente lo que se llama trigo limpio. Debe, pues, estar condenado a indemnizar alguna picardía contra los bienes ajenos. Si no es la primera, por cierto no será la última vez que su comportamiento incremente el trabajo de la justicia y del Cabildo.

Mientras la ciudad goza la euforia de su Reconquista y rendición de los invasores ingleses, en setiembre de 1806 el negro Calixto se da a la fuga, dejando a Buenos Aires sin pregonero ni verdugo. En sus malandanzas por la ciudad y sus alrededores, se introduce en la iglesia de San Isidro Labrador, y sustrae diversos elementos destinados al culto. El cura párroco, Bartolomé Márquez, por oficio del 1º de diciembre de 1806 (2), comunica al alcalde de primer voto, Francisco Lezica, la siguiente nómina de lo sustraído y su correspondiente valor: “Casulla nueva de espolín verde, con manípulo y estola, $ 50; cáliz de plata sobredorado, con sobrepuesto dorado, que pesaba treinta onzas, $ 30.-; labrado de la misma, $ 30.-; dos albas de Bretaña, de Francia, con sus encajes y amitos, que eran usadas, $ 20.-; platillo de vinajeras, de plata, $14.- y paño de comulgatorio, $4.-”.

El total de lo sustraído suma ciento cuarenta y ocho pesos, casi un sueldo anual de verdugo y pregonero. Conforme a derecho, el hurto comprende cosas sagradas y su pena debía ser grave. Antonio de la Peña en su tratado dice: “Advierta mucho el juez, que entonces tendrá pena de muerte el que hurtare alguna cosa de la iglesia, cuando hurtare alguna cosa santa o sagrada conforme a la ley de Partida (1, 18, T. 14, P.7), y cosa sagrada es la custodia, el ara, el cáliz y las vestimentas sacerdotales, pero las otras cosas que no pertenecen al ornato y culto divino no se dicen sagradas, como las vinajeras, o el frontal, que se pone en el altar. La cruz se dice sagrada y santa…” (3). Sin embargo, no le va tan mal a Calixto en este asunto. Vuelto al redil y a sus oficios de verdugo y pregonero, es condenado a restituir el importe de lo hurtado. En el Cabildo del 11 de mayo de 1807 se procede a liquidar la cuenta de los sueldos caídos. Resulta que se le deben doscientos cincuenta y nueve pesos cinco reales. Se ordena que el Mayordomo de Propios proceda a distribuir esa suma en esta forma: “…Al cura de San Isidro don Bartolomé Márquez, o a quien lo represente, 148 pesos; al escribano don Mariano García Echaburu, 46 pesos 4 reales; recibiese en si por los gastos causados en la fuga que ejecutó Calixto en setiembre del pasado año, 28 pesos; y le entregase a éste el saldo a su favor de 37 pesos 1 real”.

Los acontecimientos de 1810 no modifican la situación del negro Calixto como verdugo de Buenos Aires. Despiertan, en cambio, el deseo de mejorar su estado económico. En setiembre de 1810 hace dos presentaciones a la Real Audiencia, integrada ya por conjueces y no oidores, criollos y abogados del foro. En la primera pide una asignación anual de quinientos pesos de sueldo. Por la segunda reduce su aspiración a trescientos pesos anuales. Ninguna de las dos tienen buen suceso. Su sueldo queda inamovible en los ciento cincuenta pesos establecidos.

El origen de la preocupación de Calixto por mejorar su situación económica queda revelado al poco tiempo por la presentación que hace al Cabildo Norberto Pando, dueño de la esclava Tomasa. Calixto tiene un motivo plausible para mejorar su suerte: esta enamorado, y quiere libertar a su amada y casarse. Manifiesta Pando que cuando Tomasa ya estaba colocada en una tropa de carretas para ser conducida al interior del país, fue detenida por orden del anterior alcalde de primer voto y puesta en la cárcel. Pando explica que la detención “la causó el que el verdugo Bonifacio Calixto había intentado, y aún subsistía en la idea de casarse con dicha esclava, para lo cual quería libertarla, contando con que este Excelentísimo Cabildo le franquearía el dinero para ello”. El amo desposeído de su esclava urge en su presentación al Cabildo a que resuelva de una buena vez el asunto. Tomasa lleva ya meses en la cárcel. Activo estuvo Calixto para convencer al alcalde de primer voto del año anterior a fin de no perder de vista a su dulce tormento. En la sesión del 7 de diciembre de 1810 el Cabildo, con los antecedentes a la vista, hace comparecer a Pando, al verdugo Calixto y al alcalde de la Cárcel. Oídos los interesados –uno en sus pesos y otro en su idilio-, constando por informe del contador que Calixto tiene vencido casi todo el sueldo del año, el Ayuntamiento decide facilitar la compra de Tomasa. Se acuerda, por lo tanto, que se pague a Norberto Pando la cantidad de doscientos setenta y ocho pesos fuertes “… por lo que tiene vencido del año el verdugo Calixto y a cuenta de lo que fuere devengando de sueldos, debiendo proceder el otorgamiento de la escritura de libertad por parte de Pando a favor de la esclava Tomasa, con la precisa calidad de que esta no ha de disfrutarla ni separarse del lugar donde se halla hasta que haya cubierto dicha anticipación el verdugo Calixto, en lo que manifestó éste absoluta conformidad después de bien explicadas las condiciones”. Significa esto que Tomasa debe permanecer depositada hasta que Calixto, con su futuro sueldo de 1811, pueda completar el reintegro del dinero adelantado para cubrir el costo de su manumisión.

En el Cabildo del 11 de junio de 1811, a su pedido, se dispone que, a cuenta de su sueldo, se entreguen al verdugo Calixto doce pesos fuertes para su casamiento.

¿Se casó el verdugo Calixto con su amada Tomasa? Es posible. Pero su felicidad conyugal no será muy prolongada. Muy pronto Calixto es detenido por otra de sus tropelías y se encuentra impedido de ejercer su oficio. La situación preocupa y alarma al Cabildo. En su sesión del 5 de diciembre de 1811 se acuerda remitir oficio al Superior Gobierno solicitando “… que respecto a hallarse la ciudad sin verdugo por la prisión del negro Calixto en el Regimiento Nº 1, que es el único que hay y que quiso serlo, a que por este defecto se halla sin ejecutor la Justicia, especialmente en la Causa concluida y ejecutoriada contra los reos Jorge Ponce de León, Manuel Antonio Viera, Olegario Pérez, José Martínez, Narciso Zavala y Antonio Osores, condenados todos a azotes, por las calles públicas unos y dentro de la Cárcel otros, por haber falseado los calabozos con llaves de estaño en la noche del seis al siete de octubre último, y a que por aquella falta no se reconocen las prisiones, hallándose por esto deschavetados los grillos, lo que no sucedería si se hallase en la Cárcel el dicho oficial público, por ser el especialmente encargado de estas requisas; se le haga venir a la Cárcel, y se le conserve en ella en prisión, sin perjuicio del curso y resultas que pueda tener el delito por que está procesado”. Por lo que se advierte, en ese tiempo el verdugo, importante “oficial público”, no sólo atiende a las ejecuciones de la pena capital y la de azotes, públicos o reservados, y a la aplicación de la tortura judicial. A falta de otro personal, tiene a su cargo tareas relativas a la seguridad interna de la cárcel, como la verificación del correcto estado de los medios de sujeción aplicados a los presos.

Entretanto, como conjetura Fitte (4), es posible que el 11 de diciembre Calixto haya procedido a colgar en la horca los cuerpos de los cuatro sargentos, dos cabos y cuatro soldados del Regimiento 1, ajusticiados por un pelotón de fusileros por su participación en el famoso “motín de las trenzas”.

Ante las razones expuestas por el Cabildo, el Gobernador Intendente, por oficio del 28 de enero de 1812, contesta que “… sin embargo de hallarse el verdugo en la cárcel pública en calidad de preso, puede ejercer desde luego las funciones de su oficio”. En el Cabildo del 31 de enero se toma conocimiento de la autorización del gobierno y Calixto continúa en funciones.

No conocemos el fin del negro Calixto. Por sus antecedentes penales, bien pudo ser el de “ladrón famoso”. A partir del 1º de setiembre de 1812 tiene reemplazante en José Díaz. La Cámara de Apelaciones, que ese año sucede a la Real Audiencia, por acuerdo del 3 de diciembre ordena: “Pásese al Exmo. Cabildo la correspondiente acordada para que se satisfaga al verdugo José Díaz los ciento cincuenta pesos de sueldo, como lo ha hecho en los anteriores, según lo informa el señor alguacil mayor”. Así se hace en el Cabildo del 15 de diciembre. (5)

Meses después, la Asamblea General Constituyente, reeditando un decreto de las Cortes de Cádiz, por ley sancionada el 21 de mayo de 1813 establece: “la prohibición del detestable uso de los tormentos, adoptados por una tirana legislación para el esclarecimiento de la verdad e investigación de los crímenes; en cuya virtud serán inutilizados en la Plaza Mayor por mano del verdugo, antes del feliz día 25 de mayo, los instrumentos destinados a este efecto”. El 23 de mayo, en presencia del alguacil mayor, el verdugo arroja al fuego la silla de tormentos existente en la cárcel. Es la hora más gloriosa de Calixto y sin duda su faena más aclamada. Pero el acto es un poco su “harakiri”. La disposición de la Asamblea clausura una de sus fuentes de trabajo arancelado. En adelante –y hasta después de la organización nacional-, el verdugo se limitará a la ejecución de las penas de muerte y de azotes.

Referencias

(1) Archivo General de la Nación, Acuerdos, serie IV, I, pp. 165-12; 485; y 693-95.

(2) Francisco Luis Romay, Verdugo y ladrón sacrílego, en “Historia”, Buenos Aires (1956), Nº 3, p. 181.

(3) Manuel López-Rey y Arrojo – Un práctico castellano del siglo XVI (Antonio de la Peña), Madrid, T. XV (1962), pp. 5-21.

(4) Ernesto J. Fitte – El motín de las trenzas, Buenos Aires, 1960, página 138.

(5) Archivo General de la Nación, Serie IV, V, p. 57.

Fuente

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado

García Basalo, J. Carlos – Patíbulos y verdugos

Todo es Historia – Año XII, Nº 132, mayo de 1978.

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Re: Anecdotario histórico argentino

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 18, 2013 8:30 am

Al tercer corner, se cobra penal!!!

El verdugo ajusticiado
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No es empresa fácil mantener cubierta la plaza de verdugo. A la infamia inherente al oficio se agrega la escasa paga, a veces recibida con sensible retraso. No extrañe por ello que en ciertos periodos la ciudad carezca de verdugo y de aspirantes a desempeñar tal función. Uno de esos vacíos se produce en tiempos en que desempeñaba la Gobernación del Río de la Plata el vizcaíno José de Andonaegui, mariscal de los Ejércitos Reales (1745-1756). La situación motiva una nota del alcalde de primer voto al Gobernador en la que le expone “… que por falta de ejecutor no se daba tormento a ciertos reos que se hallaban en la cárcel, aunque había venido así dispuesto por la Real Audiencia del Distrito”. La respuesta de Andonaegui la lee el escribano del Cabildo en la sesión del 7 de febrero de 1753. Enterados del auto del gobernador, “acordaron los señores de este Ayuntamiento se compre un esclavo ladino para el dicho efecto y se entregue al alguacil mayor para que se vaya instruyendo en el modo de dar tormento y lo demás lo ejecutará el Mayordomo”. (1) La compra debe recaer precisamente en un esclavo ladino. En contraposición al bozal, que es el esclavo africano recién llegado, el ladino conoce el idioma del país. El requisito indicado por los cabildantes es natural, ya que además de comprender correctamente las instrucciones que se le impartan debe fungir como pregonero.

En el cabildo del 27 de marzo se da cuenta de haberse realizado la compra del esclavo para servir de verdugo y pregonero. Antes de cerrarse la operación, se le hace saber el destino que le aguarda. El candidato acepta. No obstante, los cabildantes no se dan por satisfechos. Para futura tranquilidad de sus conciencias quieren rodear tal consentimiento de una mayor solemnidad. Entonces, en la misma sesión, “… se le hizo comparecer ante el ilustre Cabildo, en este Ayuntamiento, y en presencia de mi el presente escribano de que doy fe, y habiéndole preguntado cómo se llama dijo llamarse Félix, y preguntado si aceptaba el dicho nombramiento de verdugo y voluntariamente se ofrece a ejercerlo dijo a todo que sí”. Oída la ratificación de su conformidad para ejercer el cargo, el Cabildo dispone que el alcalde de segundo voto le haga vestir decentemente. En el cabildo del 1º de junio se trata la cuenta presentada por el sastre por el gasto del vestuario del verdugo y las ropas de los maceros de la ciudad. Importa ciento sesenta y ocho pesos y 2 reales y medio. El Cabildo acuerda pagar solamente ciento sesenta pesos, haciendo una rebaja de ocho pesos y dos reales y medio “… atendiendo que algunas cosas de hechuras se hallan subidas en el precio”.

Otra vez tiene la ciudad su ejecutor de justicia y pregonero en el negro ladino Félix. Más no será por mucho tiempo. El negro Félix resulta ladino por partida doble: por lenguaraz y por truhán. No transcurren nueve meses desde que asumiera con tanta formalidad sus funciones, cuando se produce el suceso más insólito que se pudiera imaginar: ¡el verdugo resulta condenado a la pena capital! En efecto, el 19 de noviembre de 1753, en presencia del Defensor de Pobres, el negro Félix es notificado de la sentencia de muerte que le impone el alcalde de segundo voto Luis Aurelio de Zabala, hijo de Bruno Mauricio de Zabala, por ladrón famoso.

¿Qué es un ladrón famoso para merecer la pena capital? El penalista español Pereda (2) investigó a fondo en la literatura jurídica universal el concepto de “famosus latro”, que tiene su fuente en el derecho romano. Al cabo de su estudio, tan erudito como ameno, Pereda arriba a esta conclusión: “En resumen, podemos decir que existió, impuesto por la costumbre, este principio de que se pague el tercer hurto con la vida; que lo creen contrario al derecho los doctores pero que, dado el estado de la legislación y de la sociedad, no hay más remedio que tolerarlo; que aún así y todo, concentran su estudio en ponerle más y más dificultades para hacerle prácticamente impracticable en muchísimos casos”. Pero, como dice Próspero Farinacio (1544-1616), “… discútase lo que se discuta y dígase lo que se diga, al tercer hurto se ahorca al delincuente”. En la misma línea están los prácticos españoles. Así Antonio de la Peña en su obra “Orden de los juicios y penas criminales” -Tercera Parte, Capítulo 39, “en qué pena debe ser condenado el que hurtare alguna cosa”-, afirma: “Por hurto, el ladrón de derecho común debe ser condenado si el hurto está manifiesto, a que lo restituya con el cuatro tanto y si no es manifiesto con el dos tanto y además de ésta a una pena extraordinaria, aunque sea corporal, según el albedrío del juez atenta la calidad del hurto y de la persona… Por el segundo hurto tiene pena de azotes y cortadas las orejas. Por el tercero debe morir, porque por la reiteración y frecuencia del delito, el tal es hecho ladrón famoso y debe ser ahorcado. Y por esa misma razón y costumbre que uno tiene de delinquir es muy justo sea ahorcado, lo cual puede ser justamente estatuido por la república por la contumacia de los que cometieron semejantes delitos…” (3).

El negro Félix resulta ser lo que hoy llamaríamos un multirreincidente, un delincuente habitual. Sino pierde las orejas, por estar en desuso esa pena de mutilación, el ladino Félix antes de manejar la penca como ejecutor de justicia, la habría padecido como reo. ¿Al aceptar el oficio de verdugo busca alguna forma de tolerancia o de impunidad para sus fechorías? ¿Quiso explotar la necesidad que de sus servicios tiene la justicia? Si así lo pensó se equivocó de medio a medio. Tal vez el alguacil mayor o sus tenientes hayan disimulado alguno que otro resbalón y hasta alguna caída. Pero algún hecho fuera de lo común debe colmar la medida y agotar la paciencia de las autoridades. Puesto en marcha el proceso criminal, la inflexible rectitud del alcalde de segundo voto, Luis Aurelio de Zabala, hizo el resto. Declarado “famosus latro”, su suerte no puede ser otra que la horca, tal vez aumentada por el previo garrote vil.

En el cabildo del 20 de noviembre, el Defensor de Pobres, Juan de la Palma Lobatton, que le asiste en la primera instancia del proceso, al dar cuenta de la pena impuesta al verdugo Félix, en atención a que su amo es el propio Ayuntamiento y por ende no es pobre, pide que se le designe defensor para la tramitación de los recursos correspondientes. El Cabildo nombra al mismísimo Procurador General de la ciudad, Bernabé Denis y Arce, reemplazado en el cargo a partir del 1º de enero de 1754 por Juan Miguel de Esparza.

Las gestiones de Esparza no resultan favorables para las esperanzas del negro Félix, que vive la equívoca situación de verdugo y de condenado a muerte. La sentencia del alcalde de segundo voto Zabala, es confirmada por el Teniente de Rey Alonso de la Vega. Para colmo de males, deniega la apelación ante la Real Audiencia de Charcas, medida que también ratifica el propio gobernador. En el cabildo del 6 de setiembre de 1754 Esparza al dar cuenta de lo ocurrido, apesadumbrado, manifiesta: “…que el señor don Miguel de Igarzábal, alcalde segundo voto, le acaba de decir que por falta de defensa se ajusticia el negro y que respecto de no ser profesor de derecho se le nombra uno que en esta causa le defienda…”. Al hacer tal y tan grave manifestación, que para Esparza suena a cargo en contra, Igarzábal debe pensar en las sutilezas y distinciones legales que urden los doctores para evitar a todo trance la irreparable calificación de “famosus latro”, algunas de las cuales reseña en su estudio Pereda. Los cabildantes –a excepción del entonces Regidor Zabala “que dijo que fue Juez de la causa y como tal no puede hablar en el asunto”-, acuerdan nombrar por abogado del Procurador General a Pedro Contreras, “… para que inste sobre la defensa de el Negro ante el Señor Teniente General no obstante las sentencias dadas”, cuyos honorarios pagará la ciudad. En el cabildo del siguiente día -7 de setiembre-, desalentado, Esparza manifiesta que el abogado Pedro Contreras se excusó de aceptar el cargo. Recurrió entonces a Domingo Irazusta, “persona de inteligencia respecto de no haber otro Profesor” y también se excusó, invocando las vagas razones de enfermedad que en todo tiempo se emplean como gastada rodela a fin de escapar con aparente decoro a compromisos indeseables o situaciones insostenibles. Y el caso del negro Félix tiene mucho de todo eso. Lo cierto es que nadie quiere asumir la defensa del verdugo. Ante las repetidas decisiones adversas, su causa parece definitivamente perdida. Hasta el propio Esparza, al no hallar persona idónea que le asista en la defensa, “… y para evitar que nuevamente se le sindique…”, por impericia o inoperancia, renuncia a ocuparse del asunto. Empero el Cabildo no admite el desistimiento de su Procurador General, intenta además jugar una última carta para salvar la vida de su verdugo y pregonero. Acuerda dirigirse al Teniente General, con testimonio del acta de la sesión, destacando a su consideración “… no haberse representado en la defensa que en la causa de el dicho Negro se ha hecho el que después de dada la sentencia, en que es condenado a muerte, ha ejercitado, en dos ocasiones, el oficio de verdugo dando garrote” y suplicando a Su Señoría “se sirva admitir dicha representación y proveer según hallare ser de Justicia…”.

No sabemos a ciencia cierta el desenlace final del proceso al negro Félix, verdugo condenado a muerte por ladrón famoso. Empero se lo puede conjeturar. En el cabildo del 28 de julio de 1755, ante un memorial de José Acosta pidiendo sueldo, se acuerda “…se le llame y proponga si el oficio de verdugo que ha ejercido hasta aquí está en ánimo de proseguir en él en propiedad…”. Esto indica que Acosta ejerce esas funciones desde algún tiempo atrás, quizá a prueba o como verdugo interino. Si el negro Félix no logró escapar a la horca, es muy posible que Acosta haya sido encargado de darle garrote y colgar a su antecesor. También puede ser verosímil que el ladino negro haya logrado instruir adecuadamente al novato Acosta para que cumpliera su menester sin saña y con rapidez.

Referencias

(1) Archivo General de la Nación, Acuerdos del extinguido Cabildo de Buenos Aires, Serie III, I, pp.284; 298-99; 310-11; 349; 448; y 449-50.

(2) Julián Pereda S. J., Famosus latro, en “Anuario de Derecho Penal y Ciencias Penales”, Madrid, T. XV (1962), pp-5-21.

(3) Manuel López Rey y Arrojo, Un práctico castellano del siglo XVI (Antonio de la Peña), Madrid, 1935, T. I (único), pp. 227-28.

Fuente

García Basalo, J. Carlos – Patíbulos y verdugos.

Todo es Historia – Año XII, Nº 132, Mayo de 1978.

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Re: Anecdotario histórico argentino

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 18, 2013 8:31 am

Vinos y aguardientes
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En varios puntos del Virreinato se elaboraban vinos y aguardientes, hasta en los lugares en donde no había materia prima. Tal es el caso de Buenos Aires, donde Sebastián Lezica tenía una fábrica de aguardiente para cuya obtención utilizaba melazas importadas del Brasil. Los vinos y aguardientes tenían su mayor y más importante centro de producción en Mendoza y San Juan, de las provincias de Cuyo, siendo su calidad y cantidad no inferiores a los de Andalucía.

En Buenos Aires se consumían en abundancia y eran preferidos por ser menos espirituosos y acomodados en sus precios, según la crónica del naturalista checo Tadeo Haenke. No había rivalidad entre ambas provincias pues parecía que habían convenido en dividir sus vides, ya sea para vinos o para aguardiente.

El jesuita Morales nos comenta el procedimiento empleado en la fabricación de vinos cuyanos: “Los vinos se componen mezclando a una cantidad de licor, otra parte de cocido que se hace de mosto o caldo de la uva. Mediante el fuego se logra hacerle perder la fluidez que es propia de los licores. Esta mezcla y composición se tiene por necesaria en consideración del grande espacio de tierras que deben pasar los vinos conducidos al puerto de Buenos Aires a donde se llevan y donde se consume la mayor parte de ellos”.

Las bodegas eran de una sola planta y sobre la superficie, aunque Morales aconsejaba la construcción de depósitos subterráneos. En una tasación realizada en la quinta de José Antonio Palacios, se mencionan pipas, tinajas alambiques, pailas, canastas para cosechar y para los envases, embudos de madera, etc. Las tinajas eran de barro cocido, grandes o pequeñas y los pellejos eran de cuero, impermeabilizados con brea o sebo.

El consumo de los vinos mendocinos era notable y la calidad del que se consumía en el lugar de producción era excelente. En cambio, el que probaban los clientes del litoral generalmente llegaban algo descompuestos por el largo recorrido, la ruptura de los envases, y el sol que tenían que soportar. Los que estaban habituados al fino bouquet europeo no podían encontrarlo agradable.

Por otra parte, en Buenos Aires se trataba de mantener el color y el sabor mediante procedimientos artificiales, como echarle tintilla, producto que también había que mandarlo pedir a Cuyo.

Se puede estimar la producción anual en la época en Mendoza entre 2 y 3 millones de litros anuales; en San Juan, se cosechaban aproximadamente 150.000 arrobas de uva (lo que significaba 1.875.000 kg): 10.000 arrobas destinadas a vino, y el resto para elaborar 350.000 litros de aguardiente, calculando que 5 arrobas de caldo producían una de aguardiente común. Una parte de éste volvía a destilarse, quedando reducido a la mitad, y así se obtenía el aguardiente “resacada” de alta graduación alcohólica. Este último producto se almacenaba en cantidades que llegaban a los 185.000 litros aproximadamente.

Asimismo, en el Alto Perú y Paraguay se preparaban vinos y aguardientes. La vid se cultivaba en Chuquisaca, Cochabamba y La Paz. Paraguay producía más bien aguardiente.

El aguardiente costaba, en San Juan $ 6. En Salta sufría un recargo de $19 entre fletes e impuestos, la venta producía $ 5 de ganancia. Entre los tributos se contaba la sisa que consistía en $ 6 a cada barril de aguardiente que llegara (19 + 6 = $ 25 el barril de aguardiente sanjuanino en Salta). En Buenos Aires valía $ 20, pero el aguardiente europeo y brasilero costaba de $ 10 a $ 12 en la capital del Virreinato. Es que el producto del interior pagaba impuestos en cada lugar que atravesaba hasta llegar al sitio de su venta, mientras que el de origen extranjero estaba exento de tanto tributo.

En 1801, el aguardiente estaba muy caro en Buenos Aires: $ 28 el barril “a prueba de aceite”, y $ 20 el “a prueba de Holanda” (1), mientras que el vino se vendía a $ 20 el barril de 32 frascos, y a 7 reales el frasco.

La guerra civil iniciada en 1820 hizo sentir a las industrias cuyanas los efectos de una paralización económica, ya que los vaivenes belicosos de la cambiante política creaban muchos problemas al tránsito pampeano.

Después de la batalla de Caseros la industria vitivinícola reinició sus progresistas tentativas, pero sus esfuerzos no eran compensados equitativamente.

La aparición del ferrocarril que unía Buenos Aires con Cuyo, revitalizó a la industria y produjo su inmediata transformación. Esta transformación se observó en los cultivos, en los procedimientos, en la modernización de las maquinarias, en las modalidades agrológicas y en las prácticas de regadío.

Los basamentos de la industria vitivinícola eminentemente criollos, se favorecieron con la incorporación del elemento humano extranjero procedente de países de gran perfeccionamiento vinícola y adquiriendo una modalidad cosmopolita que elevó sorprendentemente sus proyecciones.

Ya en tiempos de la Independencia argentina cuando Mendoza, San Juan y San Luis integraban la provincia de Cuyo, Mendoza constituía un progresivo emporio de esta industria. La vid se producía magnífica y sus vinos y aguardientes se enviaban a Buenos Aires, Córdoba, Tucumán y aún al Paraguay, abasteciendo posteriormente los mercados del Brasil, Uruguay y Chile.

La actividad vitivinícola recibió notable impulso durante la permanencia del general San Martín en Mendoza, mientras preparaba el Ejército de los Andes.

Después en San Juan el doctor Ignacio de la Roza y en Mendoza el general Toribio de Luzuriaga, gobernadores de ambos estados, imprimieron vigor al sector plantando nuevas vides y construyendo canales de riego.

El primer censo nacional del 15 de setiembre de 1869 arroja para esta provincia 540 productores de vino y 14 vinicultores. En 1895 los primeros ya suman 7.214 y los segundos 447, la mayoría de los cuales eran vinicultores originarios de diversos países, especialmente europeos.

En cuanto a las hectáreas cultivadas con viñedos, se pasa de 2.000 en 1885 a 30.215 en 1909.

En 1946 Mendoza producía de 6 a 7.000.000 de hectolitros siendo su mayor producción la de vino tinto. En sus comienzos estaba dirigida a la obtención de vino común fuerte en alcohol y color, lo que implicaba un descrédito frente a los vinos importados.

A principios del siglo XX la problemática de la industria del vino se expresaba en estas líneas tomadas del Centro Vitivinícola Nacional: “Necesitamos conocer mejor la naturaleza de nuestras tierras, las exigencias de nuestras cepas y los métodos culturales más apropiados a éstas y en armonía a las condiciones climáticas. Los estudios ampelográficos (2) apenas se esbozan hoy. En el campo enológico nos hace falta el conocimiento profundo de la composición de los mostos en las distintas regiones…”.

En el año del Centenario, la Argentina ocupa el 8º puesto mundial y el 1º en Sudamérica en cuanto a producción. Una extensión de 3.796.997 hectáreas destinadas el 95% a producir uvas para vinos comunes y el 5% restante para los vinos finos. El total de capitales representa una doceava parte del total invertido en el conjunto de las industrias del país. Trabajaban 300.000 habitantes en la actividad y se producía hasta 180 mil hectolitros en un solo establecimiento.

Es de mencionar que la 2ª Guerra Mundial hizo decaer la importación de vino del extranjero, época en la que sólo entraban vinos de alta jerarquía. Luego la corriente exportadora a los Estados Unidos y a los países sudamericanos contribuyó a imprimir mayor cuidado en la calidad y envasamiento.

Referencias

(1) A “prueba de aceite” era el aguardiente refinado. La relación en grado entre el aguardiente “a prueba de aceite” y el aguardiente “a prueba de Holanda” era de un 73 por 100.

(2) La ampelografía es la ciencia que se encarga del estudio, la descripción y la identificación de la vid, sus variedades y sus frutos.

Fuente

Haenke, Tadeo – Viaje por el Virreinato del Río de la Plata – Emecé, Buenos Aires (1943).

Lima, Norberto – De la bodega a la alegría.

Morales, Manuel de – Descripción de las Provincias de Cuyo.

Todo es Historia – Año XI, Nº 124, setiembre de 1977.

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Esteban McLaren
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