Anecdotario histórico argentino

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Re: Anecdotario histórico argentino

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 18, 2013 8:31 am

Lo recibí por cadena de emails...
La marcha de "San Lorenzo" y su autor

En cada fiesta patria argentina se escucha la Marcha de San Lorenzo :"Febo asoma, ya sus rayos iluminan el histórico convento.... etc."


Ya sea a través de una grabación, entonada por los asistentes o tocada por una banda militar, varias veces por año disfrutamos de la querida Marcha, una tonada de neto corte marcial, alegre y pegadiza a la vez que heroica y épica, que logra el difícil objetivo de despertar en los asistentes sentimientos de patriotismo.



Si alguien nos preguntara qué sabemos de la Marcha de San Lorenzo nos vendrían a la mente los siguientes preconceptos:

1. Debe haberla compuesto algún ilustre maestro musical argentino, seguramente de estirpe patricia.
2. Debe tratarse de una marcha imaginada en homenaje al General San Martín.
3. Desde su creación debe tener esa letra acorde a la gran batalla.
4. La habrán creado por encargo del gobierno nacional.
5. Con el correr de los años, el autor habrá alcanzado el reconocimiento y distinción acordes a su obra patriótica.
6. Se debe utilizar solamente en Argentina y con el fin de ensalzar la gesta Sanmartiniana.


Esa breve descripción alcanzaría para sintetizar lo que la mayoría creemos saber o pensamos acerca de la Marcha de San Lorenzo .

Pero estaríamos enormemente equivocados:

Su autor, Cayetano Alberto Silva, era uruguayo, nacido el 7 de agosto de 1868 en Maldonado, hijo de Natalia Silva, una esclava de la familia que le dio el apellido. Estudió música, integró una banda en Montevideo, y en 1889 viajó a Buenos Aires, donde incursionó en el Teatro Colón. Se trasladó luego a Rosario , donde fue nombrado maestro de la Banda del Regimiento 7 de Infantería. En 1898, al ser contratado por la Sociedad Italiana de Venado Tuerto, se muda con su familia a esa ciudad, donde funda un centro lírico, enseña música y crea la "Rondalla " con la que actúa en el Carnaval de 1900.

Escribió la música para las obras teatrales "Canillita" y "Cédulas de San Juan" de su compatriota y amigo Florencio Sánchez, así como otras marchas militares: "Curupaytí ", "San Genaro" (en homenaje a este pueblo de Santa Fe), "Río Negro", "22 de Julio" y "Tuyutí".

La partitura musical que después conoceríamos como Marcha de San Lorenzo, fue compuesta por Silva para dedicársela al Coronel Pablo Ricchieri, Ministro de Guerra de la Nación en ese entonces y modernizador del Ejército Argentino. El Ministro agradeció el homenaje pero le pidió que le cambiara el título por "Combate de San Lorenzo", lugar donde él había nacido y escenario de la contienda que el General San Martín llevó a cabo en territorio argentino.

Fue estrenada oficialmente en 1902 (sin letra) en las cercanías del histórico Convento de San Carlos donde se gestó la batalla de San Lorenzo . Ese día la marcha fue designada Marcha Oficial del Ejército Argentino. Asistieron el Presidente de la Nación, General Julio A. Roca, y el Ministro Ricchieri.
En 1907 su vecino y amigo de Venado Tuerto, Carlos Javier Benielli, le agregaría la letra que luego sería adaptada para las escuelas. También escribió las letras de "Curupaytí" y "Tuyutí".

Años después, acosado por la pobreza, Cayetano Silva vendería los derechos de la marcha a un edit or de Buenos Aires en $ 50 de esa época, una suma insignificante.

La marcha se hizo famosa (en Europa se considera una de la cinco mejores partituras militares de la historia) y estuvo presente en momentos históricos fundamentales:

* El Gobierno inglés solicitó autorización a nuestro país y fue ejecutada el 22 de Junio de 1911 durante la coronación del Rey Jorge V.

* Se ejecuta habitualmente en los cambios de guardia del palacio de Buckingham, modalidad que estuvo suspendida únicamente durante el conflicto en las islas del Sur.

* Fue incorporada al repertorio de bandas militares de Uruguay , Brasil y Polonia, entre otras.

* Fue usada como música incidental en algunas películas (Rescatando al Soldado Ryan, por ejemplo).

* El Ejército Argentino, en la época previa al nazismo, le regaló la Marcha de San Lorenzo al Ejército Alemán como muestra de amistad, y a cambio éste nos obsequió la marcha "Alten Kameraden" (Viejos camaradas) que hemos escuchado en numerosas ocasiones en nuestras fiestas patrias.

* Durante la Segunda Guerra Mundial , la Marcha de San Lorenzo fue tocada por los alemanes en París cuando entraron por el Arco

* A manera de desagravio, el General Dwight Einsenhower también la hizo ejecutar cuando el ejército aliado entró en París para liberarla.

Cayetano Silva Fue también empleado en la banda policial. Tras serios problemas de salud, falleció en Rosario el 18 de Enero de 1920. Por ser de raza negra, la Policía de Santa Fe le negó sepultura en el Panteón Policial, y fue sepultado sin nombre. Recién en 1977 sus restos fueron trasladados al Cementerio Municipal de Venado Tuerto.

¿Conocías esta HISTORIA?

Esteban McLaren
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Re: Anecdotario histórico argentino

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 18, 2013 8:31 am

Manuel Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano y Juan José
Castelli eran primos (y ambos abogados).

Gervasio Antonio de Posadas era tío de Carlos María de Alvear
(éste sucedió a aquél como Director Supremo).

Nicolás Avellaneda y Julio Argentino Roca, ambos tucumanos,
fueron los dos presidentes más jóvenes al asumir, con sólo 37 años
(Avellaneda era unos meses menor) y la escultora, también tucumana,
Lola Mora, fue sobrina del primero y amante del segundo.

Héctor. Azcuénaga fue cuñado del virrey Olaguer.
Rivadavia se casó con una hija del virrey Del Pino.
Belgrano tuvo un romance -y un hijo- con una hermana de
Encarnación Ezcurra, la mujer de Rosas.

La madrastra de Rivadavia era hermana de la mujer de Saavedra.

La madre de Rodríguez Peña era hermana del deán Funes.

Olavarría era sobrino de Rodríguez Peña.

Posadas era cuñado de French.

Liniers era yerno de Sarratea.

Carlos Saavedra Lamas era bisnieto de Cornelio Saavedra
y se casó con una hija de Roque Sáenz Peña.

Roque Sáenz Peña fue hijo de Luis Sáenz Peña,
ambos presidentes.

Roca y su sucesor, Juárez Celman, eran concuñados.

Lucio V. Mansilla era sobrino de Rosas.

José Hernández era sobrino nieto de Pueyrredón.

Borges era bisnieto del coronel Suárez.

La amante de Liniers fue abuela de Camila O’ gorman .

La amante de Sarmiento era hija de Vélez Sarsfield.

Alem fue tío de Yrigoyen.

El prometido de Felicitas Guerrero se casó con una hija
de Urquiza.

Ángel de Estrada era bisnieto de Liniers.

José Evaristo Uriburu era nieto de Arenales.

El hijo del presidente Uriburu se casó con la hija del
presidente Roca.

Luis María Campos fue yerno de Urquiza


Y PARA FINALIZAR……………


KIRCHNER ES HIJO DE ZULMA LOBATO...!

¡¡¡¡¡A MI ME PARECÍA!!!!

Esteban McLaren
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Re: Anecdotario histórico argentino

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 18, 2013 8:32 am

"No soy digno de ser su Jefe" - Por Esteban D. Ocampo
de Escuadrón De Caballería Histórica, el El jueves, 21 de octubre de 2010 a las 16:43

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Recuerdo un tiempo de Gloria donde los Jefes de Batallón marchaban al frente de sus hombres para mostrarse como ejemplos, y no quedar en las ordenes... Tiempo en el cual junto al último de sus soldados sufrieron la Batalla; donde sangraron con ellos; donde su corazón se deshizo al ver caer a sus muchachos por el fuego del enemigo... Un tiempo donde cada uno de ellos fue como un padre para sus hombres.

"El 1ro de Línea y el 1ro de Guardias Nacionales de Corrientes, atacados por un fuego infernal de fusilería y coheteras, se vieron pronto envueltos por dos batallones de infantería y un regimiento de caballería paraguayos que, resueltos e impetuosos, los obligaron a replegarse. No obstante, repuestos de la sorpresa inicial y a pesar de las grandes bajas sufridas, el 1ro. de Línea logró hacer pie y detener el avance arrollador del enemigo. Sosteniéndose a duras penas, esperando el envío de refuerzos con los que retomarán la ofensiva. Pero éstos no llegan, muy por el contrario, reciben una orden inesperada: ¡replegar el batallón! Ello significaba abandonar el campo al enemigo, y lo que era peor aún, dejar allí a los heridos y a los muertos.
El coronel Rosetti, jefe del 1ro de Línea, aduciendo estas razones, solicitó se le enviase protección para salvar a aquellos y también el honor del batallón. Pero la respuesta fue la confirmación de la orden anterior.(...)
Como es natural, el movimiento hacia retaguardia que se efectuó, alentó al enemigo que, emprendiendo el avance y llegando al campo abandonado, cayeron con saña feroz a ultimar a bayonetazos a los heridos y a cobrar su botín de la victoria.
Momentos antes, uno de los heridos que quedaba abandonado, el sargento 2do José María Abrego, que tenía una pierna fracturada por una bala a la altura del muslo (y que fue ultimado luego a bayonetazos), se incorporó y levantando su fusil gritó con voz enérgica:

-"¿Es posible, camaradas, que se retiren y nos dejen tomar prisioneros? ¡Vengan compañeros!"

El soldado Alejandro Sider, que tenía un balazo en un tobillo, gritó que no lo abandonasen, y así se dejaron oír otros llamados. El batallón se había alejado 80 pasos cuando estos hechos ocurrieron. El coronel Rosetti, tan valiente como noble soldado, escuchando esto, no pudo soportarlo y decidido a desobedecer la orden a cualquier precio, dirigiéndose a su batallón expresó:

-"Es la primera vez que el 1ro de Linea se retira frente a sus enemigos", y dejándose llevar por esta cruel idea, se arrancó una de las presillas de grado y arrojándosela a los paraguayos, agregó: "No soy digno de ser su jefe", y dando vuelta cargó sólo sobre el enemigo.
Sus palabras y su acción hicieron reaccionar a las destrozadas filas del 1ro que, al ver la desesperación heroica de su jefe, dio cara al enemigo y se lanzó al combate al grito de: "¡Viva el Batallón 1ro de Infantería!"
Así, como obedeciendo un mandato de la historia, el 1ro de Línea dio frente al enemigo y contraatacó.
Sus tropas se desmembraron, no hubo orden y se apreció en distintas direcciones destacarse grupos de soldados acaudillados por oficiales y suboficiales, corriendo al encuentro de los paraguayos (...)
Después de recoger a los caídos, el batallón formó en columna y marchó a su campo y aunque en el rostro de todos se veía claramente la pena que embargaba sus espíritus por la pérdida de tantos compañeros, llevaban en sus corazones la convicción de haber cumplido la palabra empeñada por su jefe, el coronel Rosetti, al presidente de la República, al contestar la alocución que éste dirigió al batallón al marchar a la campaña del Paraguay y que concluyó, diciendo:

"Sois el 1ro en glorias y el 1ro en presentarse en el campo de batalla a hacer flamear esa bandera que tantas veces habéis cubierto de glorias..."

A lo que contestó su valiente jefe:

"Excelentísimo señor: podéis estar seguro de que el batallón sabrá cumplir con su deber en el puesto que se le designe".

Y así fue." (1)

Hubo un tiempo de Gloria donde se luchaba por la Patria con arrojo temerario, valor y compañerismo... donde cuando uno caía, era como un golpe certero al corazón, porque uno de los hijos de la Patria estaba entregando lo más sagrado que un hombre tiene: su propia vida.
Un tiempo de Gloria, donde los Jefes se pensaban no ser dignos de sus valientes muchachos, y por ello cargaban por la Gloria junto a ellos... junto a sus hombres...

Un tiempo donde todos sabían que:

"Perecer donde se eleve la libertad e independencia de la Patria, es la tumba más gloriosa para el bravo..."


Aunque no fueran Jefes dignos de sus hombres...
Aunque hoy, ante su ejemplo dejado, yo no sea digno de ser llamado ARGENTINO como ellos lo fueron...

Esteban D. Ocampo


(1) Giunti, Luis Leopoldo "Páginas de Gloria", Círculo Militar, pag. 88

Esteban McLaren
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Re: Anecdotario histórico argentino

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 18, 2013 8:32 am

La resistencia al mal absoluto
26 de enero de 2011
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El advenimiento de Adolf Hitler y el nazismo al poder en Alemania no sólo supuso el preludio de la Segunda Guerra Mundial: implicó también un dilema moral, un interrogante ético, filosófico y político frente a las atrocidades de superioridad racial que el régimen nazi instauró como política de Estado a partir de la sanción de las Leyes de Nuremberg, que privaron a los judíos alemanes de casi todo, desde la nacionalidad hasta la dignidad, pasando por el más elemental de los derechos civiles. Muchos alemanes dejaron Alemania a partir del 30 de enero de 1933, día en la que Hitler asumió como canciller alemán, jornada en la que se suscribió, definitivamente, el certificado de defunción de la República de Weimar, el primer ensayo verdaderamente democrático en toda la historia germana, ensayo que no duró (por múltiples factores) ni siquiera quince años.
Muchos de esos emigrados llegaron a la Argentina, donde ya existía una importante colectividad alemana y de habla alemana desde finales del Siglo XIX. Estos exiliados políticos se vincularon, en Buenos Aires, alrededor de una agrupación a la que denominaron La otra Alemania (Das Andere Deutschland, DAD), entidad que se propuso desde su creación en 1937 (de hecho lo hizo) denunciar las barbaridades y las miserias del nazismo, tratando de especificar la idea de que no todos los alemanes eran nazis. Ellos, de muchas maneras, sostenían y defendían los ideales de una Alemania distinta, tolerante y humanista: la de Goethe, Kant, Schiller o Beethoven, y no la Hitler, Himmler, Goebbels, Göring y demás delincuentes.
El libro Alemanes antinazis en la Argentina, de Germán Friedmann –doctor en Historia por la Universidad de Buenos Aires e investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet)- investiga la formación y las acciones de los alemanes que le plantearon, desde distintos ámbitos, una verdadera batalla intelectual al nazismo y al aparato estatal “oficial” nazi desde comienzos de la década del ’30 hasta después de la capitulación de Berlín. Ese exilio (formado principalmente por miembros del socialismo, del comunismo y de la socialdemocracia alemana) se aglutinó alrededor del diario Argentinisches Tageblatt, una especie de constante “bastión antinazi” en Buenos Aires (en contraposición al Deutsche La Plata Zeitung “que adhería al régimen nacionalsocialista”, recuerda Friedmann) El diario, de tendencia liberal y republicano, había sido fundado en 1889 por el suizo-alemán Johann Allemann, abuelo de Ernesto F. Allemann, quien fuera el director del diario en los treinta y en los cuarenta: su política editorial fue decididamente opositora y sumamente crítica del régimen nazi y desde el comienzo se encargó, por ejemplo y entre otras actividades, de denunciar la infiltración nacionalsocialista en las escuelas. La mirada antinazi del Argentinisches Tageblatt bajo su dirección hizo que desde Berlín le retirasen su título universitario (había obtenido un doctorado en Economía en la Universidad de Heidelberg, además de estudiar en Munich y la capital), circunstancia que lo convirtió “en una figura central de la oposición al nazismo”. Fue el fundador y director, además, de uno de los colegios alemanes más prestigiosos -colegio antinazi militante- de América del Sur, el Pestallozzi (el otro fue el Cangallo Schulle, también de Buenos Aires): el Pestalozzi-Gesellschaft dictaba clases en alemán y estaba en las antípodas del nazismo. Ernesto (Buenos Aires, 1893-1982) fue el padre de Juan, Roberto y Katja Alemann.
El más que heterogéneo grupo de fundadores del DAD, analiza, Friedmann, tenía claro sus objetivos: denunciar al nazismo y sus crímenes y prestar ayuda a los exiliados. La publicación del DAD (que se imprimía en la imprenta del Argentinisches Tageblatt), no dejaba lugar a dudas en sus editoriales. A modo de ejemplo:
“…Contra los gangsters nazis que han usurpado el poder con la ayuda del incendio intencionado del Reichstag y de las peores acciones violentas, que han pisado todo signo de libertad, justicia y humanidad, que deshonran el nombre de Alemania ante el mundo y que ahora han impulsado a Alemania a otra guerra mundial. Los nazis han torturado de la manea más bestial, llevándolos a la muerte, a miles de nuestros amigos, han cometido los hechos aberrantes de los pogromos judíos, han aniquilado la cultura alemana, han expulsado a los mejores científicos y artistas alemanes, incluso han manchado y corrompido la lengua alemana. Ellos son los enemigos mortales de Alemania. No comete traición a la patria quien libera a Alemania de la peste nazi, quien la quiere volver a hacer honrada. Más bien quien hoy apoya a Hitler traiciona a los cientos de miles que sufrieron y sufren en los campos de concentración, a las decenas de miles que han sido asesinados; traiciona la cultura alemana y el futuro alemán, que sólo podrá ser restituirse después de la aniquilación de Hitler y del nacionalsocialismo, cuando la otra, la verdadera Alemania, salve el prestigio alemán en el mundo. Pero quien hoy traiciona a Alemania defendiendo y apoyando a los corruptores nacionalsocialistas, rendirá cuantas en la Alemania liberada” (DAD, septiembre de 1939) El texto responde a la campaña llevada adelante por la embajada alemana en Buenos Aires, que acusaba a los alemanes “no nazis” de “traidores a la patria”.
El texto de Freidmann explica, además, que la tarea no sólo implicaba superar diferencias internas dentro del DAD (básicamente políticas) sino que además suponía, para ellos, intervenir en el contexto local, donde por convicción, ignorancia, conveniencia, desinformación o desidia, el nazismo contaba con apoyos y adhesiones a partir del trabajo y la propaganda llevada a cabo por el Ministerio de Relaciones Exteriores alemán, entre otros factores. El texto también se ocupa de una polémica que se reavivó a partir de los años ’90, cuando el académico Daniel Jonah Goldhagen publicó y amplió su tesis en forma de libro, Los verdugos voluntarios de Hitler. Los alemanes corrientes y el Holocausto (hay edición en castellano, Taurus, 1997), que generó importantes discusiones aún entre los estudiosos del tema, ya que su argumento central se focaliza en la responsabilidad civil de una gran parte del pueblo alemán y no sólo en las autoridades nazis, los activistas y militantes nazis, el Ejército Alemán o las SS, polémica que en los años cuarenta se planteaba de manera distinta (fue una de las tantas, además) y entre los propios exilados alemanes que salvaron sus vidas huyendo de la Alemania de Hitler: el escritor judío alemán Emil Ludwig y el también escritor alemán Thomas Mann, por ejemplo, sostenían desde el exilio que el nazismo era “el fruto monstruoso de una tradición irracionalista de la historia alemana que ignoraba la democracia y la libertad”, plantea Freidmann. El dramaturgo y poeta alemán Berthold Brecht(sus libros fueron de los primeros en arder en la pira nacionalsocialista), crítico del régimen y también desde el exilio, anota Freidmann, “atacó violentamente las tesis que sostenían la existencia de una innegable ligazón entre los alemanes y el nazismo. En una carta dirigida a Thomas Mann expresaba su “dolorosísima” sorpresa ante su escepticismo a la hora de diferenciar a Hitler y sus partidarios de las “fuerzas democráticas de Alemania””.
El libro -en el cual no están ausentes el clima y los avatares políticos argentinos más trascendentes de la época- es una gran aproximación a una circunstancia que permite reconstruir el derrotero y las actividades de muchos inmigrantes alemanes que a través de la Asociación Vorwarts, el Argentinisches Tageblatt, la agrupación Das Andere Deutschland o el Deutsches Patronat fur die Opfer des Hitlerfaschismus (Patronato Alemán de Ayuda a las Víctimas del Fascismo Hitleriano) se plantearon -aún entre contradicciones y diferencias- defender la identidad y la historia de Alemania y, al mismo tiempo, denostar, combatir, denunciar y criticar implacablemente al régimen nazi.

Alemanes antinazis en la Argentina, Germán Friedmann, (Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 2010)

Agencia de noticias de Bariloche

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Re: Anecdotario histórico argentino

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 18, 2013 8:32 am

¿Qué se comía en los pagos y tiempos del General Urquiza?
Un recorrido por la comida y bebida del siglo XIX en Entre Ríos



Por Alejandro Maglione
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Especial para ConexionBrando


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El tema. En general, cuando leemos artículos sobre el beber y comer en nuestro país en el siglo XIX, los comentarios se limitan al momento de la Revolución de Mayo, con el detalle de las negras vendiendo por la calle mazamorra, empanadas, pastelitos u otras delicias habituales de la época, escenas casi siempre ubicadas en Buenos Aires.

Pero el país siguió evolucionando, y siguió siendo más que Buenos Aires, y nos encontramos con lugares donde a mediados de aquel siglo, se apreciaba una gastronomía interesante, y que además terminó siendo documentada casi cotidianamente. Así lo muestran los archivos del Palacio San José, residencia del General Justo José de Urquiza, donde el nivel de detalle de los productos que se consumían y sus costos es casi obsesivo.

Un informe. Un ejemplo lo tenemos en uno de los informes del administrador de San José, José Labandere, que dice: "Se carnea: Para la casa y transeúntes por término medio 140 capones por mes. Para peones 30 capones por mes. Contando más o menos para 12 hombres a capón por día. Para puesteros con familia se les da un capón para comer cinco días".

Lo interesante de este parte es constatar el consumo de ovinos que había en el Entre Ríos del General Urquiza. No olvidemos que el ovino no era apreciado en la ciudad de Buenos Aires, quizás por aquello que comentara el norteamericano Thomas Page en su crónica "La Confederación Argentina": ".para el gaucho la oveja no es carne ni tampoco es tan valioso el cuero de oveja como el de vacuno.".

Este consumo de capones se ha dado también durante el siglo XX en la orilla uruguaya del río Uruguay, desde los campos de Soriano hasta Colonia, ha sido un plato obligado en muchas de las estancias.

El pescado. La ubicación privilegiada del Palacio San José, en las proximidades de un río como el Uruguay, hizo que el consumo de pescados de río formara parte regularmente del menú de la casa, que además lo tenía como una comida de celebración cuando había visitas políticas. No olvidemos que San José hizo las veces de residencia presidencial en los años del General.

Pero la llegada de inmigrantes a la Colonia San José, también trajo la demanda de ciertos pescados importados, y una de las firmas que los traía publicó en un diario de la época la información de que había traído: "calamares en conserva, ostras, langostas, sardinas en aceite, arenques de Galicia.Conservas españolas como lamprea, sardinas sin espinas, besugo, congrio, calamares en tomate, ídem en su tinta, atún salmón, langosta, mejillones, ostras, anchoas en tarros de cristal, merluza en aceite, ídem con tomate, ídem frita, anguila y otra diversidad de pescados.".

Carnes de caza. Lógicamente que la cocina entrerriana de entonces conocía muy bien como utilizar la carne de caza que había en abundancia. Crónicas de la época detallan a los venados, carpinchos, liebres, nutrias, mulitas, peludos, lagartos o vizcachas. Entre las aves comestibles de pluma, el gran plato eran los patos salvajes y también los abundantes ñandúes. Y las habituales perdices, con sus primas las martinetas, también recalaban en la mesa de las estancias.

Las lagunas estaban llenas de flamencos, garzas y cigüeñas, como lo pueden estar hasta el día de hoy, pero no se sabe que hayan sido consumidos habitualmente.

No a las gallinas. Curiosamente no eran bien vistas las aves de corral. El General Urquiza deniega un pedido que le hicieran en marzo de 1869 para criar gallinas en la Escuela Pastoril, con este argumento: ".no puedo consentirlo, porque ni yo mismo hago criar esos animales en mi campo, por causar enormes perjuicios". En esto coincidía con Juan Manuel de Rosas, que en 1819, en sus Instrucciones a los Mayordomos de Estancia , dejaba en claro que en sus campos no debía haber "ni rastro de gallinas".

Sí a las palomas. Toda estancia de la época tenía su palomar, que era una importante fuente de aprovisionamiento de proteínas. Un cálculo de la época habla de que con 3.500 nidales se podían producir entre 10 a 15.000 kgs. de pichones por año, que normalmente eran sacrificados a las 4 semanas de vida, cuando alcanzaban un peso aproximado de medio kilogramo.

Frutas y verduras. La zona del Litoral ha sido y es desde siempre una zona productora de frutas extraordinaria. En el Palacio San José un inventario da una cantidad de plantas que llega a las 28.000, que, entre otros, eran durazneros, higueras, membrillos, manzanos o perales, amén de olivos y damascos, que no aparecen en el detalle.

En la pulpería del establecimiento se vendía aguardiente de durazno, lo que quiere decir que el aprovechamiento de las frutas era completo.

Y verduras se cultivaban todas las conocidas en la época desde papas a cebollas, repollos, ajos, remolachas o espinacas.

Granos. El cultivo de granos fue promovido por Urquiza de manera generosa, especialmente el trigo. Una disposición suya como gobernante decía acerca de las semillas que les eran distribuidas a los colonos: ". a condición de devolver al erario cada uno la cantidad que reciba así que vayan verificando la venta de sus granos sin ninguna precipitación que pueda perjudicarlos.".

En Gualeguaychú se registra la llegada del primer molino a vapor para moler granos en 1858, que reemplazaba las tahonas que se movían con tracción animal. La harina se volvió fundamental porque los inmigrantes no solo eran habituales consumidores de pan, sino que tenían a la pasta como uno de sus platos favoritos. Este molino fue comentado por la prensa de la época, como productor de harinas tan perfectas "que disputan en calidad con las de Norte-América".

Lo curioso es que en Entre Ríos no se extendió el consumo de la harina de maíz como sí lo hizo en provincias como Corrientes, fuertemente influenciadas por el Paraguay y su buena relación con la harina de maíz y la de mandioca.

Postres . Los postres eran prácticamente los que se comen en nuestras casas: pasteles, arroz con leche, yema quemada. Una publicidad de 1858 de Concepción del Uruguay anuncia la llegada de los helados de esta forma: "Yelos y heladas, horchata al yelo, frutilla al yelo. Nada tendrán que envidiar a los de Europa por la buena calidad y condición.".

La mesa del General. Un relator de la Guerra del Paraguay, Richard Burton, que convivió con el General en el Palacio de San José, nos cuenta: "Almuerza, mejor dicho, rompe su ayuno por la tarde y cena ya entrada la noche, rara vez con su familia, salvo para honrar a un huésped. Sopa y puchero, aves y dulces constituyen las comidas. Nunca fuma y solo bebe agua que aquí es turbia. En un tiempo fue vegetariano y abstemio".

Cuando en 1860 lo visita el gobernador de Buenos Aires, don Bartolomé Mitre, y su comitiva los diarios dicen que fueron invitados: "..a saborear jamones glaseados, pasteles de ostras, pavo asado, costillas con rhum, gelatina de aves, milanesas con champignones y pollos salteados.".

Agustín de Vedia cuenta lo que vio en su visita a Urquiza en 1865: "Lo primero que me llamó la atención fue el hecho de que el dueño de casa se mantuviese de pie, paseándose a lo largo del vasto comedor, por uno de los costados de la mesa que enfrentaba conmigo. Luego me fijé en que no había en el centro de la mesa más que una inmensa fuente de porotos guisados. Era un día de vigilia.".

Conclusión. Queda mucho por contar, y prometo hacerlo en una próxima nota.

Esteban McLaren
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Re: Anecdotario histórico argentino

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 18, 2013 8:32 am

EL PADRE DE LA PICANA
Ricardo Canaletti

Ahí estaba “Polo” Lugones. Paradito, con las manos juntas, manos transpiradas, resbalosas, asquerosas. Daba indicaciones precisas aunque no era necesario porque sus envilecidos asistentes sabían cómo proceder con “la silla”.
En los sótanos de la Penitenciaría nacional de la avenida Las Heras, esa cárcel que no existe más y en cuyo lugar ahora hay un enorme parque, en esa penitenciaría se torturaba con la silla de hierro. ¿Cómo? Ataban al pobre infeliz y le pegaban patadas, trompadas o cachiporrazos o gomazos. También se usaba la picana, la especialidad de la casa. Picana más silla, electrodos a la silla y qué tenemos… una silla eléctrica. ¿Para matar? No. Para quemar, para hacer doler. Bueno, hay quien tiene el fastidio de morirse en esas circunstancias. Silla clandestina pero silla eléctrica al fin, nacional.
El radical Carlos Giménez, torturado en aquél sótano, describió al torturador Lugones en su libro “El martirologio argentino”, publicado en 1932: “Se trata de un antropoide de mediana estatura, más bien grueso, de tez blanca, de voz un tanto atiplada, de cara redonda, mirada oblicua y turbia; sus ojos verdosos e informes son el espejo más claro de su alma tenebrosa; poco cabello de color negro y peinado a la gomina, su aspecto general es el de un feto grande que al nacer, ve, camina y habla”.
Lugones, comisario inspector durante la dictadura del fascista José Félix Uriburu de 1930 y luego jefe de Orden Político de la policía del gobierno de Agustín Pedro Justo, fue un sádico torturador que institucionalizó el uso de la picana eléctrica y otros métodos de tortura. Inventó “el tacho”. Era nomás un tacho inmundo lleno agua y asquerosidades excrementicias. Al detenido se lo golpeaba con trompadas, patadas y cachiporrazos. Se lo alzaba y se lo tiraba con fuerzas dentro del tacho. Caía atado y de bruces; se lo sacaba, se lo interrogaba y de vuelta las trompadas y cachiporrazos y otra vez se lo tiraba al repugnante tacho.
En la actualidad hay algunos instrumentos de tortura en desuso, lo cual no significa que la tortura en sí misma lo esté. Con la tortura se llevan adelante sumarios policiales y se impone una verdad. La tortura ha sido considerada como un método para saber la verdad. De hecho, en Europa, durante la Alta Edad Media, el enjuiciamiento penal que realizaba la Iglesia Católica incluía la tortura como procedimiento científico, docto, de averiguación de la verdad. ¿Por qué? Porque la confesión era el fin del procedimiento y, por consecuencia, cualquier medio para obtenerla era válido.
De esta manera se reguló la aplicación de los “instrumentos de tortura”. Uno de los fundamentos para hacerlo, por ejemplo en la Ordenanza criminal francesa de 1670, fue proteger al torturado, aunque cueste creerlo. Evitar, en suma, que quedase expuesto a que la tortura indiscriminada, con los consabidos riesgos físicos que podían derivar en la muerte. La muerte no es el fin de la tortura; el fin de la tortura es la confesión, vale insistir. El acusado debía confesar, no morir en esta etapa del proceso, que es la etapa de investigación o instrucción. Por este motivo las formas de torturar fueron infinitas y las manos del torturador diestras y bien pagas.
Para darle validez a esa confesión obtenida bajo tortura era norma aceptada que al día siguiente del martirio el acusado debía reiterarla pero sin la aplicación de tormentos. ¿Por qué? Porque los juristas medievales entendían que, al ser esa confesión naturalmente involuntaria, era inválida salvo que se la reiterara sin tortura. Pero como el sistema se explicaba a sí mismo, si el sospechoso se retractaba era permitido torturarlo nuevamente. En los hechos, nadie desmentía su confesión arrancada bajo tortura porque eso significaba ser torturado otra vez.
Este procedimiento pasó a la legislación laica europea y luego a América. La prueba circunstancial no era admitida o era admitida a regañadientes porque significaba confiar demasiado en el criterio personal de los jueces. El derecho de la tortura surgió para regular este proceso de inducción de confesiones. Sólo se podía torturar a personas con altas probabilidades de resultar culpables. La tortura fue permitida cuando había “semiplena prueba” contra el sospechoso. Semiplena prueba significaba tanto un testigo de cargo como prueba circunstancial suficiente. Así, la prohibición contra el uso de prueba circunstancial fue superada.
La aberración de la tortura sobrevivió por siglos. Hoy, clandestina u oficialmente, se tortura en todo el mundo. Los métodos han llegado hasta la aplicación de electricidad. Se le dice “picana” en la Argentina, donde hay una larga y vil historia de tormentos aplicadas por fuerzas de seguridad y militares y hasta ideólogos desembozados del martirio como Luis Abelardo Patti, por ejemplo.
La tortura busca quebrar el espíritu y el cuerpo. Se denuncia su uso en comisarías y en cárceles. El Código Penal argentino prevé de 1 a 5 años de prisión para los casos de severidades, vejaciones o apremios; de 8 a 25 para los de tortura; y la pena de prisión perpetua si la tortura causa la muerte y de 10 a 25 años si provoca lesiones gravísimas.
Vejar es maltratar, molestar, perseguir, perjudicar o hacer padecer. Los mismos verbos marcan que las vejaciones pueden ser físicas o morales y que su fin es castigar, hacer doler. Apremiar, igual que torturar, es oprimir, apretar, obligar a que se haga algo. Dar una confesión, por ejemplo. ¿Cómo distinguirlos? Hay teóricos que dicen que por la intensidad. ¿Del dolor? ¿Acaso dependerá del voltaje de corriente eléctrica, o del tiempo que se mantengan una bolsa en la cabeza del detenido?
Por esta rendija se cuelan todos los torturadores. El hecho de torturar no debería ser opinable y mucho menos usar como criterio la magnitud del sufrimiento. Pero fiscales y jueces califican los hechos como severidades o apremios y no como torturas, lo que les permite conceder excarcelaciones, hacer pocos juicios y casi no obtener condenas, que si se producen son “en suspenso”. Poquísimos van presos por torturadores. ¡Qué difícil que es perseguir este delito cuando resulta tan funcional a la resolución (ficticia, por supuesto) de una causa judicial! Total, la gente qué sabe… Y qué difícil cuando en la administración de justicia no hay voluntad ni decisión de perseguir a los torturadores.
El Lugones del que se habló al principio no es el escritor Leopoldo Lugones, poeta, ensayista, periodista, político argentino y destacada figura de la cultura nacional. Lugones fundó el primer centro socialista en Córdoba, su provincia natal, pero terminaría siendo un propagandista del golpe fascista de Uriburu. Las oscilaciones ideológicas de Lugones terminaron el 18 de febrero de 1938 cuando se mató en un recreo de San Fernando, provincia de Buenos Aires, llamado El Tropezón, al tomar una mezcla de whisky y cianuro.
Su hijo se llamaba como él, Leopoldo Lugones. Le decían “Polo” y es el despreciable personaje del que se habló al principio. Durante la presidencia de Marcelo T. de Alvear fue director del Reformatorio de Menores de Olivera. Lo exoneraron y fue procesado por corrupción y violación de chicos de ese mismo reformatorio. Cuando iba a ser condenado a diez años de reclusión, el presidente Hipólito Yrigoyen (que sucedió a Alvear) lo salvó cediendo ante un pedido del padre de “Polo”, que imploró para salvar el honor de la familia.
El primer golpe de estado en la Argentina, el de Uriburu en 1930, fue una bendición para “Polo”. A modo de reparación el dictador le hizo pagar los sueldos que dejó de percibir cuando lo echaron del reformatorio de Olivera por el caso de abuso de menores. Incluso lo nombró comisario inspector de la Policía, en la misma repartición en la que figuraba su prontuario, que lo calificaba de “pederasta” y “sádico conocido”.


Como se dijo, Lugones implementó, en el sótano de la vieja penitenciaría de la avenida Las Heras, una sala de interrogatorios y torturas. Participaba activamente de las sesiones y su fama de torturador le valió una caricatura que lo mostraba como un monstruo y que el diario Crítica publicó en primera plana bajo el título “El torturador Lugones”. En 1971, como su padre, “Polo” también se suicidó.


Susana “Piri” Lugones, una de las hijas del comisario, fue una artista, traductora, editora, que odiaba a su padre. Militó en el grupo guerrillero Montoneros. Se solía presentar como: “Piri Lugones, la hija del torturador”. En 1977, Susana fue secuestrada por un grupo de tareas de la Armada. Se cree que fue torturada con la picana eléctrica que su padre estableció en el país y utilizó con enfermizo entusiasmo. Es una de las desaparecidas de la última dictadura militar.

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Penitenciaria de la calle Las Heras
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Polo Lugones
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Susana "Piri" Lugones

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Re: Anecdotario histórico argentino

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 18, 2013 8:33 am

Sargento, el perro fiel


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Entre los perros de nuestra historia figuró Sargento, del Fuerte General Paz, en la década de 1880. Sargento, de raza callejera y muy inteligente, era un fiel custodio nocturno del rancho del comandante. Colaboraba en salir de caza cuando la comida escaseaba. Y podía atrapar una liebre y entregarla a los soldados que, en muchos casos, mandaban a Sargento a la cucha. El perro obedecía sin chistar y sin recompensa.

A las siete de la tarde se anunciaba el momento de rezar. Los soldados del fortín se descubrían, muchos se arrodillaban, todos agachaban su cabeza. Sargento, entonces, se sentaba y miraba hacia el piso, como si estuviera rezando.

En el campo de batalla era muy bravo. En uno de esos habituales entreveros, Sargento quedó tendido e inmóvil en el campo de batalla, sin moverse, junto a un charco de su propia sangre. Cuando terminó el combate, el cabo Ángel Ledesma regresó a donde había caído el compañero canino. Descubrió que respiraba y lo cargó en las ancas de su caballo. En el fuerte, él y su anciana madre, Mama Carmen, se encargaron de cuidarlo.

El Rin Tin Tin criollo se hizo muy amigo de su salvador. Paseaban juntos y por las noches el negro iba a visitar al perro a su guardia, frente al rancho del comandante. Sargento se separaba unos metros de la puerta del rancho para estar con su mejor amigo. Ni al cabo Ledesma le permitía que se acercara por la noche a la casita del coronel.

Durante una salida de relevo de reclutas, en la que participaban Mama Carmen y el cabo Ángel, la patrulla fue emboscada. Allí, un indio hirió mortalmente a Ángel Ledesma. Mama Carmen se lanzó hecha una furia sobre el agresor. La negra y el indio se revolcaban por la tierra, en un combate feroz que paralizó a los demás. Mama Carmen mató a quien había matado a su hijo. Luego cargó el cadáver del negro Ángel en un caballo y se dirigió al Fuerte General Paz, donde Sargento se enteró de la noticia.

A partir de aquel funesto hecho, dejó de verse al Rin Tin Tin criollo de día. Sólo aparecía al atardecer, cuando llegaba el tiempo de custodiar la casa del comandante. Intrigados por la constante desaparición del perro durante el día, un par de soldados lo siguieron y descubrieron lo que ocurría: si bien Sargento vigilaba de noche el rancho del comandante, de día se alejaba para postrarse junto a la tumba del cabo Ángel Ledesma, donde custodiaba, de manera impasible, el descanso eterno de su héroe.

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Re: Anecdotario histórico argentino

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 18, 2013 8:33 am

Relato del Mayor de Caballería D. Luis Noailles French:

A fines de l933 volvíamos de Cambai situada al Norte del río Mocoretá en la Prov. de Corrientes. Luego de realizar unas maniobras muy lluviosas, habíamos atravesamos el nombrado río, con 1.000 metros de ancho a nado y 5 kms. de bañados... estábamos muy cansados y con la ropa húmeda.-

A la cabeza de la columna marchaba el Tte.Cnel.Donovan con su ayudante el Subteniente Espinosa. Atrás de ellos marchaba yo con la bandera de guerra enfundada y luego los 5 escuadrones. Serían las 11 horas y el sol rajaba la tierra, la humedad era insoportable. Desde una lomada vimos un grupo de chicos, acompañados por una maestra de no más de 20 años que corrían hacia el camino. Al fondo se divisaba una típica escuela rancho y su bandera.-

El Tte. Cnel. Donovan ordenó al corneta de órdenes el alto y el regimiento se detuvo. Luego hizo tocar ‘’prepararse para desfilar’’y a mí me ordenó: subteniente desenfunde la bandera. Hizo pasar la banda al frente y esperamos que la Señorita maestra llegara con los chicos al alambrado. Arrancó la banda y él se dirigió hacia ese grupo de argentinos saludando a la Señorita y pidiéndole permiso para inciar el desfile con su sable desenvainado.

Los chicos eran una sola boca abierta y la maestra lloraba, digo mal... sollozaba.
Estabamos listos y luego, todo el Regimiento 6° de Caballería rindio honores a ésa maestra y a sus alumnos. Mientras las lágrimas brotaban silenciosas, ése grupo humano argentino miraba absorto a las armas de la Patria que reconocían sus sacrificios por hacer cada día algo por la Argentina.-

....Fué para mí el más brillante desfile de toda mí carrera militar... hoy a mís 86 años (l998) me emociono hasta las lágrimas cuando recuerdo el momento que Dios me permitió vivir....

****
Aunque parezca mentira, alguna vez fuimos un pueblo así, con la Patria en el corazón...

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Re: Anecdotario histórico argentino

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 18, 2013 8:33 am

Hoy hace un año que falleció Amalia Lacroze de Fortabat, un verdadero personaje de la Argentina de los últimos años. Quisiera recordar una anécdota de ella:
Le preguntaron a Amalia Lacroze de Fortabat, mecenas y multimillonaria que hacía con su dinero, además de comprar cuadros?
Ella contestó: yo también hago acción social...
¿Como Evita? preguntó el periodista.
Nooo!!!. ¡Como Amalita!!. Yo lo hago con mi propio dinero. Respondió ella.

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Re: Anecdotario histórico argentino

Mensaje por Esteban McLaren el Miér Dic 18, 2013 8:34 am

El buen pan del General Lamadrid
Los vendavales de la guerra civil arrojaron a numerosos argentinos fuera de su patria, obligándolos a ganarse duramente eso que se ha dado en llamar-con frase hecha y muchas veces repetida- “el amargo pan del destierro”.
Alejados de su ambiente, de sus ocupaciones habituales, los desterrados debían sentirse como hombres nuevos, vueltos a una segunda adolescencia, ante la incertidumbre del destino y la inseguridad de la vocación.
Los más de los desterrados por motivos ideológicos, hombres de pensamiento y de pluma, buscaron en el periodismo un medio de subsistencia. Pero el periodismo, además de no ser para todos, ¡suele ser un medio de vida tan inseguro! Los expatriados debieron refugiarse en los más variados oficios.
Sarmiento, en una pagina de sus “Recuerdos de provincia”, enumera las profesiones que ejerció durante su primer destierro en Chile: “Maestro de escuela en Los Andes; de allí…bodegonero en Pocuro con un pequeño capitalito que me había enviado mi familia; dependiente de comercio en Valparaíso; mayordomo de minas en Copiapó; tahúr por ocho días en el Huayco, hasta que en 1836 regrese a mi provincia, enfermo de un ataque cerebral, destituido de recursos y apenas conocido de algunos…”
Los desterrados debían ensayar todos los oficios, y aun aquellos modos de vivir que no dan de vivir, según la conocida clasificación de Mariano José de Larra.
De Hilario Ascasubi “sábese –nos dice Manuel Mújica Láinez en la vida de Aniceto el Gallo- que fue, sucesivamente, vendedor de lana, corredor de alhajas y panadero”. “A la panadería debió, en la banda oriental, su fortuna”.
También el General don Gregorio Aráoz de Lamadrid fue panadero en Montevideo y en Chile.
¡Pero que diferencia va de panadero a panadero!
Ascasubi había corrido mucho mundo. De muchacho había navegado, como grumete, en un barco corsario. Había sido imprentero en Salta. Capitán en nuestras guerras civiles, junto a Lamadrid. Prisionero de Rosas, fugó de la prisión mediante un salto desde diez metros de altura.
Pero Ascasubi era de los que caían parados. Un buen humor expansivo le abria caminos con facilidad por el mundo. Ganarse la vida era cosa simple para don Hilario. Su panadería no solo daba el pan para él y para su familia, sino para numerosos amigos y compañeros de destierro. Su mesa en Montevideo, siempre estuvo tendida para muchos, y, sin duda, alegrada con vinos y bien provista de sabrosos asados y golosinas. La panadería de Ascasubi daba para todo.



Lamadrid, en cambio, nunca paso de panadero pobre.
¡Que facilidad tenia este hombre para adelantarse a todo galope, sable desnudo, sobre una bandada de enemigos! ¡Y que dificultad para ganarse la vida en la paz! “reunía a las puerilidades de un niño la audacia de un héroe de leyenda” –dice de él Bartolomé Mitre en la Historia de Belgrano.
Y siempre le quedo algo de niño al general. Se había incorporado al ejercito a los 16 años. Pelear había sido para él casi un juego. Su primer juego: emocionante y divertido.
Cuando cuenta sus acciones militares, deja traslucir todo lo que la guerra tenia para él de diversión. Había ganado batallas a cascotazos. Había hecho retroceder a los enemigos dando órdenes de mando en la oscuridad, para simular unas fuerzas imaginarias. Se había abalanzado a todo galope contra murallas de bayonetas. Eso en las guerras de la independencia. En las guerras civiles, lo dejaron por muerto, en el campo de batalla, con quince heridas de sable, que él las enumera con toda tranquilidad: “en la cabeza once, dos en la oreja derecha, una en la nariz, que me la volteo sobre el labio, y un corte en el lagarto del brazo izquierdo, y además un bayonetazo en la paletilla, y junto con el cual me habían disparado el tiro para despenarme, tendido ya en el suelo”.
No se murió. Cuando lo fueron a buscar, ya pisoteado por los caballos, se revolvía aun en el suelo. Deliraba: -¡No me rindo! – le dijo al que lo socorría.
El héroe parecía burlarse de la muerte. Pero la vida se burlaba del héroe.
¿Qué ha de hacer Lamadrid en el destierro? Después del combate de la Ciudadela, huye a Bolivia. Cree, prematuramente, que su país entra en camino de organizarse, y regresa. Pero se ha equivocado, y vuelve a encontrarse sin tener con que vivir.
Pero Lamadrid siente una especie de orgullo por su pobreza. A ratos parece querer ostentarla, casi con insolencia. Al pasar por Tucumán –su provincia- manda un soldado con sus petacas, con orden de abrirlas en la plaza:
-Vengo por orden de mi coronel a vender toda su ropa por lo que quieran darme, sea cual fuere la oferta que se me haga…
Lamadrid quiere quedarse en la calle con ostentación.
No sabe que hacer en la vida civil. Tiene mujer e hijos que mantener. Don Juan Manuel de Rosas es el padrino de uno. Y Lamadrid llega a ofrecérsele a su compadre para que lo emplee en cualquier oficio, por ejemplo, como mayordomo o capataz de cualquiera de sus estancias…
¡Pero que! La guerra civil continúa. El coronel sigue peleando. Vencido vuelve a escapar a Bolivia. Rueda de una ciudad a otra en el destierro. En 1834 se embarca en Chile con su mujer y sus hijos pequeños, rumbo a Montevideo. En el cabo de Hornos lo sacude una tormenta. La familia se marea. El coronel, sobre cubierta lava la ropa de todos, la tiende, y cayendo y levantándose por los bandazos del temporal, calienta las planchas y trata de enjugar el agua de las cuchetas en que deben acostarse los niños.
La tarea es, sin duda, menos brillante que una carga de caballería, pero casi tan heroica como ella.
Lamadrid lucha ahora por ganarse la vida. Cerca de Montevideo le ceden una chacra, y él construye un horno y amasa el pan. No es de pasar por alto la satisfacción con que Lamadrid habla de la buena calidad de su pan, el mejor pan de Montevideo, según él. Tan bueno era que obligo a los otros panaderos a mejorar el que producían y a abaratarlo, para sostener la competencia.
Pero la inquietud de Lamadrid impide que sus industrias prosperen.
Unos meses después esta el coronel en Buenos Aires.
Aquí construye otro horno…; pero Rosas lo manda al norte, y él se le da vuelta e interviene en la coalición del norte. Pero sobreviene Rodeo del Medio, y ya lo tenemos otra vez en camino del destierro: Chile, Perú, Bolivia, otra vez Chile; otra vez rodando, cargado de familia, aceptando préstamos y subscripciones y tratando a toda costa de ganarse la vida.
En Copiapó vuelve a amasar y a vender pan, en 1842.En Santiago construye otro horno. Amasa pan de leche con grasa, sin grasa y pan dulce. Pone un aviso en los diarios para anunciar sus productos. Las señoras y los caballeros elegantes de Santiago detienen sus coches delante de la panadería del coronel. El buen pan de Lamadrid se pone de moda. La gente llega a creer que el coronel panadero se esta llenando de plata. Pero el pan de Lamadrid es tan bueno, que casi vale lo que cuesta. No deja ganancias. Es claro que los otros comerciantes se ponen alerta para evitar la competencia. Había otro panadero al por mayor –cuenta Lamadrid- que vendía muchas masas, “aunque no tan buenas como las que yo hacia; pues las mías, a mas de ser hechas con leche, eran trabajadas con bastante huevo, con el azúcar y grasa mas finos, y con mas aseo; cuando las otras eran trabajadas con agua, y con azúcar de la mas rubia y pasada, y no tenían tanto huevo como las mías; por consiguiente, no podían compararse por su vista ni en sabor”.
Hay que pensar en sus cargas de caballería, en sus heridas innumerables, para que estas frases de Lamadrid resulten enternecedoras. Lamadrid mantenía su alma de niño, y, como es natural, los otros panaderos lo fundieron.

Por José Luís Lanuza.

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